martes, 30 de mayo de 2017

Bellezas habitables a la vuelta de la esquina

"Sacadme de la cama" –dijo, con ese aire perentorio que no dejaba lugar a dudas, pero que ya casi nunca utilizaba por falta de fuerzas y de ganas de vivir-. Al principio, creímos -o aparentamos- que no la habíamos entendido. Y se lo preguntamos un par de veces, hasta que estuvo claro que quería levantarse, después de tantos meses postrada en los que sólo la incorporábamos sobre las almohadas para comer –un ratito y ya se cansaba-, limpiarla, peinarla, o para facilitarle una tos que despejase las flemas que no la dejaban respirar.

Con ayuda de la ropa, reunimos su manojillo de huesos lo mejor que pudimos, la sentamos en la silla de ruedas y seguimos, sumisos, sus órdenes de marcha: al mirador, para ver los pendientes de la reina, las flores de los geranios y las hojas de terciopelo de los cóleos –la calle no la importaba mucho-; al comedor, para observar los árboles que quedaban en el patio de los Acitores –el grande lo habían cortado hace ya diez años-; y al cuarto de estar para contemplar la foto de familia enmarcada a un lado de la ventana y, al otro, el reloj de pared salpicando levemente su tictac sobre la silenciada máquina de coser Singer. Parecía una reina pasando revista a sus dominios –o despidiéndose de ellos- mientras ignoraba al príncipe de España, que se estaba casando con la periodista Letizia en la pantalla de televisión de su alcoba. Al día siguiente, 23 de mayo de 2004, murió la emperatriz Emilia, habiendo recibido pleitesía de sus plantas, de los gatos del patio, de sus fotos enmarcadas, de su reloj de pared y de la Singer.


Fotografías: Arturo Alonso y Gregorio Alonso

El corazón del bosque: el Castillo de Burgos

Este recuerdo, evocado de la manera más imprevista porque un político pedía en las Cortes más plazas en centros de día para atender a personas mayores y que así pudieran vivir en sus casas hasta el final de sus días, tiñó la vida cultural de mi primavera del color de la elegía y la situó en el mapa de Burgos.

Sin saber por qué, me encontré leyendo Relatos para Jorge, un libro homenaje a Jorge Villalmanzo, que me había descargado hace ya muchos meses no recuerdo si de la biblioteca digital de Castilla y León o del Ayuntamiento de la ciudad. Disfrutando de esos relatos -algunos excelentes, otros muy buenos, algunos más normales, e incluso algún jeta que cuela un escrito dedicado a otro cambiándole el nombre del homenajeado-, acaricio e intento aprenderme de memoria los nombres de los autores, a los que, sin conocer, envidio por poseer la ciudad que considero mía, pero de la que ya no formo parte más que de visita. Y desde sus páginas responde a mi llamada de identidad "El corazón del bosque", de Fernando Ortega Barriuso.

Castillo de Burgos (Foto: Jesús Serna, Wikipedia)
Sabiendo muy bien por qué, todos estos días mi pedaleo temprano hacia el nordeste y tardío hacia el sudoeste ha estado lleno de una búsqueda afanosa en mi imaginación y en mi memoria. Escudriño todos los rincones del Castillo de Burgos, recorridos durante tantas mañanas y tardes de finales de los años sesenta –era el destino natural de las excursiones legales y de las escapadas ilegales desde nuestro colegio-, e intento adivinar la ubicación de ese corazón del bosque en el que los árboles, la hiedra y una alfombra de tréboles aíslan de la ciudad al paseante, acompañándole solo con el canto de los pájaros. Y, mientras me esfuerzo en esa localización geográfica del pasado, el aroma que los tilos me regalan estos días en varios puntos de mi trayecto urbano me transporta a los tilos de la plaza de San Juan, donde jugábamos los chicos y chicas del barrio; mientras las chicas vendíamos y comprábamos piedrecitas disfrazadas de mercancías a través del mostrador imaginado en las ventanas de la muralla del antiguo hospital de San Juan, algunos chavales, los más osados, trepaban por las ruinas de la muralla y se paseaban por su perfil superior, poniendo en claro peligro sus vidas. Justo lo que ahora se entiende por un parque de aventuras moderno, seguro, homologado y europeo.

Tilos junto al Monasterio de San Juan (Foto: Gregorio Alonso)

Hospital y puerta de San Juan e Iglesia de San Lesmes
Museo Lázaro Galdiano

“La belleza, el misterio y el dolor”… y la Maravillosa Orquesta del Alcohol

La Maravillosa Orquesta del Alcohol
(Foto: Virginia Rota Silvia Grav, Wikipedia)
Sin saber por qué -aunque sospecho que respondiendo a la llamada de tanta evocación burgalesa-, una casualidad urdida por el destino durante más de treinta años hace que esta tarde aparque justo a mi lado, en una calle que no transito demasiado, un coche desconocido, del que emerge -sorpresa mayúscula para los dos- uno de aquellos chavales de la plaza de San Juan, Miguel, que hubiera podido alcanzar a un gorrión en uno de los tilos con un tirabeque desde su ventana en la calle San Lesmes. La conversación emocionada de este encuentro inesperado añade a mi colección de recuerdos de Burgos notas de elegía y ausencia -Marisa ya no está-, que se agudizarían justo al día siguiente con la desaparición de Tino Barriuso; pero también de alegría: Miguel ha venido a Pucela para la inauguración de la exposición del pintor burgalés Luis Sáez, “La belleza, el misterio y el dolor”,  en el vestíbulo de las Cortes de Castilla y León, y ahora se ha acercado a recoger a su hijo a la salida de una reunión relacionada con La MODA (la Maravillosa Orquesta del Alcohol; sí, los que tocaron el año pasado en Fiestas de Valladolid), en la que canta y toca la guitarra.




Obras de Miguel Iribertegui y Domingo Iturgaiz
en la exposición "Bellezas habitables"

Sin saber muy bien por qué, este encuentro, que por un momento ha convertido una calle cualquiera de mi ciudad en una belleza habitable, me impulsa a pedalear, Pisuerga arriba, hasta el puente Colgante. Allí cruzo a las Cortes de Castilla y León, en cuyo vestíbulo me he refugiado muchas tardes para buscar en sus exposiciones la soledad transfigurada que Jorge Villalmanzo y Fernando Ortega descubrieron en el corazón del bosque del Castillo. La última vez había sido con la serenidad y la ternura de las "Bellezas habitables" de Domingo Iturgaiz y Miguel Iribertegui, así que ahora se me hacía más terrible contemplar los cuerpos mutilados y aherrojados con garfios que Luis Sáez iluminaba con luces y colores radiantes, como recreándose en ese matrimonio imposible entre la lozanía y el tormento. Aunque, bien mirado, imposible no hay nada, deben de pensar el hijo de Luis Sáez y la Fundación Secretariado Gitano, que destinarán el dinero de los cuadros que se vendan a que haya más mujeres gitanas estudiando en la universidad. Olé, primo.


Obras de Luis Sáez en la exposición
"La belleza, el misterio y el dolor"

Y es que hay gente que sí que sabe: los porqués, los dóndes y los cómo. Unos saben descubrir en plena ciudad esas bellezas habitables que seguro tengo al alcance de mis pedales sin enterarme. Otros propician pequeños gestos como el de la Fnac y Rio Shopping donando equipos de música al Hospital Río Hortega para musicoterapia en la unidad de oncología infantil; algunos pergeñan proyectos para hacer las ciudades más sostenibles a base de infraestructuras “verdes” o de impulsar el uso de coches eléctricos -aunque a veces les rechacen los proyectos-. Y otros, los mejores, convierten los lugares que habitan en refugios para los demás. Todos sabemos de alguno.

jueves, 30 de marzo de 2017

Los Reyes Magos, Cenicienta cutre y unas sandías realistas

Era víspera de Reyes, y todavía no tenía las partituras de guitarra de temas de los Beatles que pensaba regalar a nuestros hijos –para que las tocasen para nosotros, claro, que para eso invertimos altruistamente en el conservatorio-. Así que cogí la bici en el rato del desayuno y salí corriendo para la plaza Circular, sorteando como pude, en la Acera de Recoletos, a la cabalgata de los Reyes Magos de Asaja, que, como todos los años, quería entregar su carbón al personaje que más había fastidiado al sector del azúcar en 2016. En esta ocasión el dedo de la infamia señalaba al ministro Montoro.

Algo debería haber sospechado, no sólo en ese momento, al ver la escasez y desánimo de manifestantes y el casi tedio de los periodistas que la cubrían -un año más, los mismos temas, los mismos villanos, las mismas fotografías-, sino, sobre todo, en los días posteriores, al darme cuenta de que avanzaba el invierno sin que hubiera caído un solo copo de nieve: no tenía pinta de ser un año de bienes.

Pero me despistaban las señales contradictorias que me fueron soltando las lunas llenas, menguantes, nuevas y crecientes de enero y febrero, entre las que abundaban las buenas noticias: los autónomos veían una oportunidad de sobrevivir e incluso de no tener que despedir a más empleados; los bancos comenzaban a devolver la cláusula suelo; se alegraba la plaza de SanBenito con el éxito de los gastrobares del Mercado del Val; Michelin anunciaba que iba a reforzar su factoría de Valladolid con una inversión de 25 millones de euros; y -¡casi se me olvida!- hasta florecían algunos carteles en el margen derecho de mi vuelta a casa, anunciando la aventura de constructoras intrépidas que se atrevían a poner cimientos (bueno, de momento anuncios, no exageremos la euforia; los cimientos quizá lleguen en unos meses).


Sin embargo, todas ellas tenían su parte de sombra o subrayado grisáceo: esos mismos autónomos se quejaban del IVA gigante y de lamorosidad de Administraciones y empresas -te compran, pero quizás te paguen cuando ya hayas quebrado-; los bancos que con la mano derecha devuelven las cláusulas suelo, con la izquierda escondida tras el monitor te hacen una higa a la vez que teclean la subida de intereses de los préstamos (quien tuvo retuvo). Es como si los reyes magos de este año vinieran para niños desengañados, que ya saben que quienes hacen los regalos son unos padres con la ilusión más apolillada que su cuenta corriente.

Cenicienta ya no viaja en carroza principesca, sino en el Búho de la resaca

Área central del Plan Rogers (foto del dossier el Plan)
Y por si esa grisura no fuera suficiente, irrumpió en escena el verdadero protagonista de la cuesta de enero -y de febrero, desbancando a José Zorrilla del trono de su centenario-: el soterramiento que pudo haber sido y no fue (arrepentimiento que escribió la mexicana Consuelito Velázquez y lo han ido cantando desde hace ochenta años Antonio Machín, Chavela Vargas, Los Panchos, María Dolores Pradera, Diego El Cigala & Bebo Valdés y otros tantos). Mientras los vecinos de Pilarica reclamaban algún avance en el paso subterráneo de la plaza Rafael Cano -eso será lo único que se soterre en Pucela durante mucho tiempo-, Adif se apresuraba a dejar claro que renegaba de Rogers, llevando la contraria a aquellas previsiones que el ayuntamiento anunciaba el otoño anterior, de “trocear” en siete pedacitos el plan del soterramiento para ir llevándolo a cabo durante los próximos siete milenios.

Pocos días después, pleno municipal extraordinario sobre el tema, donde todos los grupos aprovecharon para rasgarse las vestiduras esparciendo culpas con un botafumeiro centrífugo -que nunca salpica el sobrepelliz del sacristán que lo bambolea-; y, a partir de ahí, lamentaciones de vecinos, arquitectos y empresarios de Valladolid, que después de haber seguido desde hace treinta años este cuento de la lechera de amigar al tren con la ciudad, ahora se tendrán que conformar con reunir en un envoltorio con lazo el libro de Basilio Calderón y José Luis Sainz Guerra sobre el soterramiento, el dossier del plan Rogers y los cientos de recortes que han ido ilustrando cada paso del proyecto; con ello podrán organizar una cumplida segunda edición de la exposición de proyectos frustrados que se celebró hace tres años en el Archivo municipal: “Valladolid Soñado. Imágenes de la ciudad que casi existió”.

 Era la vuelta a la realidad de túneles oscuros y pasarelas feas después de haber soñado con una ciudad glamurosa, sin barreras entre barrios ricos y pobres, para que entre ambos pudiera pasearse la carroza del príncipe y Cenicienta. Así me lo confirmó en la mañana fría de ayer, cuando pasaba con la bici hacia el curro, un zapato sucio que me llamó desde su abandono en la marquesina del autobús. Cenicienta sigue olvidándose un zapato, pero ni es de cristal ni lo pierde en la fiesta del príncipe, sino que es de polipiel cutre y se le salió al trastabillar bajando del búho después de una noche de copas. Quizás lo encuentre y la busque para devolvérselo el príncipe al uso, socio de una pequeña empresa de mensajería en algún polígono industrial, que coincidió con ella en la barra del bar de la cogorza, y que la va a llamar no para desposarla en su palacio y ser felices for ever, sino para hacerle un contrato de 800 euros al mes durante medio año con posibilidades de prórroga. Menos da una piedra.

Unas sandías realistas: la magia de la emoción

Desde que he cambiado de portátil (el anterior sobrevivió valientemente casi nueve años, e incluso ahora me sirve de android para la tele), Windows 10 me recibe cada día con un fondo de pantalla diferente de una colección bastante guapa. Hoy mismo, con un campo de lavanda y el texto que proclama: “400 gramos de estas aromáticas flores costaban el sueldo de un mes en la antigua Roma. El precio puede haber bajado, pero la fascinación permanece”. Y sonrío, porque justo fascinación es de lo que iba a escribir ahora que vengo de visitar la exposición de los realistas en el Museo Patio Herreriano.

Retrato de Anabela (de Isabel Quintanilla)
Ya daba pistas Isabel Quintanilla en una entrevista que leí para ponerme en contexto: “Tengo siempre lo mismo alrededor, pero un día subo por la escalera y veo que la luz entra de una manera y en ese momento me emociona y lo pinto”. Y es lo que ocurre en esta exposición: las estaciones de tren y puertas de tiendas antiguas de Amalia Avia; las esculturas de Julio López y de Antonio López; los jardines de María Moreno y de Isabel Quintanilla; las "Esperanzas" y los "Francescos" de Francisco López; y, sobre todo, la variedad inmensa de emociones de Cristóbal Toral, que lo mismo hace casi llorar con sus soledades de maletas pobres en calles oscuras que rompe los moldes de la alegría con bodegones de rábanos y sandías que echan a volar; todo en ellos ha vuelto a llenar de emoción las paredes del museo, que empezaban a mostrar algunos desconchones, como si a la falta de director se uniera la ausencia de norte y de empuje.

Bodegón con sandías (Cristóbal Toral)

Desnudo de mujer recostada en la cama (Cristóbal Toral)

Bodegón con periódico (Esperanza Parada)

Hospital (Francisco López)

Esperanza caminando (Julio López)
Estación de Atocha (Amalia Avia)

Busto de Mari (Antonio López)

Carmen (Francisco López)

Jardín de infancia (María Moreno)

Está claro: ni los Reyes Magos ni el príncipe de Cenicienta. Mañana, sin falta, empiezo a estar al loro para descubrir en cualquier esquina esa magia de la emoción -ahora mismo parece que asoma en esta versión que tanto me gusta de En donde estés, de Pereza- y me pongo a transformar el mundo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Meciendo la cuna de las palabras mientras muero

A veces, la vida en otoño parece transcurrir en blanco y negro -en escala de grises, para ser más exacta-, y especialmente este año, que solo me asomo a la vida con miradas de reojo a través de la ventana mientras tecleo en el portátil, o peor, me entero de ella por la pantalla, como de algo que sucede en un mundo ajeno que recuerdo vagamente, y al que pienso volver, sí, cuando acabe estas tareas que quizá me duren más que la vida misma. Gris como los radios de las ruedas de mi bici, como su cuadro y sus llantas, sus pedales y los guardabarros. Los detalles blancos y rojos que la adornaban han quedado ocultos no solo por la capa de polvo que dejo crecer sin lavarla, sino sobre todo por la tristeza que la cubre desde que casi ni la miro al arrancarla ni al aparcarla, con prisas para llegar al trabajo y con prisas para llegar a casa y seguir tecleando.




“Allí estaré”, me engañé cuando leí la noticia sobre la segunda exposición de la serie Facies sapientiae (Rostros de la sabiduría); si me hubiera acercado de cuatro pedaladas, habría podido comparar el rostro de quien triunfaba llegando a ser alcalde o rector con el del que sucumbía mientras intentaba curar a los enfermos de la epidemia de cólera que azotó Valladolid en 1885. Pero luego me consolé observando otras caras de la sabiduría -pensé que más sabias, porque me recordaban más a la de NicanorRemolar, el que luchó contra el cólera-, las de los chavales que el 20 de octubre intentaron explicar sus respectivas tesis doctorales en tres minutos en el Paranifo de la Universidad.

Sabiduría sencilla y simpleza grandilocuente

Gonzalo Gutiérrez (arriba) y Gema Ruiz. Fotos: C Barrena
No es que ese día diese las cuatro pedaladas necesarias, sino que lo contemplé en el vídeo que colgó la universidad: vi a Gonzalo Gutiérrez Tobal ganar el concurso asustando al público –“al menos veinte de ustedes tienen apnea del sueño y no lo saben”- para tranquilizarles después explicando cómo ha logrado un método para simplificar el diagnóstico de la apnea, lo que permitirá abaratarlo, eliminar las listas de espera para esas pruebas y que así se puede aplicar a tiempo un sencillo tratamiento que evite casos de muerte súbita o de infarto cerebral. También vi a Gema Ruiz (segundo premio) comparar el shock séptico con la ruptura de la pared de un embalse -la pared es nuestro sistema inmune, siempre conteniendo la avalancha de las bacterias- y contar cómo han llegado a establecer un hemograma que permite predecir qué pacientes sobrevivirán fácilmente al shock -los que tengan 7.226 neutrófilos o más por milímetro cúbico de sangre- y quiénes lo tendrán muy difícil y necesitarán por tanto una ayuda urgente y extraordinaria para poder superarlo. Vi a Judith Martín proponer para nuestros edificios unos aislantes realizados con polímeros nanocelulares, lo que nos permitirá ahorrar 700 euros al año en combustible por cada vivienda y -lo más importante- disminuir en 1.500 kilos al año el CO2 con el que cada familia dañamos la atmósfera por culpa de las calefacciones. Ella se llevó el premio del público junto con Sara Galindo, que había encontrado la manera de utilizar células del tejido adiposo (las de una liposucción, para entendernos) para curar la córnea, que es nuestra ventana al mundo, y así devolver la luz y librar del dolor intenso y continuo a las personas con la córnea dañada.

Judith Martín y Sara Galindo, premios del público. Fotos Carlos Barrena (UVa)

Así se podría seguir hasta los quince finalistas, porque casi todos ellos -dos fueron un poco más flojos- lograron la genialidad de explicar hallazgos complejos de forma sencilla pero sin perder la esencia y la chispa de lo averiguado. Hicieron gala de la sencillez que adorna a la sabiduría adquirida con largos años de trabajo, escudriñando entre los logros de los anteriores, ideando nuevos caminos para superar sus limitaciones, corrigiendo errores mínimos que llevaban a resultados fallidos. Justo lo contrario de lo que se encuentra ahora en cada esquina de la comunicación política: simplezas maniqueas proclamadas como profundas verdades universales que nos liberarán de la injusticia y de la escasez sin mover un dedo, salvo el de señalar a los malos.

Perseguir la vida en Marte mientras me pierdo la que tengo a la vuelta de la esquina

Un poco de la sabiduría aplicada de estos thesis facientes le habría venido bien al Ayuntamiento de Valladolid para encontrar una solución -que los vecinos llevan esperando 500 días- al incomprensible aislamiento de Pilarica respecto al resto de la ciudad; y a los vecinos de Viana de Cega, Mojados, Cogeces y Megeces, que buscan la forma de salvar al río Cega, al que en verano solo le queda el nombre, y que en invierno, si viene lluvioso, se desmanda en torrente y arrasa con lo que pille por delante.

Exomars 2016 aproximándose a Marte (foto ESA/ATG medialab)

Pero, sobre todo, un poco de esa sabiduría me hubiera hecho falta a mí, que me pierdo la superluna -casi al alcance de mi ventana- mientras maqueto revistas, edito partituras, y en algún rato libre me asomo con fruición a las ventanas de livestreaming de la Agencia Espacial Europea para seguir la misión Exomars 2016 (el Trace Gas Orbiter fue puesto en órbita de Marte satisfactoriamente, pero la sonda Schiaparelli no pudo aterrizar en la superficie del planeta rojo), preparatoria de la Exomars 2020 en cuya sonda exploradora (la que deberá aterrizar con éxito dentro de tres años y medio para excavar en la superficie de Marte buscando rastros de vida) irá un espectrómetro diseñado por nuestro Fernando Rull de la Universidad de Valladolid.

Pero me justifico pensando que no es solamente que manipule con las manos para no pensar mientras transcurre la felicidad y la muerte allende la ventana, sino que, cuando maqueto, mis manos son la cuna que mece las palabras para que signifiquen más, para que casen con las imágenes, cautiven a nuestros ojos y encuentren el camino del corazón. Y al editar partituras es como si tuviese el poder de dirigir la distribución de la voz, de su timbre y su tono, la ordenación de intensidades y cadencias, la perfecta alternancia rítmica entre sonido y silencio que produce la emoción de la música.

Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can.

Es bueno que el primer encuentro con el espanto de la muerte ocurra cuando se es mayor y el alma tiene suficiente callo para que no hiera tanto. Aun así, a la perplejidad por lo inesperado se suma la evidencia de lo absurdo, y me falta el aire para respirar. Llevo dos horas intentando comprender que esta persona querida con la que paseábamos hace diez días por su ciudad esté a punto de morirse por un tumor cerebral oculto desde Dios sabe cuándo. Contemplo espantada la respiración jadeante con la que su cuerpo fuerte de labrador infatigable (su mente ha quedado repentinamente perdida en un túnel sin señalización) lucha contra lo inexorable. Cuando parece que se aquieta un poco, nos damos cuenta, sin creerlo, de que en realidad se está enlenteciendo hasta desaparecer, llevándose el color de su cara y su vida.

En medio de una pesadilla sin imágenes en la que mi cerebro lleva varios días dándose contra el muro, me pongo una película para evadirme, y resulta ser The Martian  la que consigue arrancarme las lágrimas necesarias para volver a la vida. Parece como si el astronauta Mark Watney (Matt Damon) me estuviera hablando cuando les escribe a sus padres: “Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can” (“Salgo fuera todos los días y contemplo el inmenso horizonte. Precisamente porque puedo”).



Es verdad que, salvo la línea de los tejados de Parquesol desde la biblioteca de La Flecha, me encuentro pocos horizontes inmensos que contemplar cada día. Pero, al menos, los árboles que enmarca mi ventana han recuperado sus colores emocionantes -¿cómo pude verlos en blanco y negro?-; y ayer mismo, ya invierno comenzado, salí con el telescopio y todo el familión a mirar las estrellas de la Noche Buena, aunque por el camino el dolor volviera a llamarme desde una parcela de manzanos en intensivo que parecían crucificados contra las vallas de alambre.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Don Quijote y las mochas (De lo acontecido con el gigante Lactalis y el mago Mondelez)

Homenaje al IV Centenario del Quijote,frente a la
casa natal de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares.
Foto tomada de Wikipedia (Áwá)
¿Podría decirme vuestra merced dónde se halla la plaza de la villa?
Quien con tanto descaro pedía mi ayuda no tenía trazas de haber recebido la orden de caballería, y así estuve tentado de despacharle a su aldea si no me vinieran en aquel punto a la memoria las promesas que había fecho, no tantas horas atrás, de desfazer entuertos, proteger a las viudas y doncellas y asistir a los menesterosos; y caté que, a no confundirme las mientes algún oculto encantamiento, el que ansí preguntaba no distaba mucho de menesteroso. Alceme, pues, la adarga al pecho, empuñé la lanza, ajusteme a la cabeza la media celada encajada en el morrión y nos encaminamos al lugar de la villa donde, sin duda, nuevas aventuras esperábanme que yo pudiera rendir ante la sin par Dulcinea.

Y a fe mía que corto habíame quedado en imaginarlas, pues no hubimos andado más de doscientos pasos cuando llegaron a nuestros oídos las voces de un grande gentío que en la plaza hallárase. Esto agitó mucho los ánimos de mi menesteroso protegido, que en un punto estuvo de dejarme atrás si no espoleara yo a Rocinante y en un suspiro encontráramonos en los soportales. Allí casi dimos de bruces con el regidor de la villa, que, a una con más de treinta veces ciento jornaleros y capataces, proferían grandes maldiciones contra un descomunal gigante llamado Lactalis. Decían de él que era más cruel y soberbio que el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania. Que tenía más brazos que los del gigante Briareo y aún más de sus cincuenta cabezas, cada una de ellas con su nombre pagano y abominable. Y ansí no había manera de asirle, pues hoy presentábase bajo la apariencia del mago francés Presidento, mañana tomaba forma de la doncella Puleva, el tercer día decía ser el infante italiano Galbani, y otros tantos días hacíase llamar Parmalato, Chufi, Lechera, Ram o El Castillo. Hasta en ocasiones tuviera la osadía de pretenderse Gran Capitán. Y era la cuita que, con toda esta superchería, quería llevarse la fresca leche y el muy sabrosísimo queso que en esta ciudad se face, dejando sin trabajo a ochenta y cinco jornaleros. Y a no pocos de ellos, cargados de cadenas, quiéreselos llevar, lejos de sus mujeres e hijos, a otras ciudades y villas donde él mesmo fabrica destos lecheros ungüentos.

Concentración en la Plaza Mayor
antes de comenzar la manifestación
"Ténganse todos –dije al punto a aquellos gentileshombres, jornaleros, capataces, ganaderos, arrieros, físicos, escribanos, arbañires y corchetes, y hasta doncellas y dueñas, que todos habíanse mezclado en la plaza uniendo sus furias-, que sobre este rocín os habla el caballero andante a quien los siglos venideros recordarán por haber dado en tierra con ese gigante Lactalis, con sus burdos encantamientos y con sus  más de cien y cincuenta brazos y cabezas".

A los tocones en mi pueblo les llaman mochas

"Perdone, señora, se le ha caído el libro". Tardé un par de segundos en despertarme y darme cuenta de que estaba en el autobús, con la mochila entre mis pies y el asiento de delante, el casco sobre ella apoyado, y mi cabeza exageradamente ladeada, a punto casi de caerse sobre el hombro del chaval que me miraba con tres cuartos de asombro y un cuarto de sorna mientras me tendía el libro que se me había caído de las manos, el del ingenioso hidalgo.

La culpa de todo la había tenido el casco. Acababa de dejar la bici en el taller y, mientras andaba hacia la parada del autobús, me hizo reír mi propia imagen reflejada en la inmensa luna de una tienda de muebles de cocina: iba yo con el paso decidido, a pesar del peso de la mochila, y con el brazo izquierdo pegado al cuerpo hasta la altura del codo, donde se doblaba hacia delante en ángulo recto para sostener el casco en el antebrazo; como un caballero que fuera a presentar respetos a su rey; o como un Don Quijote -me dije, ahora que lo estoy releyendo- al que le hubieran quitado su Rocinante y tuviera que fiar toda su dignidad al ademán del cuerpo portando lanza, casco y adarga. Y pensé que así se veían los trabajadores de Lauki y de Dulciora, luchando contra sendos gigantes con armas tan poco adecuadas como las de Alonso Quijano. Y esos pensamientos debieron de ser los mimbres del sueño tan peregrino que me tomó posesión apenas acomodarme en el autobús.

 
 

Esta mañana, mientras andaba con los 85 trabajadores -y sus familias y unos pocos más que nos hemos acercado- desde la plaza mayor hasta la fábrica de Lauki junto al Esgueva, pude comprobar que la realidad era un poco distinta de ese sueño (ya me lo había anticipado, al pasar por la plaza de las Cortes, un cielo de colores de circo, con un payaso señalando hacia la luna, que, un poco borracha, se retiraba a su casa a horas poco recomendables). No éramos esas treinta veces ciento, ni estaba el alcalde -ya lo había dicho ayer-, aunque sí concejales y diputados nacionales de todos los partidos.


Al pasar la manifestación por la plaza de San Pablo, la rama caída del cedro del Líbano me volvió a recordar a su compañero de la plaza de San Andrés y a los otros árboles que están en peligro en Valladolid por falta de raíces profundas. Y volví a preguntarme cómo es posible que dos árboles tan enraizados en esta ciudad como Lauki y Dulciora puedan ser talados ante nuestras narices sin que salgamos por miles a la calle a vocear a los que los cortan. Porque no solo los cortan para llevarse sus ramas fértiles a injertarlas en sus otras fábricas, sino que parecen expertos en matar sus raíces para que no puedan retoñar en una presunta competencia. Como estas dos mochas -así llaman en mi pueblo a los tocones- enfrente de mi casa, que cualquier día les grabo con una navaja la florecilla verde de Lauki y el soldadito rojo de Dulciora.

Con la bici en alto: demasiados caídos en monumentos

No me he quedado a recoger los dos litros de leche Gaza que nos iban a regalar por estar en la manifa, ya que me esperaban los 10 kilómetros de vuelta a casa; habían sido 9,4 al venir, pero en el camino inverso la calle de la Estación y de la Vía me pillan en dirección prohibida y tengo que pasar a la calle de la Salud y bordear todo mi antiguo barrio de Pajarillos y parte de Delicias hasta volver por Labradores, Nicolás Salmerón y Panaderos a enganchar con el mismo itinerario cerca de la estación Gourmet. Me ha dado todo el tiempo del mundo para ir memorizando las mil marcas aglutinadas por Lactalis y Mondelez, a las que pienso esquivar en los supermercados -no es nada personal, solo son negocios-, que no será cuestión de enfrentarse como un quijote contra los gigantes de la globalización, pero sí de hacer uso responsable de la libertad en la que se basa.


El único elemento nuevo en el camino -aparte de disfrutar de la bici recién puesta a punto, que marcha como la seda- es, desde la vuelta de vacaciones, el monumento de la bici en alto, ese que acaban de inaugurar hace tres domingos en el cruce de la avenida de Salamanca con la de Zamora o ronda interior sur. El primer día le hice unas fotos para acordarme de los compañeros atropellados a los que se les dedica: Jesús Negro (25 de febrero de 2016); María García (22 de septiembre de 2013); Sergio y Diego García (28 de julio de 2013); Miguel Ángel Fraile-"Minuto" (1 de septiembre de 2012) y José Luis Delgado (22 de abril de 2006). Pero no puedo remediar, al pasar a su lado cada día, pensar que ojalá no existiera, porque esos seis ciclistas deberían seguir chospando por las carreteras y los caminos en lugar de ser carne de monumento. Como Lauki y como Dulciora.

viernes, 15 de julio de 2016

Renacimiento, agua y árboles sin raíces

Las mujeres renacentistas fijo que no hubieran podido andar en bici. No había más que mirar el volumen de los vestidos, las enaguas fruncidas y los tocados para el pelo que acababan de quitarse en una sala del palacio de Pimentel todas las mujeres que habían participado en la comitiva del bautizo de Felipe II dentro de los actos del Festival Renacentista "El esplendor de la Corte en Valladolid".



Aunque también es cierto que cualquiera de esas mujeres renacentistas hubiera pasado esa noche mucho menos frío que la maruja ciclista que, una vez regresada a su siglo XXI, con las exiguas ropas propias del verano que se había presentado en Pucela a primeros de junio, montó rauda en su Orbea para llegar a tiempo al concierto In Fémina: Amor y música en la época de Cervantes. Con tanto coser disfraz y tanto ensayo, no había tenido tiempo de consultar el parte meteorológico, así que se sentó, con su camisita y su canesú, en una de las sillas dispuestas en el Patio de los Reyes del Museo de Arte Contemporáneo.

https://www.youtube.com/watch?v=bJNVa7CiW-4

Allí, mientras el viento gélido del norte iba tomando posesión de la juntura de sus huesos, de la juntura de sus pensamientos se adueñaba el hechizo de la música antigua. Brotaba, mágica, de unas pocas gargantas (creía haber contado apenas doce o trece), tomaba impulso en los tambores de Yonder Rodríguez para elevarse por los pilares y muros del claustro, y se expandía por el aire como llovizna de melancolía en unos momentos, de burla en otros, de alegría de vivir y beber a ratos; de emoción todo el tiempo.

Agua y fuego por las esquinas de la ciudad

Unas gotas de esa lluvia de música se quedaron pegadas en los pedales, en el sillín, en la barra y hasta en los radios de su bici (esa debe de ser la razón por la que no la limpia, ja!). Eran las correspondientes a un dueto de impresionante belleza de las sopranos Verónica Rioja y Saray Prados. Sentadas en el escenario, cantaban sobre el amor mientras sus manos jugaban con el agua en un recipiente antiguo de zinc: "Ojos negros que os miráis / en el cristal de Jarama (...)  apartad de su corriente / ese fuego que me abrasa, / y donde agora se mira / haced que se mire el alma".

Y el alma se fue mirando: en el agua limpia que se había escapado de alguna conducción y que la esperaba aquella mañana en el carril bici al salir del trabajo. Parece -se dijo- como si el agua que tan abundante corre por Valladolid -por el medio, por debajo y a los lados; de ríos y manantiales- no se resignase a ser encauzada ni encerrada por arcas, canales, ni por anillos, y estuviera siempre pugnando por salir a ser libre. Ahora entendía las mil y una roturas de tuberías que cada mes acudían con puntualidad a las páginas de los periódicos a pesar de las millonarias intervenciones en el Anillo 1000.

Rubén Ojeda, Wikimedia Commons
Licencia CC-BY-SA 4.0

Y se miraba el alma: en los incendios que tontamente se producían en la ciudad, ya fuera por las pelusas de los chopos americanos -que se están sustituyendo, así que cuando ella ya estuviese muerta sus nietos podrían andar en bici sin atragantarse en primavera- o por la basura en Villa Julia, ese bonito edificio de la calle Zúñiga que alguien pensó en rescatar como centro comercial cuando ya a la ciudad le salían los centros comerciales por las orejas de unos ciudadanos que no llegaban a fin de mes. Y cruzó los dedos por que en agosto no llegasen a bosques y pueblos los fuegos de verdad.

Árboles y raíces

Y el alma torció un poco el cuello para poder mirarse en el cedro de la plaza de San Andrés, frondoso como su tocayo del Líbano pero escorado como el borracho que se apoya en la farola (justo el pie de una farola parece el rodrigón metálico que le han puesto para que no se caiga contra la torre de la iglesia). Según dicen los expertos, la culpa la tiene ese agua, tan abundante y tan a mano, que hace que muchos árboles urbanos no ahonden sus raíces, sino que se les vaya la fuerza por la copa, lujosa y fantasmona, pero vulnerable al primer viento.

Cedro de la plaza de San Andrés

Grupo Bioforge de la Universidad de Valladolid
(foto tomada de su web)
Asombrada por esa semejanza de los árboles con los humanos, se dijo que el Grupo Bioforge de José Carlos Rodríguez Cabello no tenía ese problema; al contrario, era como la encina, dura y leñosa, con raíces profundas y fruto cada vez más potente. En esta ocasión, se encuentran en el tramo final del proyecto AngiomatTrain (2013-2017), diseñando nuevos materiales capaces de inducir la generación de nuevos vasos sanguíneos que puedan devolver el suministro sanguíneo, y por tanto su función, a los tejidos dañados por la isquemia -por ejemplo, por un infarto de miocardio, un accidente cerebrovascular o una colitis isquémica-.

Escuela Internacional de Cocina
Universidad europea Miguel de Cervantes. Foto: Vallafotos, Wikipedia

Sin embargo, esta misma similitud la llevaba a interrogarse por la naturaleza de otros dos árboles educativos de Valladolid: la Escuela Internacional de Cocina, que en estos últimos días respira aliviada por el acuerdo de la Cámara de Comercio con la Consejería de Economía para refinanciar el pago de la deuda de su construcción -que había llegado a poner en peligro su supervivencia- y que desde el primer momento de su creación exhibió el follaje de sus cursos cortos y jornadas con estrellas internacionales, pero de la que nunca se supo hasta dónde llegaban las raíces de una formación estable sólida -en el replanteamiento de su actividad que este acuerdo significa tiene una nueva oportunidad-. Y la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que el sábado 4 de junio celebraba la graduación de unos 250 alumnos (261 según el titular de la nota de prensa de la propia UEMC; 245 si se sumaba el desglose por titulaciones; 263 sumando a los 18 de la universidad de la experiencia de las dos Medinas), que, ataviados con las becas de los colores de sus titulaciones, sí parecían frondosas ramas y flores, algo más exiguas que en años anteriores, lo que hacía preguntarse si en este tiempo de crisis y escaseces estarán sabiendo encontrar el camino de las raíces hacia algún filón de agua profunda.

El agua en el que el alma no quería mirarse -tenía miedo de encontrarse con el viejo monstruo de la avaricia- era el que reflejaba los árboles de Lauki y de Dulciora, que estaban siendo talados delante de nuestras narices... y de nuestra impotencia.