miércoles, 18 de septiembre de 2019

Cerrando paréntesis (IV) Entre la luna y el silencio: como si fuéramos nosotros mismos


Es casi el atardecer, y la gente que hace un rato surcaba los arcenes de la carretera de mi pueblo se ha recogido a sus casas -los de cena temprana- o al bar a comentar los cotilleos de la jornada o los resultados del fútbol. Me encuentro con un par de rezagados que no llegan a alterar este silencio misterioso y subyugante que, aliado con la luz caliente que acompaña el descenso del sol, produce una emoción muy cercana a la felicidad. No sé por qué, pero es solo en estos últimos días de agosto cuando cambio el horario de mi bici, y vuelvo a sorprenderme de la magia. Como si no me hubiera sorprendido el año pasado. Y el anterior.

Pero es una magia traicionera, que arrebata el ánimo, lo levanta hasta el firmamento y lo deja allí, suspenso en la contemplación, mientras el aire del horizonte va cambiando de colores hasta perderse en la oscuridad. Sin darnos cuenta de su ausencia, seguimos la rutina hasta que, de nuevo a la luz blanca de la luna, con la vía láctea guiando nuestros pasos por esos mismos arcenes, de repente vuelve el alma, rota en fuegos artificiales fríos, en minúsculas estrellas fugaces en forma de interrogante que se van posando en la cabeza y en el corazón: ¿quién eres?, ¿de verdad piensas como dices?, ¿hasta cuándo durará esta tierra para recibir la luz de las estrellas que ahora miras y que quizás ya no son?, ¿hacia dónde vas?

Ernesto Pérez Calvo y El gran teatro del mundo

Es una noche de agosto -el mes barroco de Lerma- de 2018. Ernesto Pérez Calvo, director del grupo de teatro La Hormiga -y de tantos otros grupos de teatro desde hace más de cuarenta años-, introduce la representación de El gran teatro del mundo explicando que han tenido una baja de última hora: su principal actriz (la que encarna al personaje El Mundo) ha sufrido una enfermedad de garganta que le impide representar su papel en el estreno. Y han tenido que echar mano de otra estupenda actriz, que, sin embargo, no ha tenido tiempo material de aprenderse todo el libreto de su personaje, así que su representación -avisa el presentador, y pide por ello disculpas- va a tener algunos momentos de teatro leído.

Actores del Grupo de Teatro La Hormiga en El gran teatro del mundo
(Fotografía tomada de la web del grupo de teatro)
Mientras los actores del escenario nos hacen vivir una vez más los pensamientos de Calderón de la Barca -incluida la actriz suplente, de la que nadie habría podido distinguir cuándo leía y cuándo recitaba de memoria, porque la fuerza de su expresión hacía sobrar cualquier gesto, movimiento o vestuario-, una parte de mi cabeza y de mi corazón emigran, al conjuro de esas dos palabras, “teatro leído”, al principio de mi vida consciente, de mi vida elegida; a un tiempo tan antiguo que me hace dudar de si realmente lo he vivido o lo habré leído en algún libro o visto en alguna película de blanco y negro y hecho mío. Quizás en el conjuro ha intervenido también el letrero de este edificio (escuela de niñas) por el que hemos pasado al venir a la función.



Como si fuéramos nosotros mismos

Finales de los años sesenta y principios de los setenta. Algunos días de la semana, a la salida del colegio, íbamos a aprender a bailar jotas al hogar de la Sección Femenina (todas las profesoras de Gimnasia, Política y Labores tenían que ser de la Sección Femenina), casa destartalada y misteriosa cerca de la plaza del Cordón de Burgos, con escalera antigua y balaustrada de madera -donde dice “antigua”, léase vieja y sin barnizar-; con un taller de zapatero en un rincón del portal, donde aplicaba tacones, tapas y medias suelas a los zapatos (poco después llegarían los “filis”); con pasillos interminables y habitaciones deshabitadas cuyos armarios y baúles estaban repletos de disfraces; de allí sacamos aquellas faldas plisadas grises, con una banda roja a la cintura como toda nota de alegría y de color –la verdad es que color y alegría, rayana en la locura, teníamos ya nosotras al natural, todas risas y subversión desternillada de los trece y catorce años- para ir a bailar danzas regionales a Zaragoza.

Pero también en esos armarios y baúles encontramos cantidad de libretos teatrales (Lorca, Buero Vallejo, Alejandro Casona...), y cambiamos las risas y el sudor de las jotas por los ensayos y actuaciones de teatro leído. Las actrices -todas éramos chicas, por supuesto-, uniformadas con falda y polo de cuello alto para hacernos todo lo invisibles que se pudiera, nos sentábamos detrás de una mesa en la que solo estaba el libreto, una lamparita para poder leer en un salón de actos casi a oscuras, y una cartulina delante de cada una con el nombre del personaje al que dábamos vida con solo la palabra. Qué concentración y qué sensación de dominio al hacernos otro y lograr que los espectadores vieran a ese otro y vivieran su vida. ¡Qué emocionante descubrimiento del poder de la palabra!

Vía Láctea (imagen tomada de Wikipedia. Autor: Digital Sky LLC)
Esta noche, a la luz de la luna y de la vía láctea, he sabido qué contestar al sirimiri de estrellas interrogantes: quizá solo somos ese intento de declamar bien el guion que nos han adjudicado (¿o que hemos elegido?) a última hora, sin tiempo para aprenderlo de memoria. Pero es la vida que tenemos, y aquí estamos, leyendo lo mejor que podemos. Como si fuéramos nosotros mismos.

Mañana lo haremos mejor, nos decimos...

Estatua de la princesa Kristina
Foto tomada de Wikipedia. Autor: Ecelan
Es una noche de agosto -el mes barroco de Lerma- de 2019. Después de recorrer las Edades del Hombre entre ángeles de la guarda, arcángeles, querubines y serafines -y también ángeles caídos-; después de rendir tributo a la princesa Kristina de Noruega en Covarrubias y de escuchar a los monjes de Silos, estamos de nuevo en la villa ducal participando en una algarabía que se llama “visita teatralizada”; el número de participantes la hace ingobernable, a pesar de que los cinco actores-guías pringan a buen número de extras entre el público: a uno le hacen obispo; a otras, novicias que cantan en un coro; a la mayoría de hombres les ponen una gola al cuello, y a las mujeres un pañuelito enganchado al meñique para emparejarse en una danza cortesana. Así intentan que nos enteremos de quién fue el Duque de Lerma, de las andanzas del Cura Merino y de la vinculación del vallisoletano José Zorrilla con esta noble villa del sur de Burgos. Y, de paso, nos evitan tener que dar explicaciones esta noche a las estrellas preguntonas de la vía láctea en nuestro paseo solitario de medianoche por unos arcenes, ya palentinos, treinta kilómetros más al suroeste. Porque ya es más de medianoche.

Aunque bien es cierto que los interrogantes de este verano no los plantean las estrellas titilantes: vienen de Lampedusa en fragata después de un mes largo embarrancados en la pantalla de nuestro cuarto de estar. Así que, de día y de noche, con estrellas o con nubes, voy rumiando al compás de los pedales: ¿cuál es la solución más sensata para la inmigración? ¿Qué hubiéramos hecho nosotros si hubiéramos nacido en países africanos en guerra? ¿O en Siria? ¿Hasta dónde se debe ser realista y hasta dónde idealista? Y andamos a tientas, buscando un autor sabio que nos pergeñe un personaje digno con un guion que podamos leer con donaire... como si fuéramos nosotros mismos.

... para lo mismo responder mañana

Es una noche de mediados de septiembre. Al final de una jornada de trabajo, casi olvidadas las vacaciones, ya no surcamos arcenes bajo las estrellas, sino paseos urbanos bajo las nubes -no se atreve a salir la luna, ni las estrellas, de luto por los destrozos de la gota fría-. Y la pregunta ya no es solo cuál sea la solución mejor para frenar o mitigar el cambio climático, sino también cómo es posible que lo estemos haciendo tan mal y que no seamos capaces de dar el brazo a torcer. Así que escudriñamos la oscuridad por si avistásemos a alguno de los ángeles de la exposición lermeña; ángeles de la guarda o arcángeles como el San Rafael de Tobías, que nos presten luz y ánimo suficientes para atrevernos a musitar "mañana lo haré un poco mejor". Aunque sea "para lo mismo responder mañana" (Lope de Vega dixit).

viernes, 23 de agosto de 2019

Cerrando paréntesis (III): murió la Verdad... y la Justicia solloza sin consuelo


Meridiano de Greenwich en la A-2.
Foto tomada de Wikimedia. Autor: Meiga72
Sujetó la bici en la farola más próxima a su mesa de la terraza del bar, abrió el periódico y se encontró un remedo de la novela de Lorenzo Silva que estaba leyendo (La marca del Meridiano, que había tardado dos años en empezar a leerla porque recelaba de su evidente oportunismo político, aunque fuera con ese ángulo buenista que tanta falta hacía entre Madrid y Barcelona): ahí estaban, en la portada, un brigada, un sargento y un coronel de la Benemérita investigados por hacer negocios con los recursos materiales de la Guardia Civil en lugar de dedicarse, como el Bevilacqua, a pillar a los malos para que no tengan tan fácil hacer de las suyas.

Siempre le había asombrado esa aplicación mental de telepatía -mucho mejor que cualquier app de los móviles- que, sin ella quererlo, sincronizaba sus lecturas con la vida. No solo por esta coincidencia del periódico de hoy, sino que justo el día en que empezó a leer la novela de Silva un periódico le ofreció la contrapartida real y amarga a la tesis-deseo de Lorenzo el Conciliador: el Rey no había entregado los despachos a la nueva promoción de jueces (mayoría abrumadora de mujeres) en Barcelona, como siempre, sino que habían trasladado el acto a Madrid. No es que las cosas estuvieran como para que Felipe VI se paseara por las Ramblas, pero tampoco sus señorías de Cataluña estaban como para que se les negase el calor y el apoyo de la Corona (del Estado) en el mismo espacio en el que ellas tienen que defender la ley y la justicia en medio de escupitajos, desprecios y acosos.

Dulce decadencia (¿complacencia?) de una sociedad feliz

Catálogo de la exposición
No le dio tiempo a pensar más. Llegaron los amigos con quienes había quedado para ver Cataluña en el corazón de Castilla y León, enésimo capítulo de esa telepatía rampante, casual y contradictoria, en la que les dio la bienvenida una hermosa y gigante fotografía de la Nau Gaudí de Mataró. A partir de ahí, la exposición, como ocurre en todos los grandes anuncios de Bassat, fue como si los elfos les prestaran unas bayetas para caminar de nube en nube, sin mancharlas de realidad sórdida, contemplando un mundo de casitas naíf, como las de El ladrón de bicicletas -días después descubriría la presencia de las bicis en la pintura de Didier Lourenço-, en el que las familias cenan en la azotea en las noches de verano y los domingos a media mañana se encuentran desayunando en el SandwiChez; en el que los artistas reconocen a sus mecenas -tímidamente Lluis Barba, en su recreación de El Tacto de Brueghel, y a pleno pulmón Ricard Jordá en El regreso de los Bassat, aludiendo al libro de Vicenç Villatoro- y se suman a la noble causa del canto a la identidad dorada. Incluso la obra de Gino Rubert (Triangle on golden bed), artista cuyas pinturas sirvieron de portada a los inquietantes y sangrientos libros de la trilogía Millennium de Stieg Larsson, parecía en esta ocasión la narración aséptica del vicio pacífico y civilizado -deseo y odio, envidia y dominio, pero todo dentro de un orden impoluto- propio de una sociedad feliz, dulcemente decadente.

El ladrón de bicicletas. Didier Lourenço. Foto tomada de la web de la Fundación Villalar

Triangle on golden bed. Gino Rubert. Foto tomada de la web de la Fundación Villalar
A la salida de la exposición, su cerebro y sus ojos retenían la doble imagen del color negro jugando con la luz en Menina y Manola, de Perecoll, dos mujeres a las que cabría entender de mil maneras según el ángulo que se eligiese para contemplarlas.

Pasaron cuatro meses y olvidó a la guardia civil, a los pintores y mecenas catalanes y, casi, a los jueces desamparados del nordeste español.

Las mujeres de Goya

Ató la bici al tótem señalizador de la sala Pasión, entró en la sala, declamó el código postal en el mostrador de recepción y comenzó a leer el folleto de la exposición intentando ignorar la crecientemente aberrante separación de sílabas del texto: "Luci-entes”, “real-izó”, “Gen-eral”, “situ-ación” “mae-stro”... y así hasta ciento; daba la impresión de que estos folletos se hicieran con un programa de maquetación reñido con cualquier diccionario español; y que nadie se molestase en echarles un ojo y corregirlos. Se centró en los grabados, luchando por encontrar el ángulo imposible en el que las luces de la sala no hicieran reflejos en los cristales de los grabados de Goya, de pequeño formato, que resultaban realmente difíciles de contemplar: de cerca por los reflejos, de lejos por el tamaño.

Murió la verdad...

Pero ella estaba dispuesta a saber lo que Goya pensaba de las mujeres –y, sobre todo, cómo lo dibujaba-, y esas minucias de inconvenientes no lo iban a impedir. ¡Y vaya si pudo enterarse! Por si los grabados y sus títulos no fueran suficientemente explícitos, los acompañaban sendos comentarios que explicaban el significado de cada escena en su contexto: mujeres insensatas que entregan su mano a cualquiera pensando que casadas tendrán más libertad; familias pobres que sacrifican a sus hijas jóvenes y hermosas, casándolas con viejos ricos jorobados, para salir ellos de la pobreza; alcahuetas que simulan rezar el rosario mientras se ríen del incauto que ha caído en las redes; prostitutas que despluman a los ricos y luego los echan a escobazos; jueces que, en connivencia con los escribanos, viven de desplumar a las putas –a las pobres, claro, las ricas hacen lo que les da la gana-; bella bailarina que es asediada por nubarrones de avetuchos y no se librará de caer en manos de alguno de ellos; clérigos que pagan a gañanes para que secuestren a sus queridas; mujeres ricas que emplean a las mendigas de las puertas de las iglesias para enviar recados a sus amantes; mozas incautas que van a la cárcel tras quedar preñadas por su sensibilidad natural...


Mil facetas de un engranaje de sometimiento de la mujer, ya sea por el matrimonio o por la prostitución, en medio de una corrupción y de una hipocresía generalizadas; engranaje del que no se puede escapar y en el que las propias mujeres tienen un papel activo al transmutarse en alcahuetas. Todo ello lo resumía perfectamente una frase del crítico Robert Rosenblum reproducida en la pared derecha de la sala: “A partir de los Caprichos, Goya sugiere la gradual extinción de la era de las luces por la era de la oscuridad”.

... y la justicia solloza sin consuelo

En la segunda planta de la exposición, los aguafuertes cambian de tema: ahora la mujer, en “Los desastres de la guerra”, aparece como heroína aguerrida y protagonista de las acciones bélicas; y, en los “Disparates”, envalentonada con un corro de amigas, mantea a un hombre burlándose del poder machista figurado en un burro.

Por un momento, pensó que Goya se sumaba al canto a la violencia como único medio para salir de la oscuridad y la corrupción -canto en el que a veces han venido a coincidir anarquistas y fascistas partiendo de ángulos opuestos-, pero rápidamente una imagen gigante en la pared del fondo vino a sacarla de su engaño: Murió la Verdad... “y la Justicia solloza sin consuelo”, añade un comentario junto al grabado en el que una mujer (la Verdad) yace muerta en primer plano, y junto a ella otra mujer (la Justicia) llora su pérdida, mientras ríen los poderosos que las rodean.


Buscando consuelo salía de la exposición. “Menos mal que las cosas han cambiado muchísimo”, se decía, entonando numerosísimos ejemplos en su mente al ritmo de los pedales: las mujeres ya no necesitan de permisos de padres ni maridos para decidir su vida; se va avanzando en la conciliación; estamos un poco en lo de la brecha salarial -ella, como era funcionaria, ni la sufría-; en España ya hay más mujeres médicas que sus colegas masculinos; y más juezas -aunque manden menos en el poder judicial-; cada vez más maridos limpian algo más que el coche; algunos hasta planchan...

¡Ja!, que te lo has creído. Un titular descarado vino a interrumpir sin contemplaciones esa letanía de optimismo poco convencido. “De Cáritas al prostíbulo: las barbaridades del mayor caso de proxenetismo en España” narraba con todo detalle una historia espeluznante de los últimos años, que no acaba de resolverse: el trajín de un cabo de la Guardia Civil de Lugo (para mayor rechifla, del equipo de Mujer y Menor) junto con proxenetas de la zona, que traficaban con chicas y las cambiaban de un prostíbulo a otro -del que no pagaba mordida al que sí cumplía con los capos-, pasándolas por Cáritas para simular que las liberaban de esa vida de esclavitud sexual. Y, para colmo, desde el poder judicial le buscan las cosquillas a la juez que está logrando desenmarañar el contubernio.

Se dio cuenta de que este reportaje era la pieza que faltaba en ese círculo de telepatía: el paréntesis que se había abierto con los guardias civiles buenos de Lorenzo Silva y las pinturas hermanadoras de Luis Bassat se cerraba ahora de un portazo con la historia de un guardia civil nada bueno y con el desgarro de Goya retratando cómo sufren las mujeres cuando se maltrata a sus dos defensoras más importantes: la Verdad y la Justicia. También en Lugo. ¿También en medio de las risas de algunos poderosos?

lunes, 22 de julio de 2019

Cerrando paréntesis (II): “Espejito, espejito...”

Capilla ardiente de José Zorrilla en el salón de actos de la
Real Academia. Dibujo: Juan Comba García
Lo recuerdo perfectamente. Andaba yo un poco enfurruñada porque no había podido asistir al homenaje que se tributó a Zorrilla en el cementerio con motivo del 125 aniversario de su muerte. Y esas historias siempre son buen destino para el paseo a pedales de un sábado por la mañana: basta con desplazarse unos kilometrillos y ponerse en manos de un grupo de gente que sigue con fruición sus chifladuras particulares y que son capaces, con ayuda de unas vestimentas singulares y unas pocas palabras, de sumergirse y sumergirnos en tiempos remotos llenos de poesía. Hasta logran que miremos con otros ojos a las personas que han asistido, a muchos de los cuales estamos aburridos de encontrárnoslos en otros ámbitos sin prestarles demasiada atención. Es la magia del teatro llevada a la calle –al cementerio, en ese día-.

Espejo y flor de Cardesse. Cuadro de Ramón Gaya
en una exposición en la sala Pasión de Valladolid 
Quizás ese malhumor y esa falta de catarsis teatral explicase por qué me caía todo tan mal en esa temporada: se daba a conocer una encuesta encargada por el grupo municipal socialista del Ayuntamiento de Valladolid, y a mí me sonaba a “gracias a que yo, tan guapo y tan listo (quizás soy un príncipe o un dentisto), soy el alcalde, los vallisoletanos son más felices, vienen más turistas, ya no se rompen tuberías del anillo mil, el tráfico va más fluido y todos comprenden que el soterramiento era un sueño imposible y que mucho mejor los siete túneles”, cuando, en realidad, él solo quería contrarrestar el posible borrón pesimista que expandían las encuestas del día anterior, en las que se ponía en duda que revalidase mandato en 2019; pretendía yo pensar en otras cosas, y ahí estaba, en el titular de cada mañana, el recordatorio constante de otro espejo muchísimo peor por deforme: las piruetas sin vergüenza del fugado del nordeste para intentar ser investido presidente de la Generalitat y así seguir gobernando desde el exterior una república que no existe pero que él dejaría patente ante "su" Europa que sí existía.

Cuadro de Renato Costa en la exposición Inkless.
Foto tomada de la web de la galería Javier Silva
Por si fuera poco, y mientras la triste música de fondo para ese final de invierno era la desesperada búsqueda de Gabriel, el niño de Níjar, la galería Silva se me apareció, como otras veces, en mi trayecto por la plaza de San Juan; y allí estaba Renato Costa, con su Inkless, proclamando en blues la insostenibilidad del sistema y el agotamiento de las utopías. Sus derrotados yacentes, casi indiscernibles del fondo azul de sus paisajes (montañas como hechas de papel azul estrujado), me recordaban las sombras que Ada Monroe veía, en Cold Mountain, en el espejo proyectado sobre el pozo de Esco y Sally Swanger, augurando los peores presagios para Inman, su amor, que estaba lejos, luchando en la guerra de secesión norteamericana.

Es cierto que, como siempre, me consolaba con las noticias sobre ciencia y sobre literatura, que en Valladolid suelen dar bastantes alegrías: ahí estaban Germán Delibes, Manuel Rojo y Elisa Guerra participando en el mayor estudio realizado en el mundo sobre ADN antiguo; ahí, en el País Vasco, estaba la vallisoletana Catalina Requejo manejando proteínas para regenerar células de los enfermos de Parkinson; y, en literatura, ahí estaba Fernando del Val, poeta y ensayista vallisoletano que acababa de recibir el premio El Ojo Crítico de RNE por su libro Los años aurorales, renegando de la mediocridad, del amaño de los premios y del bobismo (y bobisma) que abunda por doquier.

Sin embargo, hasta ese consuelo vino a agriarse con la noticia de la detención de Almudena Ramón, acusada de estafar a enfermos parapléjicos.

Y ahí quedó abierto el paréntesis de tristeza, o de desaliento, o de hastío, esperando... ¿qué?

Encontrar el ángulo y el impulso

Ha pasado más de un año y ya ni me acordaba de aquello (hasta hace un rato). Como todas las mañanas, tuerzo a mi izquierda, cruzo la carretera y me incorporo a la plaza; ahí es donde pensaba apretar el ritmo de la pedalada para dar el esprint final y llegar veinte segundos menos tarde al trabajo. Pero no había calculado la fuerza del viento, que me llegaba por la izquierda y que ahora tengo de frente, así que a duras penas logro conservar la mitad del empuje que traía, y eso a base de ponerme de pie en los pedales y aprovechar toda la fuerza del cuerpo para impulsar las piernas.


A la hora del almuerzo me doy cuenta de que tampoco había calculado la fuerza del viento del aburrimiento político, que sigue soplando fuerte desde las páginas de los periódicos. El de hoy, por ejemplo, ha irrumpido con una entrevista al alcalde de Valladolid, que acaba de revalidar su mandato, y comienza con las palabras "Óscar Puente vuelve a ponerse ante el espejo", haciendo referencia a otra entrevista de 2015 con el mismo tema: “El alcalde se mira al espejo”. Inmediatamente me ha evocado las sensaciones del año pasado -¿tendrían razón entonces mis pensamientos picajosos sobre el narcisismo de los políticos?-, y más cuando sigue coincidiendo cronológicamente (como el eterno día de la marmota) con las mismas maniobras del mismo prófugo del año pasado, en esta ocasión para ser eurodiputado.

Exposición Una jaula salió en busca de un pájaro,
de Jesús Capa en el Museo Patio Herreriano.
Foto tomada de la web del Museo Patio Herreriano
Me encuentro justo como esos pardillos que han estado estos días dentro de las jaulas de Jesús Capa en el Patio Herreriano; como ese hombre que comienza a subir la escalera a ninguna parte sin fuerzas y sin esperanza. Atrapado por una jaula que salió a buscarle. Esa jaula en la que nos vocean cada mañana y cada tarde en qué tenemos que pensar, qué importa hoy aunque ayer no importaba nada y mañana será eclipsado por otro tema fugaz presentado como la cuestión inexorable del momento. Aunque no, pienso que no me falta la esperanza. Solo el ángulo y el impulso; la alegría en la cara de un viento que despeje pero no ahogue ni tumbe. El ángulo del sol para que me descubra las cosas bellas con las que me cruzo sin cegarme por el contraluz.

Y ya sé también por qué me gustan tanto las noticias de ciencia, como esta de un grupo de ingenieros químicos de la Universidad de Valladolid que han conseguido transformar unos residuos de cerveza en un carburante renovable con características similares a la gasolina: porque son como Ruby en Cold Mountain, que logra empujar a Ada Monroe para sacar lo mejor de sus tierras y sobrevivir mientras espera sin esperanza por el negro presagio.

Grupo de investigación de Tecnología de Procesos Químicos y Bioquímicos,
de la Universidad de Valladolid (foto tomada de la web de la UVa)
Porque quizás la vida misma –pienso esta noche mientras levanto la vista del manillar  y de los veinte metros de carretera delante de mí para contemplar la luna en cuarto menguante pero crecientemente brillante- no sea más que eso: contemplar la inmensa belleza con la que otros han ido sembrando nuestro mundo, e ir mejorándolo un poco mientras se aproxima el augurado desastre. Que quizás, como ocurre en la película, sea diferente al reflejado en las aguas del negro espejo del pozo y lleve en sí mismo el germen de la esperanza.

miércoles, 3 de julio de 2019

Cerrando paréntesis

Aprovecho el paréntesis del almuerzo en el trabajo para acercarme de cuatro pedaladas a cantar en la Misa de las fiestas de San Antonio en La Flecha. Me llama la atención ver a los jóvenes reyes y reinas de las fiestas, con sus trajes coloridos, sus bandas de honor y sus tiaras relumbrantes, relegados a la tercera fila por culpa de una superpoblación piadosa de políticos en las dos primeras -echo en falta con nostalgia a una señora muy mayor que en la iglesia vieja de La Flecha empujaba con el trasero a los concejales que en esta fiesta osaban ocupar su asiento junto al pasillo central en la segunda fila, ganado a base de veteranía y constancia-. Allí están todos los ediles: los que lo son por dos días más y los que lo serán a partir del sábado 15 de junio; unos, cerrando el paréntesis de su mandato, y otros abriéndolo, mientras la gente del pueblo (La Flecha y la antigua vaquería de Arroyo son los dos únicos trozos de pueblo pueblo en este municipio de la Encomienda hecho de urbanizaciones y cosido por autovías y puentes) inicia la procesión del santo de los pajaritos al son de la canción de sus milagros que popularizó el Nuevo Mester de Juglaría.

Acompañada por una urraca y un mirlo, inicio el pedaleo de vuelta para cerrar rápidamente este paréntesis tan descaradamente ampliado del almuerzo, que se perdona por ocurrir una vez al año y estar mi pueblo tan cercano a mi oficina.

Tanta vida entre dos números de cuatro cifras separados por un guion

Sí, ya sé que estoy abusando de la palabra que da título a esta entrada, pero a cualquiera le pasaría lo mismo si llevara más de un mes buscando datos para rellenar los paréntesis que según la directora de nuestro coro deben acompañar, en toda partitura y en todo programa de concierto que se precie, al nombre del compositor, letrista y armonizador de cada canción, expresando los años en los que vivieron. Para un repertorio de 323 canciones, esa empresa se empieza como un mero pasatiempo aritmético, o como un tres en raya, o como el juego de los barcos, o como una colección de cromos (ya me quedan pocos huecos por cubrir en el álbum), pero de repente se convierte en una expedición espeleológica por la vida de los autores, con simas de inmensa belleza que la muerte selló y que ahora, al destaparlas para investigar en sus coordenadas temporales, impregnan las canciones a datar con el sabor de sus vidas. Para siempre.

Leonard Cohen, McLarenvale, South Australia, enero 2009
Foto tomada de Wikipedia. Autor: Stefan Karpiniec.

Para siempre quedará el Hallelujah que cantamos de Leonard Cohen unido a su discurso en Oviedo al recibir el Premio Príncipe de Asturias, en el que nos regaló la historia de aquel chico español al que el compositor encontró en Montreal, al que le pidió clases particulares de guitarra justo antes de que el muchacho cerrara bruscamente el paréntesis de la propia vida, y del que Cohen aprendió los acordes que fueron el germen de su éxito durante toda su vida. Cinco años después de contarnos esa historia que a todos nos hizo llorar de emoción y gratitud, también el paréntesis de Cohen se cerraba, sellando el tesoro al que millones de personas de todo el mundo acudimos de vez en cuando en busca de belleza y calor.

Alejandro Yagüe se empeñó en ser de Burgos a pesar del viejo caciquismo

Para siempre estará el Gaudeamus Igitur que canta nuestro coro en las aperturas de curso y en las graduaciones universitarias (casi todos los demás coros cantan la armonización de Casulleras) unido al nombre y a la memoria del compositor burgalés Alejandro Yagüe, que tuvo que triunfar en Suiza, Italia y Alemania para que su ciudad –la mía- se enterase de quién era ese genio musical que tanto la quería aunque su caciquismo antiguo tan mal le hubiera tratado.

Cartel del último homenaje
a Alejandro Yagüe en Burgos

Para siempre, aunque los datos concretos se me olviden, los paréntesis que he colocado en estos días me recordarán, al cantar cada canción, al poeta argentino de Viene clareando; al folclorista cántabro que Franco tuvo en la cárcel mientras componía Date la vuelta; al fraile cubano de la Salle que incorporaba ritmos folclóricos cubanos a la liturgia católica, y cuyos villancicos nos envidian por inéditos en España; al anciano director noruego de ese Laudate tan magnífico; al joven compositor sueco de las Cuatro sentencias latinas; y al menos joven organista sueco compositor de un Psalmus CXX tan misterioso y subyugante (me acabo de dar cuenta de que casi toda la música sacra o culta que cantamos está compuesta por escandinavos de finales del XX y principios del XXI); al compositor catalán de sardanas que de repente puso música a los Nocturnos de la Ventana de Lorca... y al letrista de Unchained melody, Hy Zaret (en realidad Hyman Harry Zaritsky), hijo de emigrantes rusos a Nueva York, que en 1954, cuando su amigo Alex North le encargó componer la letra para esta canción, aceptó muy a regañadientes porque en ese momento estaba supervisando la pintura de su casa. No sospechaba, en esas noches en las que a deshoras realizó el encargo, que acababa de escribir la canción de la que más versiones se harían (más de 500 por los cantantes más famosos del mundo) en los siguientes sesenta años. También de Hy Zaret es la letra de The Partisan que así cantarían Leonard Cohen y Joan Baez.

El PSOE de Valladolid y yo, evadidos de la realidad

Cuando me embarco en una empresa compiladora, como esta de los paréntesis, quedo abducida en una realidad paralela, y de nada sirve que se celebren elecciones generales ni autonómicas, que mi reino no es de este mundo. Sí, voto, pero le presto a ese deber la atención mínima necesaria, como a una mosca molesta, para que pase cuanto antes. Hasta que algo me despierta.

Me despertó el 12 de junio la web del PSOE de Valladolid. Había leído en los periódicos que Óscar Puente se había mosqueado con VTLP y pensaba gobernar solo, así que inmediatamente acudí a la web del partido para intentar descubrir quién era ese superman llamado Pedro Herrero con el que el alcalde, además de encargarle otras cuantas concejalías, pensaba salvar el agujero negro que dejaría la ausencia del teniente de alcalde y concejal de Urbanismo. Dos días después ya no tenía sentido seguir indagando porque el pacto se había rehecho y VTLP seguirá tuneleando la ciudad y, quizás, construyendo algo para la justicia en el colegio El Salvador. Quizás.


Pues eso, que abro la web del PSOE de Valladolid y me encuentro un sorprendente encabezado: “Feliz Navidad 2018”. Refresco la página esta misma tarde, con incredulidad, y lo mismo: salen, por orden, la misma felicitación de navidad y unas cuantas noticias de noviembre y octubre de 2018. ¿Y quién soy yo para criticar ese paréntesis tan extenso de sequía de noticias, si el cambio climático de mi propio blog lo tiene seco desde julio de 2018?

Por eso, acompañada por un mirlo a mi izquierda y dos urracas a mi derecha, pedaleo a casa a toda velocidad para cerrar este paréntesis ignominioso de silencio de mi bitácora, intentando tomarle la delantera al PSOE de Valladolid en la vuelta a la realidad. Digital. Y tal.

lunes, 23 de julio de 2018

Y era verdad lo que decían los libros

Una de las ventajas de andar en bici (de haber andado tantos años sin interrupción) es que permite olvidarse de la propia edad, salvo por algunas goteras que al fin y al cabo las tiene todo el mundo, incluidos muchos jóvenes; permite correr con gente de todas las edades, algunas veces adelantar a personas mucho más jóvenes, incluidos muchos tíos (qué subidón de autoestima casi macarra) y llegar al trabajo eufórica y libre de toxinas: se van por el desagüe al lavarse el sudor y enfundarse en ropa limpia.

Una de las ventajas de cantar en un coro (de haber empezado a hacerlo antes de que llegue la jubilación) es que permite olvidarse de la propia edad, salvo por algunas goteras que al fin y al cabo las tiene todo el mundo, incluidos muchos jóvenes; permite cantar con gente de todas las edades y, si se tiene la suerte de haber sido contralto cazallera toda la vida, ni siquiera se hace presente a cada momento la realidad amarga de la pérdida de voz que tanto entristece a algunas sopranos.


Pero hoy, en la toma de posesión de la rectora de una universidad privada, no me valieron de nada esas argucias. El ataque llegó desde el libro electrónico agazapado en mi bolso, que una vez más había hecho gala de su telepatía con los sucesos contemporáneos y me había elegido, hace un par de meses, American Pastoral; gracias a ello pude conocer por sus libros a Philip Roth unos días antes de que por los periódicos me enterase de su muerte. Y allí estaba: “Por momentos, me descubría a mí mismo mirando a cada uno como si todavía estuviéramos en 1950, como si 1995 fuera solamente el tema futurístico de la fiesta de graduación, a la que hubiéramos venido disfrazados con humorísticas máscaras de papel maché de nosotros mismos tal como pareceríamos en ese año tan remoto en el futuro de finales del siglo XX”.

Catrinas (figuras tradicionales para las celebraciones
del día de los muertos en México) realizadas en papier maché.
Foto tomada de Wikipedia (autor: tomascastelazo)

De templo del saber a gestoría de recursos humanos

El interruptor que conectó mi cabeza con el libro recién leído lo pulsaron unas palabras del discurso de la rectora magnífica: cuando afirmó, con el entusiasta desparpajo de quien siente que ha descubierto el mediterráneo, que la misión de las universidades hoy ya no es expedir títulos (como si alguna vez ese hubiera sido su cometido), sino que deben dedicarse a “la gestión de las transiciones profesionales”. En ese momento sentí, con la misma vividez que lo refleja Philip Roth, el hálito del ángel del tiempo, la realidad de que había terminado mis estudios en la universidad hace ya cuarenta años; y que hace ya más de diez que abandoné -con una provisionalidad que se va convirtiendo en definitiva- el trabajo desempeñado en otra universidad durante dos décadas. Y, sin embargo, a pesar de mi pretendido desapego, seguía sintiendo la Universidad -sí, con mayúsculas- como algo mío. Lo supe por la tristeza que me produjo esa definición. Adiós, mi universidad, me dije. Y yo que pensaba que eras el tiempo y el espacio donde la gente, en plenitud de vida, escudriña el qué, el cómo y el porqué de las cosas, del universo y de nosotros mismos, para entenderlo cabalmente e intentar cambiarlo un poco a mejor. Y resulta que algunos te ven como una brillante gestoría de recursos humanos.

Atributos del Rectorado: Birrete negro y vara de mando.
Fotografía: lalagunaahora.com

En otro momento me hubiera hecho hervir la sangre. Hoy solo me espantaba tristemente, sin indignarme demasiado. No sé, quizás esta mezcla de madurez y vagancia desencantada que me posee desde hace algún tiempo me hacía mirarlo como un tropiezo inevitable en la evolución; como si fuese algo parecido a la simplificación de las consonantes geminadas en el paso del latín al castellano. Y supe así que era verdad lo que decían los libros. Que esa tristeza de los poetas ante la fugacidad de la vida no era un sentimiento difuso teñido de romanticismo por la vista de un cementerio al atardecer (una vez me llevó a quedarme encerrada en el de Pamplona, que en invierno candaba las verjas a las seis de la tarde), sino la constatación vital de la poca huella que nuestra vida, la individual y la de cada generación, ha dejado en el mundo. Creímos cambiarlo, al menos nuestro país, contemplando emocionados su marcha hacia la democracia a los sones de Libertad sin ira; después nos inquietó un poco la filosofía “topamí” (tó pa’ mí, porque yo lo valgo) de algunos de los nacidos alrededor del 70, dispuestos a exigir como debido todo bienestar ilimitado, sin plantearse qué tiene que aportar cada uno para hacerlo posible; a continuación, los ribetes de santa inquisición de ese remake del 68 que fue el 15M, cuya médula espinal parece haberse desplazado hacia un brazo derecho bien estirado al frente, con el puño un poco crispado, pero el dedo índice emancipado para señalar sin piedad a los malos, como si esa mera condena nos convirtiera en buenos (o en “los” buenos). Y ahora, en esa misma generación, pero a mucha distancia ideológica, este voluntarismo un poco kumbayá que clama por una excelencia a la que parece faltarle lo esencial (el asombro ante el ser, la inquietud por conocer la esencia de las cosas y sus porqués), solo interesados en el hasta dónde.

Señora de rojo sobre fondo gris (o negro)

Birrete de doctor en Derecho
Pero he aquí que me despertó de tan cenicienta melancolía el escándalo de la señora de rojo sobre fondo gris. No, no me refiero a la novela de Delibes. Y no, tampoco es que tenga yo nada contra los colores de la muceta y el birrete de Derecho. Pero es que este rojo sobre fondo gris (perdón, que era sobre el fondo negro de los birretes de rector) era la carmín rubrica, en la mesa que presidía el acto académico, de una ruindad -¿o cutrez protocolaria?- de una universidad de rancio abolengo y rancios centenarios, que se había permitido enviar a esta toma de posesión a una ¡directora de gabinete! Valladolid, Burgos, León, Ponti de Salamanca y IE University habían cumplido esmeradamente con la cortesía académica enviando a sus rectores. Y hasta el consejero de Educación, Fernando Rey, había sabido torear el mal prólogo que para este acto suponía un reciente ranking, en el que esta universidad salía mal parada, con unas pinceladas de su escepticismo cachazudo (“No se crean todas las encuestas; alguien dijo: no te fíes de un ranking que no hayas manipulado tú mismo”) y señalando como contrapeso los puntos fuertes de su empleabilidad y de su implicación social. Sin embargo, allí estaba, con rojo subrayado, el mensaje ¿de considerarse superior o de considerar inferior? Es como si el presidente del Gobierno español, para representar al país en un acto oficial de otro Estado europeo, aunque fuese un país pequeño y peculiar, como Mónaco o incluso Andorra, enviase a Iván Redondo (aunque todo el mundo sepa que a ese director de gabinete se debe la estrategia de la moción de censura, y por tanto quizás sea el hombre más poderoso del Gabinete... ministerial, aun no formando parte del Gobierno).

Entre el rancio abolengo displicente y el voluntarismo kumbayá

Pero quién sabe, quizás me equivocaba en estos juicios, a lo mejor era el resto de las universidades las que se habían excedido en la cortesía. Bien pensado, ¿qué rector reelegido monta un fasto para firmar la prórroga de su mandato, obligando así a los demás a acompañarle en una ceremonia superflua?, me preguntaba en el camino de vuelta a casa, impulsando los pedales con la rabia que me habían dejado en el ánimo no tanto los despropósitos de la magnífica como nuestros propios fallos al cantar La vida es bella; una mala colocación en un rincón de la sala hizo que no nos oyera ni la mitad de los asistentes; ni nosotros mismos nos oíamos, y así las entradas de cada voz quedaban borrosas y deslucidas.

Máscara de papel maché con pies
Foto tomada de Wikipedia (autora: DvoraB)

Una de las ventajas de andar en bici es que la energía desarrollada en el pedaleo, junto con la necesaria atención de los cinco sentidos en el tráfico, unidos al placer del aire en la cara, despejan los pensamientos más taciturnos y presentan como sencilla la evidencia de que siempre se puede dejar huella: la de no rendirse; ni convertirse en máscaras de esencias antiguas displicentes con las novedades plebeyas (ignorando el peligro de ser comidas por la polilla), ni en títeres hiperactivos que imitan liturgias centenarias desprovistas de su significado. Vamos, lo que decía Fernando Rey en su discurso: aprovechar cada uno sus puntos fuertes, adquiriendo lo que nos falta gracias al estímulo de la competencia entre lo sabio antiguo, pero quizás un poco decadente, y lo emergente voluntarista, aunque un poco carente de sabiduría. ¿Andará el consejero en bici?

miércoles, 17 de enero de 2018

Levanto mis ojos a los montes...


Estructura que se conserva del chalé derruido de Parquesol

No podía dar crédito a lo que leía el día 7 de diciembre en el periódico: se cumplía un año desde que había sido derruido el chalé de Parquesol. Un cálculo rápido me hizo caer en la cuenta de que en ese tiempo habría pedaleado por la avenida de Salamanca, por lo menos, 242 veces en dirección Burgos y otras 242 en dirección Salamanca; y en ninguna de esas ocasiones había levantado la vista lo suficiente como para darme cuenta de que ya solo quedaba la plataforma de ese edificio que tantas veces había sido fuente de inspiración en mis idas y venidas: con la luz del atardecer, era la tristeza de los proyectos que no llegan a hacerse realidad y de los que solo quedan las ruinas; con la claridad brillante del mediodía, despojo de alguna batalla épica de tiempos de héroes y dioses; y siempre, a todas las luces, proa de un extraño barco varado en el altozano reclamando con su bandera imaginada el dominio sobre el meandro del Pisuerga. Hasta podía imaginar al capitán pirata de Espronceda (¡maldita televisión, con la cara de Johnny Depp!) cantando alegre en la popa y contemplando Arturo Eyries a un lado, al otro La Flecha “y allá a su frente Estambul”... perdón, quería decir “y allá a su frente el Vallsur”.

Chalé de Parquesol antes de ser derruido

Aunque lo más importante de esa noticia que había logrado ampliar el ángulo vertical de mi mirada pedaleante no era su poder evocatorio de ensoñaciones e inspiraciones, sino la perspectiva de conseguir extirpar una de las verrugas urbanísticas más largamente enquistadas (más de 30 años) en esta ciudad. Si se cumplen las previsiones de la autoridad competente en urbanismo, en un par de años un complejo hostelero habrá ocupado el lugar del sueño frustrado de Antonio Alfonso, exalbañil, expromotor inmobiliario, expropietario de todo el terreno de Parquesol (exgallineros ocupando un montículo aventado lejos del centro urbano, quién lo diría hoy) y expresidente del Real Valladolid que quiso construirse el mejor chalé de Valladolid para instalarse, como el capitán pirata, dominando los mares de Pucela.

Y todos nos alborozamos con el edil correspondiente porque el coste de la retirada de los escombros no va a correr a costa de las arcas públicas directamente, sino que lo van a pagar los propietarios del terreno, eso sí, con la módica contraprestación de un leve cambio en los planes que anunciaba esa misma autoridad urbanística unos meses antes de proceder a la demolición: si entonces se decía que se recuperaría el talud natural -es decir, la demolición sería completa- y el terreno se incorporaría al parque, hoy anuncia, gozoso y eficiente, que se modificará parcialmente el PGOU para que esos propietarios puedan construir un complejo hostelero en la misma atalaya donde no pudieron hacerlo ni Antonio Alfonso ni ninguno de los sucesivos propietarios de la parcela desde 1985: la sociedad Parquesol, el grupo Foxá, la sociedad Diseño de Chalés, S. A... Incluso se les deja una parte de la cimentación y del muro de contención, ya que ambos elementos «pueden ser aprovechados en el nuevo proyecto de edificabilidad». Más vale llegar a tiempo que rondar 30 años.

... ¿de dónde me vendrá el auxilio?

Pocos días me duró el reflejo de levantar los ojos hacia el chalé. Exactamente cuatro. El siguiente lunes, 11 de diciembre, los detritus de la borrasca Ana en el carril bici requirieron toda mi atención para no resbalar ni tropezar: montones de hojas mojadas, latas de refrescos, papeles, botellas de plástico y bolsas de supermercados; y ramas, muchas ramitas, algunas no tan diminutas. Busco el origen de una especialmente grande y compruebo que en realidad es la mitad superior de un arbolito de la vereda completamente tronchado. Y pienso que así es la vida, llena de obstáculos que a veces parecen insalvables, o que al menos convierten el camino en algo sumamente complicado. A algunos, más pequeños o vulnerables, incluso les cuestan la vida misma.

Y de repente me doy cuenta, al ser consciente de que la mera mención a problemas irresolubles me lleva a Cataluña, de que mi mundo se ha hecho pequeño, y de que esa claustrofobia que no experimento tras días enteros en el hospital, en una habitación pequeña, con un enfermo cuya vida y cuyo mundo han quedado reducidos a esas cuatro paredes y a la dependencia de brazos ajenos -casi siempre de mujeres-, sí que la siento por haber reducido mis pensamientos, inspiraciones y preocupaciones a un rinconcillo geográfico que está empequeñeciendo todo hasta asfixiarnos con sus locuras. Es como si sus dirigentes se hubieran fijado en ese salmo, “levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio”, pero mal puntuado: “Levanto mis ojos a los montes de donde me vendrá el auxilio”. Y hubieran decidido dar respuesta al descontento de los ciudadanos echándose al monte. Y mucha gente, a falta de una estrella de luz más noble (más universal e igualitaria, menos fanática y xenófoba), los toma por dioses y a su locura fía sus ilusiones; y cosen banderas y componen cánticos y arreglan reglamentos para conciliar lo inconciliable, ajenos a las reglas clásicas de la lógica de los silogismos. Y se dicen: si el artículo uno del cristianismo dice que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, ninguna Constitución puede impedirnos afirmar que el hombre que habitaba entre nosotros se hizo dios y desde Bruselas nos dicta sus mandamientos. No hay letrado de parlamento ni raciocinio que pueda contra dios.

Maria Joao Pires y la función transformadora de la música

Han pasado ya las Navidades, es 11 de enero y los titulares de cada mañana confirman el hastío monotemático de la sección España nororiental. Pero mi pedaleo esta mañana es expectante y tiene una dulce música de fondo: los Nocturnos de Chopin. Y no se debe solo al aire cristalino que asoma, tras las nieves y lluvias, por este resquicio que se ha agenciado el sol para alumbrarnos un invierno de esperas e incertidumbres; ni solo a esa luz que se refleja en las fachadas y en los montículos que rodean la ciudad, como estrenando de verdad el Año Nuevo, celebración que había quedado suspendida entre nubarrones densos. No. Es por la perspectiva del concierto de esta tarde, en el auditorio Miguel Delibes, donde tocará el piano Maria Joao Pires, quien en mi memoria está indisolublemente unida a esos Nocturnos que han acunado tantas melancolías y que han hecho brotar las ideas en un cerebro muchas veces yermo por la monotonía inane.


Esta luz y esta música recordada hacen que se me pose en el alma, inconsciente, una esperanza de que el cambio climático no sea tan irreversible, de tan dulce que es esta nieve y esta lluvia y este frío de madrugada que se prolonga espejando el carril bici hasta el mediodía. A pesar de los estudios de Enrique Serrano junto con unos colegas de Lisboa y de Aberdeen (Escocia), que confirman los datos mundiales sobre la evolución de los glaciares y de los suelos helados, levanto los ojos a los montes (ahora mismo me despiertan de mi ensoñación las risas de una pandilla de chavales que chospa alrededor de las ruinas del chalé) y me preguntó de dónde nos vendrá el auxilio para poder enderezar el destrozo ambiental. Algunas chispas de esperanza se me aparecen en los autobuses híbridos que compra Auvasa para sustituir a los desechados de su flota, o en proyectos como el Urban GreenUp o el Remourban.
Quizás alguno de estos proyectos tengan más de publicidad que de efectividad, pero, si al menos logran contagiarnos la actitud de pensar en sostenible, ya habría servido de mucho. Y, mientras leo esta estupenda entrevista a Maria Joao Pires, en la que habla de la función transformadora de la música, de esa mezcla entre tristeza profunda y ternura, esperanza, tolerancia e inconformismo que nos impulsa a cambiar el mundo a mejor, dejo escapar la mirada, como siempre, a través de la ventana del cuarto de estar. Me emociona la nitidez de las ramas desnudas de los frutales de nuestro jardín: complejos vericuetos huesudos, tristes pero orgullosos, de guardia en su inalterable posición, aprovechando cada uno de los rayos del sol y cada gota de lluvia hasta que llegue la primavera y de cada nudo nazca un brote, y de cada brote una flor, que luego se caerá para dejar paso a las hojas que rodearán, protegiéndolo, al fruto.



domingo, 19 de noviembre de 2017

Mi calle tiene un oscuro bar…

Era un siete de julio cuando lo vi. Cuando ya los toros del primer encierro de sanfermines habían dejado cuatro heridos en las calles de Pamplona; cuando ya un edificio se había derrumbado en Torre Anunziata (Nápoles) dejando ocho personas desaparecidas entre sus escombros;  y quizás mientras el blog de Javier Marías anunciaba que el autor había terminado su última novela (Berta Isla), salí del trabajo con la bici aprovechando la pausa del desayuno para hacer un recado, y, nada más doblar la esquina del Moka, mi vista se dio de bruces con ese ascensor voladizo que están construyendo en la calle Gabilondo, viva imagen de la fealdad que se promete duradera.

Y me vino a la memoria y a los labios, una vez más, esa vieja canción, “Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes”, auténtica obra maestra de Lone Star. Pero no por el miedo de que Valladolid vuelva a la sordidez de las calles estrechas, de las aceras de asfalto abollado y de las plantas bajas en las que asomaba la vieja de la bata de boatiné entre las rejas de unas ventanas tristes pringadas de tubos de escape y niebla meona; aunque un poco asustan los eufemismos con pretensiones poéticas del responsable municipal, que describe ese espanto como solución “llamativa”, en la que se ha “enfatizado la esbeltez, buscado transparencia, jugando con la multiplicación de franjas horizontales”.

No. Esa canción ya irrumpía en mi cabeza con creciente frecuencia desde hacía algún tiempo, y se debía a la sensación de estar viviendo el retroceso de nuestro mundo a otra miseria y sordidez mucho más angustiosas, que ya creíamos superadas. Veía los manchones de humedad insalubre, como la vuelta de una peste medieval en calles sin alcantarillas, cada vez que un fanático se agenciaba un vehículo pesado e intentaba aplastar (matar) a todas las personas, musulmanas o infieles, que hubieran salido a disfrutar del aire, del sol o de las fiestas de su barrio (la última vez el 31 de octubre en Nueva York), y los periódicos sumaban la cuenta macabra en el Excel de su redacción. O cuando en nuestra propia ciudad una niña de cuatro años moría maltratada y asesinada por el amigo de su madre; o con cada titular de una mujer asesinada por su pareja.

… húmedas paredes…

Y, aunque no tuvieran esos tintes trágicos, me asfixiaba también el olor rancio a rincón oscuro -falto de la luz de la razón y del calor de la libertad, igualdad y fraternidad- que expelía todo el constructo mental (poco constructo bajo muchos metros de banderas ondeantes) de esos iluminados salvapatrias del nacionalismo omnipresente, que desgranan la casposa estrofa del Porompompero, creyéndose por encima de la ley porque su espejo de tontainas les devuelve la imagen de un caudillo libertador de pueblos oprimidos en lugar de su verdadera faz de burgueses irresponsables y pelín supremacistas. Si no fuera por lo triste que es el que estén arruinando a su tierra y envenenando a sus paisanos, me recordarían la opereta del Conde de Luxemburgo: “un fortunón de bienes hicieron mis mayores, y en dos inviernos supe gastar alegre los millones”.


Así que agosto fue un pedalear desesperanzado, rumiando todos los días el interrogante de la impotencia -¿qué nuevo paso daremos hoy hacia el absurdo?-, sin disfrutar de la sombra de mi calle, que no tiene bares oscuros, sino árboles frondosos, y con una ansiedad creciente, como un trozo de esparto en la boca, secando el paladar en espera de la catástrofe; ansiedad de imposibles frutos inmediatos: frutos de amistad entre Cataluña y el resto de España que disipen estas nubes espesas de odio (de tormenta seca, sin agua) y vuelvan el concepto de patria al de proyecto común de convivencia entre gente diversa; y frutos de moderación voceada (valga el oxímoron) desde los alminares, para desactivar con su propio lenguaje a los desquiciados que mezclan teocracia y asesinato masivo en un almirez siniestro. Y un poco de lluvia.

Calle General Almirante sin coches
uno de los días que estuvo prohibido circular
debido a la contaminación

Pero nada de eso llegó, y volví al trabajo, en septiembre y octubre, con el mismo trozo de esparto en la boca -aprendí a colocarlo a un lado para poder tragar- y con las mismas canciones tristes acompasando mis pedales: mientras enfilaba uno y otro día las calles Constitución, Menéndez Pelayo, Montero Calvo, Santiago o Claudio Moyano, con el aire acondicionado enloquecido alcanzándome desde las tiendas, a más de siete metros de distancia, era la canción In the year 2525 la que me confirmaba que seguimos con la venda en los ojos, derrochando la energía y cargándonos el planeta, y para cuando nos la quitemos solo nos servirá para derramar esos mil millones de lágrimas por lo que no supimos o no quisimos hacer a tiempo.

… pero sé que alguna vez cambiará mi suerte

Me hizo gracia la coincidencia: el primer avión de la nueva etapa Valladolid-Sevilla despegaba el “29 de Octubre”, fecha que da nombre a ese barrio de Valladolid que con tanto fundamento podría entonar en primera persona la canción del título: hasta yo tengo hecha desde hace dos años la foto de rigor -una sillita de niño solitaria en un portal decrépito- con la que todos los periódicos han ilustrado este año los planes de rehabilitación de ese polígono, una vez desechada por el Ayuntamiento la opción demolición-reforma.

Foto: Galandil (Wikipedia)

Y aunque las obras no han comenzado en el colegio de Roberto Enríquez, que era la pieza estrella de las inversiones en mi antiguo barrio, el despliegue de los andamios, que comenzó unos pocos días antes del despegue de Ryanair para Sevilla, permite abrigar esperanzas de que algo mejore en esos bloques de Pajarillos, siempre que la policía y los jueces -señalan los vecinos- se empleen a fondo contra el trapicheo que vuelve a crecer de mano de unas cuantas familias que hacen imposible la convivencia.



Quizás la clave de la esperanza consiste en ese descubrimiento que llevó a Francis Mojica a Albany el 27 de septiembre para recibir uno de los premios más importantes del mundo en investigaciones biomédicas: CRISPR, la técnica genética que permite “editar” el genoma humano como si fuera un procesador de texto, cortando los párrafos defectuosos y pegando en su lugar otros regenerados. Igual que eso ha permitido a un grupo de científicos corregir en embriones humanos la miocardía hipertrófica (y quizás abra las puertas para curar el cáncer), quizás la clave de la regeneración social y política consista no en pretender demoler cada cuarenta años lo construido porque empiecen a notarse los desconchones y las goteras, sino en ir generando cada uno en su entorno esos fragmentos de genoma social correcto que irían sustituyendo a los deformados por la corrupción, el fanatismo o la desidia.

Imagen: Roddelgado (Wikipedia)

Lo más bonito de la canción de Lone Star era el toque de platillos como si fueran campanas marcando el cambio de ritmo entre las estrofas que desgranaban lo triste y deprimente de su barrio (niños descalzos sin salud, barro en esas calles donde ni la luz ni los amigos quieren llegar) y el estribillo, casi eufórico, proclamando la esperanza: “… pero sé que alguna vez cambiará mi suerte”. Así me encanta imitarlo cuando pedaleo, casi a las cuatro de la tarde, por el carril bici del parque de Villa del Prado, aprovechando que nadie pasa y puedo dar rienda suelta a la voz y a las manos independizadas del manillar.