lunes, 23 de julio de 2018

Y era verdad lo que decían los libros

Una de las ventajas de andar en bici (de haber andado tantos años sin interrupción) es que permite olvidarse de la propia edad, salvo por algunas goteras que al fin y al cabo las tiene todo el mundo, incluidos muchos jóvenes; permite correr con gente de todas las edades, algunas veces adelantar a personas mucho más jóvenes, incluidos muchos tíos (qué subidón de autoestima casi macarra) y llegar al trabajo eufórica y libre de toxinas: se van por el desagüe al lavarse el sudor y enfundarse en ropa limpia.

Una de las ventajas de cantar en un coro (de haber empezado a hacerlo antes de que llegue la jubilación) es que permite olvidarse de la propia edad, salvo por algunas goteras que al fin y al cabo las tiene todo el mundo, incluidos muchos jóvenes; permite cantar con gente de todas las edades y, si se tiene la suerte de haber sido contralto cazallera toda la vida, ni siquiera se hace presente a cada momento la realidad amarga de la pérdida de voz que tanto entristece a algunas sopranos.


Pero hoy, en la toma de posesión de la rectora de una universidad privada, no me valieron de nada esas argucias. El ataque llegó desde el libro electrónico agazapado en mi bolso, que una vez más había hecho gala de su telepatía con los sucesos contemporáneos y me había elegido, hace un par de meses, American Pastoral; gracias a ello pude conocer por sus libros a Philip Roth unos días antes de que por los periódicos me enterase de su muerte. Y allí estaba: “Por momentos, me descubría a mí mismo mirando a cada uno como si todavía estuviéramos en 1950, como si 1995 fuera solamente el tema futurístico de la fiesta de graduación, a la que hubiéramos venido disfrazados con humorísticas máscaras de papel maché de nosotros mismos tal como pareceríamos en ese año tan remoto en el futuro de finales del siglo XX”.

Catrinas (figuras tradicionales para las celebraciones
del día de los muertos en México) realizadas en papier maché.
Foto tomada de Wikipedia (autor: tomascastelazo)

De templo del saber a gestoría de recursos humanos

El interruptor que conectó mi cabeza con el libro recién leído lo pulsaron unas palabras del discurso de la rectora magnífica: cuando afirmó, con el entusiasta desparpajo de quien siente que ha descubierto el mediterráneo, que la misión de las universidades hoy ya no es expedir títulos (como si alguna vez ese hubiera sido su cometido), sino que deben dedicarse a “la gestión de las transiciones profesionales”. En ese momento sentí, con la misma vividez que lo refleja Philip Roth, el hálito del ángel del tiempo, la realidad de que había terminado mis estudios en la universidad hace ya cuarenta años; y que hace ya más de diez que abandoné -con una provisionalidad que se va convirtiendo en definitiva- el trabajo desempeñado en otra universidad durante dos décadas. Y, sin embargo, a pesar de mi pretendido desapego, seguía sintiendo la Universidad -sí, con mayúsculas- como algo mío. Lo supe por la tristeza que me produjo esa definición. Adiós, mi universidad, me dije. Y yo que pensaba que eras el tiempo y el espacio donde la gente, en plenitud de vida, escudriña el qué, el cómo y el porqué de las cosas, del universo y de nosotros mismos, para entenderlo cabalmente e intentar cambiarlo un poco a mejor. Y resulta que algunos te ven como una brillante gestoría de recursos humanos.

Atributos del Rectorado: Birrete negro y vara de mando.
Fotografía: lalagunaahora.com

En otro momento me hubiera hecho hervir la sangre. Hoy solo me espantaba tristemente, sin indignarme demasiado. No sé, quizás esta mezcla de madurez y vagancia desencantada que me posee desde hace algún tiempo me hacía mirarlo como un tropiezo inevitable en la evolución; como si fuese algo parecido a la simplificación de las consonantes geminadas en el paso del latín al castellano. Y supe así que era verdad lo que decían los libros. Que esa tristeza de los poetas ante la fugacidad de la vida no era un sentimiento difuso teñido de romanticismo por la vista de un cementerio al atardecer (una vez me llevó a quedarme encerrada en el de Pamplona, que en invierno candaba las verjas a las seis de la tarde), sino la constatación vital de la poca huella que nuestra vida, la individual y la de cada generación, ha dejado en el mundo. Creímos cambiarlo, al menos nuestro país, contemplando emocionados su marcha hacia la democracia a los sones de Libertad sin ira; después nos inquietó un poco la filosofía “topamí” (tó pa’ mí, porque yo lo valgo) de algunos de los nacidos alrededor del 70, dispuestos a exigir como debido todo bienestar ilimitado, sin plantearse qué tiene que aportar cada uno para hacerlo posible; a continuación, los ribetes de santa inquisición de ese remake del 68 que fue el 15M, cuya médula espinal parece haberse desplazado hacia un brazo derecho bien estirado al frente, con el puño un poco crispado, pero el dedo índice emancipado para señalar sin piedad a los malos, como si esa mera condena nos convirtiera en buenos (o en “los” buenos). Y ahora, en esa misma generación, pero a mucha distancia ideológica, este voluntarismo un poco kumbayá que clama por una excelencia a la que parece faltarle lo esencial (el asombro ante el ser, la inquietud por conocer la esencia de las cosas y sus porqués), solo interesados en el hasta dónde.

Señora de rojo sobre fondo gris (o negro)

Birrete de doctor en Derecho
Pero he aquí que me despertó de tan cenicienta melancolía el escándalo de la señora de rojo sobre fondo gris. No, no me refiero a la novela de Delibes. Y no, tampoco es que tenga yo nada contra los colores de la muceta y el birrete de Derecho. Pero es que este rojo sobre fondo gris (perdón, que era sobre el fondo negro de los birretes de rector) era la carmín rubrica, en la mesa que presidía el acto académico, de una ruindad -¿o cutrez protocolaria?- de una universidad de rancio abolengo y rancios centenarios, que se había permitido enviar a esta toma de posesión a una ¡directora de gabinete! Valladolid, Burgos, León, Ponti de Salamanca y IE University habían cumplido esmeradamente con la cortesía académica enviando a sus rectores. Y hasta el consejero de Educación, Fernando Rey, había sabido torear el mal prólogo que para este acto suponía un reciente ranking, en el que esta universidad salía mal parada, con unas pinceladas de su escepticismo cachazudo (“No se crean todas las encuestas; alguien dijo: no te fíes de un ranking que no hayas manipulado tú mismo”) y señalando como contrapeso los puntos fuertes de su empleabilidad y de su implicación social. Sin embargo, allí estaba, con rojo subrayado, el mensaje ¿de considerarse superior o de considerar inferior? Es como si el presidente del Gobierno español, para representar al país en un acto oficial de otro Estado europeo, aunque fuese un país pequeño y peculiar, como Mónaco o incluso Andorra, enviase a Iván Redondo (aunque todo el mundo sepa que a ese director de gabinete se debe la estrategia de la moción de censura, y por tanto quizás sea el hombre más poderoso del Gabinete... ministerial, aun no formando parte del Gobierno).

Entre el rancio abolengo displicente y el voluntarismo kumbayá

Pero quién sabe, quizás me equivocaba en estos juicios, a lo mejor era el resto de las universidades las que se habían excedido en la cortesía. Bien pensado, ¿qué rector reelegido monta un fasto para firmar la prórroga de su mandato, obligando así a los demás a acompañarle en una ceremonia superflua?, me preguntaba en el camino de vuelta a casa, impulsando los pedales con la rabia que me habían dejado en el ánimo no tanto los despropósitos de la magnífica como nuestros propios fallos al cantar La vida es bella; una mala colocación en un rincón de la sala hizo que no nos oyera ni la mitad de los asistentes; ni nosotros mismos nos oíamos, y así las entradas de cada voz quedaban borrosas y deslucidas.

Máscara de papel maché con pies
Foto tomada de Wikipedia (autora: DvoraB)

Una de las ventajas de andar en bici es que la energía desarrollada en el pedaleo, junto con la necesaria atención de los cinco sentidos en el tráfico, unidos al placer del aire en la cara, despejan los pensamientos más taciturnos y presentan como sencilla la evidencia de que siempre se puede dejar huella: la de no rendirse; ni convertirse en máscaras de esencias antiguas displicentes con las novedades plebeyas (ignorando el peligro de ser comidas por la polilla), ni en títeres hiperactivos que imitan liturgias centenarias desprovistas de su significado. Vamos, lo que decía Fernando Rey en su discurso: aprovechar cada uno sus puntos fuertes, adquiriendo lo que nos falta gracias al estímulo de la competencia entre lo sabio antiguo, pero quizás un poco decadente, y lo emergente voluntarista, aunque un poco carente de sabiduría. ¿Andará el consejero en bici?

miércoles, 17 de enero de 2018

Levanto mis ojos a los montes...


Estructura que se conserva del chalé derruido de Parquesol

No podía dar crédito a lo que leía el día 7 de diciembre en el periódico: se cumplía un año desde que había sido derruido el chalé de Parquesol. Un cálculo rápido me hizo caer en la cuenta de que en ese tiempo habría pedaleado por la avenida de Salamanca, por lo menos, 242 veces en dirección Burgos y otras 242 en dirección Salamanca; y en ninguna de esas ocasiones había levantado la vista lo suficiente como para darme cuenta de que ya solo quedaba la plataforma de ese edificio que tantas veces había sido fuente de inspiración en mis idas y venidas: con la luz del atardecer, era la tristeza de los proyectos que no llegan a hacerse realidad y de los que solo quedan las ruinas; con la claridad brillante del mediodía, despojo de alguna batalla épica de tiempos de héroes y dioses; y siempre, a todas las luces, proa de un extraño barco varado en el altozano reclamando con su bandera imaginada el dominio sobre el meandro del Pisuerga. Hasta podía imaginar al capitán pirata de Espronceda (¡maldita televisión, con la cara de Johnny Depp!) cantando alegre en la popa y contemplando Arturo Eyries a un lado, al otro La Flecha “y allá a su frente Estambul”... perdón, quería decir “y allá a su frente el Vallsur”.

Chalé de Parquesol antes de ser derruido

Aunque lo más importante de esa noticia que había logrado ampliar el ángulo vertical de mi mirada pedaleante no era su poder evocatorio de ensoñaciones e inspiraciones, sino la perspectiva de conseguir extirpar una de las verrugas urbanísticas más largamente enquistadas (más de 30 años) en esta ciudad. Si se cumplen las previsiones de la autoridad competente en urbanismo, en un par de años un complejo hostelero habrá ocupado el lugar del sueño frustrado de Antonio Alfonso, exalbañil, expromotor inmobiliario, expropietario de todo el terreno de Parquesol (exgallineros ocupando un montículo aventado lejos del centro urbano, quién lo diría hoy) y expresidente del Real Valladolid que quiso construirse el mejor chalé de Valladolid para instalarse, como el capitán pirata, dominando los mares de Pucela.

Y todos nos alborozamos con el edil correspondiente porque el coste de la retirada de los escombros no va a correr a costa de las arcas públicas directamente, sino que lo van a pagar los propietarios del terreno, eso sí, con la módica contraprestación de un leve cambio en los planes que anunciaba esa misma autoridad urbanística unos meses antes de proceder a la demolición: si entonces se decía que se recuperaría el talud natural -es decir, la demolición sería completa- y el terreno se incorporaría al parque, hoy anuncia, gozoso y eficiente, que se modificará parcialmente el PGOU para que esos propietarios puedan construir un complejo hostelero en la misma atalaya donde no pudieron hacerlo ni Antonio Alfonso ni ninguno de los sucesivos propietarios de la parcela desde 1985: la sociedad Parquesol, el grupo Foxá, la sociedad Diseño de Chalés, S. A... Incluso se les deja una parte de la cimentación y del muro de contención, ya que ambos elementos «pueden ser aprovechados en el nuevo proyecto de edificabilidad». Más vale llegar a tiempo que rondar 30 años.

... ¿de dónde me vendrá el auxilio?

Pocos días me duró el reflejo de levantar los ojos hacia el chalé. Exactamente cuatro. El siguiente lunes, 11 de diciembre, los detritus de la borrasca Ana en el carril bici requirieron toda mi atención para no resbalar ni tropezar: montones de hojas mojadas, latas de refrescos, papeles, botellas de plástico y bolsas de supermercados; y ramas, muchas ramitas, algunas no tan diminutas. Busco el origen de una especialmente grande y compruebo que en realidad es la mitad superior de un arbolito de la vereda completamente tronchado. Y pienso que así es la vida, llena de obstáculos que a veces parecen insalvables, o que al menos convierten el camino en algo sumamente complicado. A algunos, más pequeños o vulnerables, incluso les cuestan la vida misma.

Y de repente me doy cuenta, al ser consciente de que la mera mención a problemas irresolubles me lleva a Cataluña, de que mi mundo se ha hecho pequeño, y de que esa claustrofobia que no experimento tras días enteros en el hospital, en una habitación pequeña, con un enfermo cuya vida y cuyo mundo han quedado reducidos a esas cuatro paredes y a la dependencia de brazos ajenos -casi siempre de mujeres-, sí que la siento por haber reducido mis pensamientos, inspiraciones y preocupaciones a un rinconcillo geográfico que está empequeñeciendo todo hasta asfixiarnos con sus locuras. Es como si sus dirigentes se hubieran fijado en ese salmo, “levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio”, pero mal puntuado: “Levanto mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio”. Y hubieran decidido dar respuesta al descontento de los ciudadanos echándose al monte. Y mucha gente, a falta de una estrella de luz más noble (más universal e igualitaria, menos fanática y xenófoba), los toma por dioses y a su locura fía sus ilusiones; y cosen banderas y componen cánticos y arreglan reglamentos para conciliar lo inconciliable, ajenos a las reglas clásicas de la lógica de los silogismos. Y se dicen: si el artículo uno del cristianismo dice que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, ninguna Constitución puede impedirnos afirmar que el hombre que habitaba entre nosotros se hizo dios y desde Bruselas nos dicta sus mandamientos. No hay letrado de parlamento ni raciocinio que pueda contra dios.

Maria Joao Pires y la función transformadora de la música

Han pasado ya las Navidades, es 11 de enero y los titulares de cada mañana confirman el hastío monotemático de la sección España nororiental. Pero mi pedaleo esta mañana es expectante y tiene una dulce música de fondo: los Nocturnos de Chopin. Y no se debe solo al aire cristalino que asoma, tras las nieves y lluvias, por este resquicio que se ha agenciado el sol para alumbrarnos un invierno de esperas e incertidumbres; ni solo a esa luz que se refleja en las fachadas y en los montículos que rodean la ciudad, como estrenando de verdad el Año Nuevo, celebración que había quedado suspendida entre nubarrones densos. No. Es por la perspectiva del concierto de esta tarde, en el auditorio Miguel Delibes, donde tocará el piano Maria Joao Pires, quien en mi memoria está indisolublemente unida a esos Nocturnos que han acunado tantas melancolías y que han hecho brotar las ideas en un cerebro muchas veces yermo por la monotonía inane.


Esta luz y esta música recordada hacen que se me pose en el alma, inconsciente, una esperanza de que el cambio climático no sea tan irreversible, de tan dulce que es esta nieve y esta lluvia y este frío de madrugada que se prolonga espejando el carril bici hasta el mediodía. A pesar de los estudios de Enrique Serrano junto con unos colegas de Lisboa y de Aberdeen (Escocia), que confirman los datos mundiales sobre la evolución de los glaciares y de los suelos helados, levanto los ojos a los montes (ahora mismo me despiertan de mi ensoñación las risas de una pandilla de chavales que chospa alrededor de las ruinas del chalé) y me preguntó de dónde nos vendrá el auxilio para poder enderezar el destrozo ambiental. Algunas chispas de esperanza se me aparecen en los autobuses híbridos que compra Auvasa para sustituir a los desechados de su flota, o en proyectos como el Urban GreenUp o el Remourban.
Quizás alguno de estos proyectos tengan más de publicidad que de efectividad, pero, si al menos logran contagiarnos la actitud de pensar en sostenible, ya habría servido de mucho. Y, mientras leo esta estupenda entrevista a Maria Joao Pires, en la que habla de la función transformadora de la música, de esa mezcla entre tristeza profunda y ternura, esperanza, tolerancia e inconformismo que nos impulsa a cambiar el mundo a mejor, dejo escapar la mirada, como siempre, a través de la ventana del cuarto de estar. Me emociona la nitidez de las ramas desnudas de los frutales de nuestro jardín: complejos vericuetos huesudos, tristes pero orgullosos, de guardia en su inalterable posición, aprovechando cada uno de los rayos del sol y cada gota de lluvia hasta que llegue la primavera y de cada nudo nazca un brote, y de cada brote una flor, que luego se caerá para dejar paso a las hojas que rodearán, protegiéndolo, al fruto.



domingo, 19 de noviembre de 2017

Mi calle tiene un oscuro bar…

Era un siete de julio cuando lo vi. Cuando ya los toros del primer encierro de sanfermines habían dejado cuatro heridos en las calles de Pamplona; cuando ya un edificio se había derrumbado en Torre Anunziata (Nápoles) dejando ocho personas desaparecidas entre sus escombros;  y quizás mientras el blog de Javier Marías anunciaba que el autor había terminado su última novela (Berta Isla), salí del trabajo con la bici aprovechando la pausa del desayuno para hacer un recado, y, nada más doblar la esquina del Moka, mi vista se dio de bruces con ese ascensor voladizo que están construyendo en la calle Gabilondo, viva imagen de la fealdad que se promete duradera.

Y me vino a la memoria y a los labios, una vez más, esa vieja canción, “Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes”, auténtica obra maestra de Lone Star. Pero no por el miedo de que Valladolid vuelva a la sordidez de las calles estrechas, de las aceras de asfalto abollado y de las plantas bajas en las que asomaba la vieja de la bata de boatiné entre las rejas de unas ventanas tristes pringadas de tubos de escape y niebla meona; aunque un poco asustan los eufemismos con pretensiones poéticas del responsable municipal, que describe ese espanto como solución “llamativa”, en la que se ha “enfatizado la esbeltez, buscado transparencia, jugando con la multiplicación de franjas horizontales”.

No. Esa canción ya irrumpía en mi cabeza con creciente frecuencia desde hacía algún tiempo, y se debía a la sensación de estar viviendo el retroceso de nuestro mundo a otra miseria y sordidez mucho más angustiosas, que ya creíamos superadas. Veía los manchones de humedad insalubre, como la vuelta de una peste medieval en calles sin alcantarillas, cada vez que un fanático se agenciaba un vehículo pesado e intentaba aplastar (matar) a todas las personas, musulmanas o infieles, que hubieran salido a disfrutar del aire, del sol o de las fiestas de su barrio (la última vez el 31 de octubre en Nueva York), y los periódicos sumaban la cuenta macabra en el Excel de su redacción. O cuando en nuestra propia ciudad una niña de cuatro años moría maltratada y asesinada por el amigo de su madre; o con cada titular de una mujer asesinada por su pareja.

… húmedas paredes…

Y, aunque no tuvieran esos tintes trágicos, me asfixiaba también el olor rancio a rincón oscuro -falto de la luz de la razón y del calor de la libertad, igualdad y fraternidad- que expelía todo el constructo mental (poco constructo bajo muchos metros de banderas ondeantes) de esos iluminados salvapatrias del nacionalismo omnipresente, que desgranan la casposa estrofa del Porompompero, creyéndose por encima de la ley porque su espejo de tontainas les devuelve la imagen de un caudillo libertador de pueblos oprimidos en lugar de su verdadera faz de burgueses irresponsables y pelín supremacistas. Si no fuera por lo triste que es el que estén arruinando a su tierra y envenenando a sus paisanos, me recordarían la opereta del Conde de Luxemburgo: “un fortunón de bienes hicieron mis mayores, y en dos inviernos supe gastar alegre los millones”.


Así que agosto fue un pedalear desesperanzado, rumiando todos los días el interrogante de la impotencia -¿qué nuevo paso daremos hoy hacia el absurdo?-, sin disfrutar de la sombra de mi calle, que no tiene bares oscuros, sino árboles frondosos, y con una ansiedad creciente, como un trozo de esparto en la boca, secando el paladar en espera de la catástrofe; ansiedad de imposibles frutos inmediatos: frutos de amistad entre Cataluña y el resto de España que disipen estas nubes espesas de odio (de tormenta seca, sin agua) y vuelvan el concepto de patria al de proyecto común de convivencia entre gente diversa; y frutos de moderación voceada (valga el oxímoron) desde los alminares, para desactivar con su propio lenguaje a los desquiciados que mezclan teocracia y asesinato masivo en un almirez siniestro. Y un poco de lluvia.

Calle General Almirante sin coches
uno de los días que estuvo prohibido circular
debido a la contaminación

Pero nada de eso llegó, y volví al trabajo, en septiembre y octubre, con el mismo trozo de esparto en la boca -aprendí a colocarlo a un lado para poder tragar- y con las mismas canciones tristes acompasando mis pedales: mientras enfilaba uno y otro día las calles Constitución, Menéndez Pelayo, Montero Calvo, Santiago o Claudio Moyano, con el aire acondicionado enloquecido alcanzándome desde las tiendas, a más de siete metros de distancia, era la canción In the year 2525 la que me confirmaba que seguimos con la venda en los ojos, derrochando la energía y cargándonos el planeta, y para cuando nos la quitemos solo nos servirá para derramar esos mil millones de lágrimas por lo que no supimos o no quisimos hacer a tiempo.

… pero sé que alguna vez cambiará mi suerte

Me hizo gracia la coincidencia: el primer avión de la nueva etapa Valladolid-Sevilla despegaba el “29 de Octubre”, fecha que da nombre a ese barrio de Valladolid que con tanto fundamento podría entonar en primera persona la canción del título: hasta yo tengo hecha desde hace dos años la foto de rigor -una sillita de niño solitaria en un portal decrépito- con la que todos los periódicos han ilustrado este año los planes de rehabilitación de ese polígono, una vez desechada por el Ayuntamiento la opción demolición-reforma.

Foto: Galandil (Wikipedia)

Y aunque las obras no han comenzado en el colegio de Roberto Enríquez, que era la pieza estrella de las inversiones en mi antiguo barrio, el despliegue de los andamios, que comenzó unos pocos días antes del despegue de Ryanair para Sevilla, permite abrigar esperanzas de que algo mejore en esos bloques de Pajarillos, siempre que la policía y los jueces -señalan los vecinos- se empleen a fondo contra el trapicheo que vuelve a crecer de mano de unas cuantas familias que hacen imposible la convivencia.



Quizás la clave de la esperanza consiste en ese descubrimiento que llevó a Francis Mojica a Albany el 27 de septiembre para recibir uno de los premios más importantes del mundo en investigaciones biomédicas: CRISPR, la técnica genética que permite “editar” el genoma humano como si fuera un procesador de texto, cortando los párrafos defectuosos y pegando en su lugar otros regenerados. Igual que eso ha permitido a un grupo de científicos corregir en embriones humanos la miocardía hipertrófica (y quizás abra las puertas para curar el cáncer), quizás la clave de la regeneración social y política consista no en pretender demoler cada cuarenta años lo construido porque empiecen a notarse los desconchones y las goteras, sino en ir generando cada uno en su entorno esos fragmentos de genoma social correcto que irían sustituyendo a los deformados por la corrupción, el fanatismo o la desidia.

Imagen: Roddelgado (Wikipedia)

Lo más bonito de la canción de Lone Star era el toque de platillos como si fueran campanas marcando el cambio de ritmo entre las estrofas que desgranaban lo triste y deprimente de su barrio (niños descalzos sin salud, barro en esas calles donde ni la luz ni los amigos quieren llegar) y el estribillo, casi eufórico, proclamando la esperanza: “… pero sé que alguna vez cambiará mi suerte”. Así me encanta imitarlo cuando pedaleo, casi a las cuatro de la tarde, por el carril bici del parque de Villa del Prado, aprovechando que nadie pasa y puedo dar rienda suelta a la voz y a las manos independizadas del manillar.

martes, 30 de mayo de 2017

Bellezas habitables a la vuelta de la esquina

"Sacadme de la cama" –dijo, con ese aire perentorio que no dejaba lugar a dudas, pero que ya casi nunca utilizaba por falta de fuerzas y de ganas de vivir-. Al principio, creímos -o aparentamos- que no la habíamos entendido. Y se lo preguntamos un par de veces, hasta que estuvo claro que quería levantarse, después de tantos meses postrada en los que sólo la incorporábamos sobre las almohadas para comer –un ratito y ya se cansaba-, limpiarla, peinarla, o para facilitarle una tos que despejase las flemas que no la dejaban respirar.

Con ayuda de la ropa, reunimos su manojillo de huesos lo mejor que pudimos, la sentamos en la silla de ruedas y seguimos, sumisos, sus órdenes de marcha: al mirador, para ver los pendientes de la reina, las flores de los geranios y las hojas de terciopelo de los cóleos –la calle no la importaba mucho-; al comedor, para observar los árboles que quedaban en el patio de los Acitores –el grande lo habían cortado hace ya diez años-; y al cuarto de estar para contemplar la foto de familia enmarcada a un lado de la ventana y, al otro, el reloj de pared salpicando levemente su tictac sobre la silenciada máquina de coser Singer. Parecía una reina pasando revista a sus dominios –o despidiéndose de ellos- mientras ignoraba al príncipe de España, que se estaba casando con la periodista Letizia en la pantalla de televisión de su alcoba. Al día siguiente, 23 de mayo de 2004, murió la emperatriz Emilia, habiendo recibido pleitesía de sus plantas, de los gatos del patio, de sus fotos enmarcadas, de su reloj de pared y de la Singer.


Fotografías: Arturo Alonso y Gregorio Alonso

El corazón del bosque: el Castillo de Burgos

Este recuerdo, evocado de la manera más imprevista porque un político pedía en las Cortes más plazas en centros de día para atender a personas mayores y que así pudieran vivir en sus casas hasta el final de sus días, tiñó la vida cultural de mi primavera del color de la elegía y la situó en el mapa de Burgos.

Sin saber por qué, me encontré leyendo Relatos para Jorge, un libro homenaje a Jorge Villalmanzo, que me había descargado hace ya muchos meses no recuerdo si de la biblioteca digital de Castilla y León o del Ayuntamiento de la ciudad. Disfrutando de esos relatos -algunos excelentes, otros muy buenos, algunos más normales, e incluso algún jeta que cuela un escrito dedicado a otro cambiándole el nombre del homenajeado-, acaricio e intento aprenderme de memoria los nombres de los autores, a los que, sin conocer, envidio por poseer la ciudad que considero mía, pero de la que ya no formo parte más que de visita. Y desde sus páginas responde a mi llamada de identidad "El corazón del bosque", de Fernando Ortega Barriuso.

Castillo de Burgos (Foto: Jesús Serna, Wikipedia)
Sabiendo muy bien por qué, todos estos días mi pedaleo temprano hacia el nordeste y tardío hacia el sudoeste ha estado lleno de una búsqueda afanosa en mi imaginación y en mi memoria. Escudriño todos los rincones del Castillo de Burgos, recorridos durante tantas mañanas y tardes de finales de los años sesenta –era el destino natural de las excursiones legales y de las escapadas ilegales desde nuestro colegio-, e intento adivinar la ubicación de ese corazón del bosque en el que los árboles, la hiedra y una alfombra de tréboles aíslan de la ciudad al paseante, acompañándole solo con el canto de los pájaros. Y, mientras me esfuerzo en esa localización geográfica del pasado, el aroma que los tilos me regalan estos días en varios puntos de mi trayecto urbano me transporta a los tilos de la plaza de San Juan, donde jugábamos los chicos y chicas del barrio; mientras las chicas vendíamos y comprábamos piedrecitas disfrazadas de mercancías a través del mostrador imaginado en las ventanas de la muralla del antiguo hospital de San Juan, algunos chavales, los más osados, trepaban por las ruinas de la muralla y se paseaban por su perfil superior, poniendo en claro peligro sus vidas. Justo lo que ahora se entiende por un parque de aventuras moderno, seguro, homologado y europeo.

Tilos junto al Monasterio de San Juan (Foto: Gregorio Alonso)

Hospital y puerta de San Juan e Iglesia de San Lesmes
Museo Lázaro Galdiano

“La belleza, el misterio y el dolor”… y la Maravillosa Orquesta del Alcohol

La Maravillosa Orquesta del Alcohol
(Foto: Virginia Rota Silvia Grav, Wikipedia)
Sin saber por qué -aunque sospecho que respondiendo a la llamada de tanta evocación burgalesa-, una casualidad urdida por el destino durante más de treinta años hace que esta tarde aparque justo a mi lado, en una calle que no transito demasiado, un coche desconocido, del que emerge -sorpresa mayúscula para los dos- uno de aquellos chavales de la plaza de San Juan, Miguel, que hubiera podido alcanzar a un gorrión en uno de los tilos con un tirabeque desde su ventana en la calle San Lesmes. La conversación emocionada de este encuentro inesperado añade a mi colección de recuerdos de Burgos notas de elegía y ausencia -Marisa ya no está-, que se agudizarían justo al día siguiente con la desaparición de Tino Barriuso; pero también de alegría: Miguel ha venido a Pucela para la inauguración de la exposición del pintor burgalés Luis Sáez, “La belleza, el misterio y el dolor”,  en el vestíbulo de las Cortes de Castilla y León, y ahora se ha acercado a recoger a su hijo a la salida de una reunión relacionada con La MODA (la Maravillosa Orquesta del Alcohol; sí, los que tocaron el año pasado en Fiestas de Valladolid), en la que canta y toca la guitarra.




Obras de Miguel Iribertegui y Domingo Iturgaiz
en la exposición "Bellezas habitables"

Sin saber muy bien por qué, este encuentro, que por un momento ha convertido una calle cualquiera de mi ciudad en una belleza habitable, me impulsa a pedalear, Pisuerga arriba, hasta el puente Colgante. Allí cruzo a las Cortes de Castilla y León, en cuyo vestíbulo me he refugiado muchas tardes para buscar en sus exposiciones la soledad transfigurada que Jorge Villalmanzo y Fernando Ortega descubrieron en el corazón del bosque del Castillo. La última vez había sido con la serenidad y la ternura de las "Bellezas habitables" de Domingo Iturgaiz y Miguel Iribertegui, así que ahora se me hacía más terrible contemplar los cuerpos mutilados y aherrojados con garfios que Luis Sáez iluminaba con luces y colores radiantes, como recreándose en ese matrimonio imposible entre la lozanía y el tormento. Aunque, bien mirado, imposible no hay nada, deben de pensar el hijo de Luis Sáez y la Fundación Secretariado Gitano, que destinarán el dinero de los cuadros que se vendan a que haya más mujeres gitanas estudiando en la universidad. Olé, primo.


Obras de Luis Sáez en la exposición
"La belleza, el misterio y el dolor"

Y es que hay gente que sí que sabe: los porqués, los dóndes y los cómo. Unos saben descubrir en plena ciudad esas bellezas habitables que seguro tengo al alcance de mis pedales sin enterarme. Otros propician pequeños gestos como el de la Fnac y Rio Shopping donando equipos de música al Hospital Río Hortega para musicoterapia en la unidad de oncología infantil; algunos pergeñan proyectos para hacer las ciudades más sostenibles a base de infraestructuras “verdes” o de impulsar el uso de coches eléctricos -aunque a veces les rechacen los proyectos-. Y otros, los mejores, convierten los lugares que habitan en refugios para los demás. Todos sabemos de alguno.

jueves, 30 de marzo de 2017

Los Reyes Magos, Cenicienta cutre y unas sandías realistas

Era víspera de Reyes, y todavía no tenía las partituras de guitarra de temas de los Beatles que pensaba regalar a nuestros hijos –para que las tocasen para nosotros, claro, que para eso invertimos altruistamente en el conservatorio-. Así que cogí la bici en el rato del desayuno y salí corriendo para la plaza Circular, sorteando como pude, en la Acera de Recoletos, a la cabalgata de los Reyes Magos de Asaja, que, como todos los años, quería entregar su carbón al personaje que más había fastidiado al sector del azúcar en 2016. En esta ocasión el dedo de la infamia señalaba al ministro Montoro.

Algo debería haber sospechado, no sólo en ese momento, al ver la escasez y desánimo de manifestantes y el casi tedio de los periodistas que la cubrían -un año más, los mismos temas, los mismos villanos, las mismas fotografías-, sino, sobre todo, en los días posteriores, al darme cuenta de que avanzaba el invierno sin que hubiera caído un solo copo de nieve: no tenía pinta de ser un año de bienes.

Pero me despistaban las señales contradictorias que me fueron soltando las lunas llenas, menguantes, nuevas y crecientes de enero y febrero, entre las que abundaban las buenas noticias: los autónomos veían una oportunidad de sobrevivir e incluso de no tener que despedir a más empleados; los bancos comenzaban a devolver la cláusula suelo; se alegraba la plaza de SanBenito con el éxito de los gastrobares del Mercado del Val; Michelin anunciaba que iba a reforzar su factoría de Valladolid con una inversión de 25 millones de euros; y -¡casi se me olvida!- hasta florecían algunos carteles en el margen derecho de mi vuelta a casa, anunciando la aventura de constructoras intrépidas que se atrevían a poner cimientos (bueno, de momento anuncios, no exageremos la euforia; los cimientos quizá lleguen en unos meses).


Sin embargo, todas ellas tenían su parte de sombra o subrayado grisáceo: esos mismos autónomos se quejaban del IVA gigante y de lamorosidad de Administraciones y empresas -te compran, pero quizás te paguen cuando ya hayas quebrado-; los bancos que con la mano derecha devuelven las cláusulas suelo, con la izquierda escondida tras el monitor te hacen una higa a la vez que teclean la subida de intereses de los préstamos (quien tuvo retuvo). Es como si los reyes magos de este año vinieran para niños desengañados, que ya saben que quienes hacen los regalos son unos padres con la ilusión más apolillada que su cuenta corriente.

Cenicienta ya no viaja en carroza principesca, sino en el Búho de la resaca

Área central del Plan Rogers (foto del dossier el Plan)
Y por si esa grisura no fuera suficiente, irrumpió en escena el verdadero protagonista de la cuesta de enero -y de febrero, desbancando a José Zorrilla del trono de su centenario-: el soterramiento que pudo haber sido y no fue (arrepentimiento que escribió la mexicana Consuelito Velázquez y lo han ido cantando desde hace ochenta años Antonio Machín, Chavela Vargas, Los Panchos, María Dolores Pradera, Diego El Cigala & Bebo Valdés y otros tantos). Mientras los vecinos de Pilarica reclamaban algún avance en el paso subterráneo de la plaza Rafael Cano -eso será lo único que se soterre en Pucela durante mucho tiempo-, Adif se apresuraba a dejar claro que renegaba de Rogers, llevando la contraria a aquellas previsiones que el ayuntamiento anunciaba el otoño anterior, de “trocear” en siete pedacitos el plan del soterramiento para ir llevándolo a cabo durante los próximos siete milenios.

Pocos días después, pleno municipal extraordinario sobre el tema, donde todos los grupos aprovecharon para rasgarse las vestiduras esparciendo culpas con un botafumeiro centrífugo -que nunca salpica el sobrepelliz del sacristán que lo bambolea-; y, a partir de ahí, lamentaciones de vecinos, arquitectos y empresarios de Valladolid, que después de haber seguido desde hace treinta años este cuento de la lechera de amigar al tren con la ciudad, ahora se tendrán que conformar con reunir en un envoltorio con lazo el libro de Basilio Calderón y José Luis Sainz Guerra sobre el soterramiento, el dossier del plan Rogers y los cientos de recortes que han ido ilustrando cada paso del proyecto; con ello podrán organizar una cumplida segunda edición de la exposición de proyectos frustrados que se celebró hace tres años en el Archivo municipal: “Valladolid Soñado. Imágenes de la ciudad que casi existió”.

 Era la vuelta a la realidad de túneles oscuros y pasarelas feas después de haber soñado con una ciudad glamurosa, sin barreras entre barrios ricos y pobres, para que entre ambos pudiera pasearse la carroza del príncipe y Cenicienta. Así me lo confirmó en la mañana fría de ayer, cuando pasaba con la bici hacia el curro, un zapato sucio que me llamó desde su abandono en la marquesina del autobús. Cenicienta sigue olvidándose un zapato, pero ni es de cristal ni lo pierde en la fiesta del príncipe, sino que es de polipiel cutre y se le salió al trastabillar bajando del búho después de una noche de copas. Quizás lo encuentre y la busque para devolvérselo el príncipe al uso, socio de una pequeña empresa de mensajería en algún polígono industrial, que coincidió con ella en la barra del bar de la cogorza, y que la va a llamar no para desposarla en su palacio y ser felices for ever, sino para hacerle un contrato de 800 euros al mes durante medio año con posibilidades de prórroga. Menos da una piedra.

Unas sandías realistas: la magia de la emoción

Desde que he cambiado de portátil (el anterior sobrevivió valientemente casi nueve años, e incluso ahora me sirve de android para la tele), Windows 10 me recibe cada día con un fondo de pantalla diferente de una colección bastante guapa. Hoy mismo, con un campo de lavanda y el texto que proclama: “400 gramos de estas aromáticas flores costaban el sueldo de un mes en la antigua Roma. El precio puede haber bajado, pero la fascinación permanece”. Y sonrío, porque justo fascinación es de lo que iba a escribir ahora que vengo de visitar la exposición de los realistas en el Museo Patio Herreriano.

Retrato de Anabela (de Isabel Quintanilla)
Ya daba pistas Isabel Quintanilla en una entrevista que leí para ponerme en contexto: “Tengo siempre lo mismo alrededor, pero un día subo por la escalera y veo que la luz entra de una manera y en ese momento me emociona y lo pinto”. Y es lo que ocurre en esta exposición: las estaciones de tren y puertas de tiendas antiguas de Amalia Avia; las esculturas de Julio López y de Antonio López; los jardines de María Moreno y de Isabel Quintanilla; las "Esperanzas" y los "Francescos" de Francisco López; y, sobre todo, la variedad inmensa de emociones de Cristóbal Toral, que lo mismo hace casi llorar con sus soledades de maletas pobres en calles oscuras que rompe los moldes de la alegría con bodegones de rábanos y sandías que echan a volar; todo en ellos ha vuelto a llenar de emoción las paredes del museo, que empezaban a mostrar algunos desconchones, como si a la falta de director se uniera la ausencia de norte y de empuje.

Bodegón con sandías (Cristóbal Toral)

Desnudo de mujer recostada en la cama (Cristóbal Toral)

Bodegón con periódico (Esperanza Parada)

Hospital (Francisco López)

Esperanza caminando (Julio López)
Estación de Atocha (Amalia Avia)

Busto de Mari (Antonio López)

Carmen (Francisco López)

Jardín de infancia (María Moreno)

Está claro: ni los Reyes Magos ni el príncipe de Cenicienta. Mañana, sin falta, empiezo a estar al loro para descubrir en cualquier esquina esa magia de la emoción -ahora mismo parece que asoma en esta versión que tanto me gusta de En donde estés, de Pereza- y me pongo a transformar el mundo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Meciendo la cuna de las palabras mientras muero

A veces, la vida en otoño parece transcurrir en blanco y negro -en escala de grises, para ser más exacta-, y especialmente este año, que solo me asomo a la vida con miradas de reojo a través de la ventana mientras tecleo en el portátil, o peor, me entero de ella por la pantalla, como de algo que sucede en un mundo ajeno que recuerdo vagamente, y al que pienso volver, sí, cuando acabe estas tareas que quizá me duren más que la vida misma. Gris como los radios de las ruedas de mi bici, como su cuadro y sus llantas, sus pedales y los guardabarros. Los detalles blancos y rojos que la adornaban han quedado ocultos no solo por la capa de polvo que dejo crecer sin lavarla, sino sobre todo por la tristeza que la cubre desde que casi ni la miro al arrancarla ni al aparcarla, con prisas para llegar al trabajo y con prisas para llegar a casa y seguir tecleando.




“Allí estaré”, me engañé cuando leí la noticia sobre la segunda exposición de la serie Facies sapientiae (Rostros de la sabiduría); si me hubiera acercado de cuatro pedaladas, habría podido comparar el rostro de quien triunfaba llegando a ser alcalde o rector con el del que sucumbía mientras intentaba curar a los enfermos de la epidemia de cólera que azotó Valladolid en 1885. Pero luego me consolé observando otras caras de la sabiduría -pensé que más sabias, porque me recordaban más a la de NicanorRemolar, el que luchó contra el cólera-, las de los chavales que el 20 de octubre intentaron explicar sus respectivas tesis doctorales en tres minutos en el Paranifo de la Universidad.

Sabiduría sencilla y simpleza grandilocuente

Gonzalo Gutiérrez (arriba) y Gema Ruiz. Fotos: C Barrena
No es que ese día diese las cuatro pedaladas necesarias, sino que lo contemplé en el vídeo que colgó la universidad: vi a Gonzalo Gutiérrez Tobal ganar el concurso asustando al público –“al menos veinte de ustedes tienen apnea del sueño y no lo saben”- para tranquilizarles después explicando cómo ha logrado un método para simplificar el diagnóstico de la apnea, lo que permitirá abaratarlo, eliminar las listas de espera para esas pruebas y que así se puede aplicar a tiempo un sencillo tratamiento que evite casos de muerte súbita o de infarto cerebral. También vi a Gema Ruiz (segundo premio) comparar el shock séptico con la ruptura de la pared de un embalse -la pared es nuestro sistema inmune, siempre conteniendo la avalancha de las bacterias- y contar cómo han llegado a establecer un hemograma que permite predecir qué pacientes sobrevivirán fácilmente al shock -los que tengan 7.226 neutrófilos o más por milímetro cúbico de sangre- y quiénes lo tendrán muy difícil y necesitarán por tanto una ayuda urgente y extraordinaria para poder superarlo. Vi a Judith Martín proponer para nuestros edificios unos aislantes realizados con polímeros nanocelulares, lo que nos permitirá ahorrar 700 euros al año en combustible por cada vivienda y -lo más importante- disminuir en 1.500 kilos al año el CO2 con el que cada familia dañamos la atmósfera por culpa de las calefacciones. Ella se llevó el premio del público junto con Sara Galindo, que había encontrado la manera de utilizar células del tejido adiposo (las de una liposucción, para entendernos) para curar la córnea, que es nuestra ventana al mundo, y así devolver la luz y librar del dolor intenso y continuo a las personas con la córnea dañada.

Judith Martín y Sara Galindo, premios del público. Fotos Carlos Barrena (UVa)

Así se podría seguir hasta los quince finalistas, porque casi todos ellos -dos fueron un poco más flojos- lograron la genialidad de explicar hallazgos complejos de forma sencilla pero sin perder la esencia y la chispa de lo averiguado. Hicieron gala de la sencillez que adorna a la sabiduría adquirida con largos años de trabajo, escudriñando entre los logros de los anteriores, ideando nuevos caminos para superar sus limitaciones, corrigiendo errores mínimos que llevaban a resultados fallidos. Justo lo contrario de lo que se encuentra ahora en cada esquina de la comunicación política: simplezas maniqueas proclamadas como profundas verdades universales que nos liberarán de la injusticia y de la escasez sin mover un dedo, salvo el de señalar a los malos.

Perseguir la vida en Marte mientras me pierdo la que tengo a la vuelta de la esquina

Un poco de la sabiduría aplicada de estos thesis facientes le habría venido bien al Ayuntamiento de Valladolid para encontrar una solución -que los vecinos llevan esperando 500 días- al incomprensible aislamiento de Pilarica respecto al resto de la ciudad; y a los vecinos de Viana de Cega, Mojados, Cogeces y Megeces, que buscan la forma de salvar al río Cega, al que en verano solo le queda el nombre, y que en invierno, si viene lluvioso, se desmanda en torrente y arrasa con lo que pille por delante.

Exomars 2016 aproximándose a Marte (foto ESA/ATG medialab)

Pero, sobre todo, un poco de esa sabiduría me hubiera hecho falta a mí, que me pierdo la superluna -casi al alcance de mi ventana- mientras maqueto revistas, edito partituras, y en algún rato libre me asomo con fruición a las ventanas de livestreaming de la Agencia Espacial Europea para seguir la misión Exomars 2016 (el Trace Gas Orbiter fue puesto en órbita de Marte satisfactoriamente, pero la sonda Schiaparelli no pudo aterrizar en la superficie del planeta rojo), preparatoria de la Exomars 2020 en cuya sonda exploradora (la que deberá aterrizar con éxito dentro de tres años y medio para excavar en la superficie de Marte buscando rastros de vida) irá un espectrómetro diseñado por nuestro Fernando Rull de la Universidad de Valladolid.

Pero me justifico pensando que no es solamente que manipule con las manos para no pensar mientras transcurre la felicidad y la muerte allende la ventana, sino que, cuando maqueto, mis manos son la cuna que mece las palabras para que signifiquen más, para que casen con las imágenes, cautiven a nuestros ojos y encuentren el camino del corazón. Y al editar partituras es como si tuviese el poder de dirigir la distribución de la voz, de su timbre y su tono, la ordenación de intensidades y cadencias, la perfecta alternancia rítmica entre sonido y silencio que produce la emoción de la música.

Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can.

Es bueno que el primer encuentro con el espanto de la muerte ocurra cuando se es mayor y el alma tiene suficiente callo para que no hiera tanto. Aun así, a la perplejidad por lo inesperado se suma la evidencia de lo absurdo, y me falta el aire para respirar. Llevo dos horas intentando comprender que esta persona querida con la que paseábamos hace diez días por su ciudad esté a punto de morirse por un tumor cerebral oculto desde Dios sabe cuándo. Contemplo espantada la respiración jadeante con la que su cuerpo fuerte de labrador infatigable (su mente ha quedado repentinamente perdida en un túnel sin señalización) lucha contra lo inexorable. Cuando parece que se aquieta un poco, nos damos cuenta, sin creerlo, de que en realidad se está enlenteciendo hasta desaparecer, llevándose el color de su cara y su vida.

En medio de una pesadilla sin imágenes en la que mi cerebro lleva varios días dándose contra el muro, me pongo una película para evadirme, y resulta ser The Martian  la que consigue arrancarme las lágrimas necesarias para volver a la vida. Parece como si el astronauta Mark Watney (Matt Damon) me estuviera hablando cuando les escribe a sus padres: “Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can” (“Salgo fuera todos los días y contemplo el inmenso horizonte. Precisamente porque puedo”).



Es verdad que, salvo la línea de los tejados de Parquesol desde la biblioteca de La Flecha, me encuentro pocos horizontes inmensos que contemplar cada día. Pero, al menos, los árboles que enmarca mi ventana han recuperado sus colores emocionantes -¿cómo pude verlos en blanco y negro?-; y ayer mismo, ya invierno comenzado, salí con el telescopio y todo el familión a mirar las estrellas de la Noche Buena, aunque por el camino el dolor volviera a llamarme desde una parcela de manzanos en intensivo que parecían crucificados contra las vallas de alambre.