lunes, 26 de diciembre de 2016

Meciendo la cuna de las palabras mientras muero

A veces, la vida en otoño parece transcurrir en blanco y negro -en escala de grises, para ser más exacta-, y especialmente este año, que solo me asomo a la vida con miradas de reojo a través de la ventana mientras tecleo en el portátil, o peor, me entero de ella por la pantalla, como de algo que sucede en un mundo ajeno que recuerdo vagamente, y al que pienso volver, sí, cuando acabe estas tareas que quizá me duren más que la vida misma. Gris como los radios de las ruedas de mi bici, como su cuadro y sus llantas, sus pedales y los guardabarros. Los detalles blancos y rojos que la adornaban han quedado ocultos no solo por la capa de polvo que dejo crecer sin lavarla, sino sobre todo por la tristeza que la cubre desde que casi ni la miro al arrancarla ni al aparcarla, con prisas para llegar al trabajo y con prisas para llegar a casa y seguir tecleando.




“Allí estaré”, me engañé cuando leí la noticia sobre la segunda exposición de la serie Facies sapientiae (Rostros de la sabiduría); si me hubiera acercado de cuatro pedaladas, habría podido comparar el rostro de quien triunfaba llegando a ser alcalde o rector con el del que sucumbía mientras intentaba curar a los enfermos de la epidemia de cólera que azotó Valladolid en 1885. Pero luego me consolé observando otras caras de la sabiduría -pensé que más sabias, porque me recordaban más a la de NicanorRemolar, el que luchó contra el cólera-, las de los chavales que el 20 de octubre intentaron explicar sus respectivas tesis doctorales en tres minutos en el Paranifo de la Universidad.

Sabiduría sencilla y simpleza grandilocuente

Gonzalo Gutiérrez (arriba) y Gema Ruiz. Fotos: C Barrena
No es que ese día diese las cuatro pedaladas necesarias, sino que lo contemplé en el vídeo que colgó la universidad: vi a Gonzalo Gutiérrez Tobal ganar el concurso asustando al público –“al menos veinte de ustedes tienen apnea del sueño y no lo saben”- para tranquilizarles después explicando cómo ha logrado un método para simplificar el diagnóstico de la apnea, lo que permitirá abaratarlo, eliminar las listas de espera para esas pruebas y que así se puede aplicar a tiempo un sencillo tratamiento que evite casos de muerte súbita o de infarto cerebral. También vi a Gema Ruiz (segundo premio) comparar el shock séptico con la ruptura de la pared de un embalse -la pared es nuestro sistema inmune, siempre conteniendo la avalancha de las bacterias- y contar cómo han llegado a establecer un hemograma que permite predecir qué pacientes sobrevivirán fácilmente al shock -los que tengan 7.226 neutrófilos o más por milímetro cúbico de sangre- y quiénes lo tendrán muy difícil y necesitarán por tanto una ayuda urgente y extraordinaria para poder superarlo. Vi a Judith Martín proponer para nuestros edificios unos aislantes realizados con polímeros nanocelulares, lo que nos permitirá ahorrar 700 euros al año en combustible por cada vivienda y -lo más importante- disminuir en 1.500 kilos al año el CO2 con el que cada familia dañamos la atmósfera por culpa de las calefacciones. Ella se llevó el premio del público junto con Sara Galindo, que había encontrado la manera de utilizar células del tejido adiposo (las de una liposucción, para entendernos) para curar la córnea, que es nuestra ventana al mundo, y así devolver la luz y librar del dolor intenso y continuo a las personas con la córnea dañada.

Judith Martín y Sara Galindo, premios del público. Fotos Carlos Barrena (UVa)

Así se podría seguir hasta los quince finalistas, porque casi todos ellos -dos fueron un poco más flojos- lograron la genialidad de explicar hallazgos complejos de forma sencilla pero sin perder la esencia y la chispa de lo averiguado. Hicieron gala de la sencillez que adorna a la sabiduría adquirida con largos años de trabajo, escudriñando entre los logros de los anteriores, ideando nuevos caminos para superar sus limitaciones, corrigiendo errores mínimos que llevaban a resultados fallidos. Justo lo contrario de lo que se encuentra ahora en cada esquina de la comunicación política: simplezas maniqueas proclamadas como profundas verdades universales que nos liberarán de la injusticia y de la escasez sin mover un dedo, salvo el de señalar a los malos.

Perseguir la vida en Marte mientras me pierdo la que tengo a la vuelta de la esquina

Un poco de la sabiduría aplicada de estos thesis facientes le habría venido bien al Ayuntamiento de Valladolid para encontrar una solución -que los vecinos llevan esperando 500 días- al incomprensible aislamiento de Pilarica respecto al resto de la ciudad; y a los vecinos de Viana de Cega, Mojados, Cogeces y Megeces, que buscan la forma de salvar al río Cega, al que en verano solo le queda el nombre, y que en invierno, si viene lluvioso, se desmanda en torrente y arrasa con lo que pille por delante.

Exomars 2016 aproximándose a Marte (foto ESA/ATG medialab)

Pero, sobre todo, un poco de esa sabiduría me hubiera hecho falta a mí, que me pierdo la superluna -casi al alcance de mi ventana- mientras maqueto revistas, edito partituras, y en algún rato libre me asomo con fruición a las ventanas de livestreaming de la Agencia Espacial Europea para seguir la misión Exomars 2016 (el Trace Gas Orbiter fue puesto en órbita de Marte satisfactoriamente, pero la sonda Schiaparelli no pudo aterrizar en la superficie del planeta rojo), preparatoria de la Exomars 2020 en cuya sonda exploradora (la que deberá aterrizar con éxito dentro de tres años y medio para excavar en la superficie de Marte buscando rastros de vida) irá un espectrómetro diseñado por nuestro Fernando Rull de la Universidad de Valladolid.

Pero me justifico pensando que no es solamente que manipule con las manos para no pensar mientras transcurre la felicidad y la muerte allende la ventana, sino que, cuando maqueto, mis manos son la cuna que mece las palabras para que signifiquen más, para que casen con las imágenes, cautiven a nuestros ojos y encuentren el camino del corazón. Y al editar partituras es como si tuviese el poder de dirigir la distribución de la voz, de su timbre y su tono, la ordenación de intensidades y cadencias, la perfecta alternancia rítmica entre sonido y silencio que produce la emoción de la música.

Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can.

Es bueno que el primer encuentro con el espanto de la muerte ocurra cuando se es mayor y el alma tiene suficiente callo para que no hiera tanto. Aun así, a la perplejidad por lo inesperado se suma la evidencia de lo absurdo, y me falta el aire para respirar. Llevo dos horas intentando comprender que esta persona querida con la que paseábamos hace diez días por su ciudad esté a punto de morirse por un tumor cerebral oculto desde Dios sabe cuándo. Contemplo espantada la respiración jadeante con la que su cuerpo fuerte de labrador infatigable (su mente ha quedado repentinamente perdida en un túnel sin señalización) lucha contra lo inexorable. Cuando parece que se aquieta un poco, nos damos cuenta, sin creerlo, de que en realidad se está enlenteciendo hasta desaparecer, llevándose el color de su cara y su vida.

En medio de una pesadilla sin imágenes en la que mi cerebro lleva varios días dándose contra el muro, me pongo una película para evadirme, y resulta ser The Martian  la que consigue arrancarme las lágrimas necesarias para volver a la vida. Parece como si el astronauta Mark Watney (Matt Damon) me estuviera hablando cuando les escribe a sus padres: “Every day I go outside and look at the vast horizons. Just because I can” (“Salgo fuera todos los días y contemplo el inmenso horizonte. Precisamente porque puedo”).



Es verdad que, salvo la línea de los tejados de Parquesol desde la biblioteca de La Flecha, me encuentro pocos horizontes inmensos que contemplar cada día. Pero, al menos, los árboles que enmarca mi ventana han recuperado sus colores emocionantes -¿cómo pude verlos en blanco y negro?-; y ayer mismo, ya invierno comenzado, salí con el telescopio y todo el familión a mirar las estrellas de la Noche Buena, aunque por el camino el dolor volviera a llamarme desde una parcela de manzanos en intensivo que parecían crucificados contra las vallas de alambre.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Don Quijote y las mochas (De lo acontecido con el gigante Lactalis y el mago Mondelez)

Homenaje al IV Centenario del Quijote,frente a la
casa natal de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares.
Foto tomada de Wikipedia (Áwá)
¿Podría decirme vuestra merced dónde se halla la plaza de la villa?
Quien con tanto descaro pedía mi ayuda no tenía trazas de haber recebido la orden de caballería, y así estuve tentado de despacharle a su aldea si no me vinieran en aquel punto a la memoria las promesas que había fecho, no tantas horas atrás, de desfazer entuertos, proteger a las viudas y doncellas y asistir a los menesterosos; y caté que, a no confundirme las mientes algún oculto encantamiento, el que ansí preguntaba no distaba mucho de menesteroso. Alceme, pues, la adarga al pecho, empuñé la lanza, ajusteme a la cabeza la media celada encajada en el morrión y nos encaminamos al lugar de la villa donde, sin duda, nuevas aventuras esperábanme que yo pudiera rendir ante la sin par Dulcinea.

Y a fe mía que corto habíame quedado en imaginarlas, pues no hubimos andado más de doscientos pasos cuando llegaron a nuestros oídos las voces de un grande gentío que en la plaza hallárase. Esto agitó mucho los ánimos de mi menesteroso protegido, que en un punto estuvo de dejarme atrás si no espoleara yo a Rocinante y en un suspiro encontráramonos en los soportales. Allí casi dimos de bruces con el regidor de la villa, que, a una con más de treinta veces ciento jornaleros y capataces, proferían grandes maldiciones contra un descomunal gigante llamado Lactalis. Decían de él que era más cruel y soberbio que el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania. Que tenía más brazos que los del gigante Briareo y aún más de sus cincuenta cabezas, cada una de ellas con su nombre pagano y abominable. Y ansí no había manera de asirle, pues hoy presentábase bajo la apariencia del mago francés Presidento, mañana tomaba forma de la doncella Puleva, el tercer día decía ser el infante italiano Galbani, y otros tantos días hacíase llamar Parmalato, Chufi, Lechera, Ram o El Castillo. Hasta en ocasiones tuviera la osadía de pretenderse Gran Capitán. Y era la cuita que, con toda esta superchería, quería llevarse la fresca leche y el muy sabrosísimo queso que en esta ciudad se face, dejando sin trabajo a ochenta y cinco jornaleros. Y a no pocos de ellos, cargados de cadenas, quiéreselos llevar, lejos de sus mujeres e hijos, a otras ciudades y villas donde él mesmo fabrica destos lecheros ungüentos.

Concentración en la Plaza Mayor
antes de comenzar la manifestación
"Ténganse todos –dije al punto a aquellos gentileshombres, jornaleros, capataces, ganaderos, arrieros, físicos, escribanos, arbañires y corchetes, y hasta doncellas y dueñas, que todos habíanse mezclado en la plaza uniendo sus furias-, que sobre este rocín os habla el caballero andante a quien los siglos venideros recordarán por haber dado en tierra con ese gigante Lactalis, con sus burdos encantamientos y con sus  más de cien y cincuenta brazos y cabezas".

A los tocones en mi pueblo les llaman mochas

"Perdone, señora, se le ha caído el libro". Tardé un par de segundos en despertarme y darme cuenta de que estaba en el autobús, con la mochila entre mis pies y el asiento de delante, el casco sobre ella apoyado, y mi cabeza exageradamente ladeada, a punto casi de caerse sobre el hombro del chaval que me miraba con tres cuartos de asombro y un cuarto de sorna mientras me tendía el libro que se me había caído de las manos, el del ingenioso hidalgo.

La culpa de todo la había tenido el casco. Acababa de dejar la bici en el taller y, mientras andaba hacia la parada del autobús, me hizo reír mi propia imagen reflejada en la inmensa luna de una tienda de muebles de cocina: iba yo con el paso decidido, a pesar del peso de la mochila, y con el brazo izquierdo pegado al cuerpo hasta la altura del codo, donde se doblaba hacia delante en ángulo recto para sostener el casco en el antebrazo; como un caballero que fuera a presentar respetos a su rey; o como un Don Quijote -me dije, ahora que lo estoy releyendo- al que le hubieran quitado su Rocinante y tuviera que fiar toda su dignidad al ademán del cuerpo portando lanza, casco y adarga. Y pensé que así se veían los trabajadores de Lauki y de Dulciora, luchando contra sendos gigantes con armas tan poco adecuadas como las de Alonso Quijano. Y esos pensamientos debieron de ser los mimbres del sueño tan peregrino que me tomó posesión apenas acomodarme en el autobús.

 
 

Esta mañana, mientras andaba con los 85 trabajadores -y sus familias y unos pocos más que nos hemos acercado- desde la plaza mayor hasta la fábrica de Lauki junto al Esgueva, pude comprobar que la realidad era un poco distinta de ese sueño (ya me lo había anticipado, al pasar por la plaza de las Cortes, un cielo de colores de circo, con un payaso señalando hacia la luna, que, un poco borracha, se retiraba a su casa a horas poco recomendables). No éramos esas treinta veces ciento, ni estaba el alcalde -ya lo había dicho ayer-, aunque sí concejales y diputados nacionales de todos los partidos.


Al pasar la manifestación por la plaza de San Pablo, la rama caída del cedro del Líbano me volvió a recordar a su compañero de la plaza de San Andrés y a los otros árboles que están en peligro en Valladolid por falta de raíces profundas. Y volví a preguntarme cómo es posible que dos árboles tan enraizados en esta ciudad como Lauki y Dulciora puedan ser talados ante nuestras narices sin que salgamos por miles a la calle a vocear a los que los cortan. Porque no solo los cortan para llevarse sus ramas fértiles a injertarlas en sus otras fábricas, sino que parecen expertos en matar sus raíces para que no puedan retoñar en una presunta competencia. Como estas dos mochas -así llaman en mi pueblo a los tocones- enfrente de mi casa, que cualquier día les grabo con una navaja la florecilla verde de Lauki y el soldadito rojo de Dulciora.

Con la bici en alto: demasiados caídos en monumentos

No me he quedado a recoger los dos litros de leche Gaza que nos iban a regalar por estar en la manifa, ya que me esperaban los 10 kilómetros de vuelta a casa; habían sido 9,4 al venir, pero en el camino inverso la calle de la Estación y de la Vía me pillan en dirección prohibida y tengo que pasar a la calle de la Salud y bordear todo mi antiguo barrio de Pajarillos y parte de Delicias hasta volver por Labradores, Nicolás Salmerón y Panaderos a enganchar con el mismo itinerario cerca de la estación Gourmet. Me ha dado todo el tiempo del mundo para ir memorizando las mil marcas aglutinadas por Lactalis y Mondelez, a las que pienso esquivar en los supermercados -no es nada personal, solo son negocios-, que no será cuestión de enfrentarse como un quijote contra los gigantes de la globalización, pero sí de hacer uso responsable de la libertad en la que se basa.


El único elemento nuevo en el camino -aparte de disfrutar de la bici recién puesta a punto, que marcha como la seda- es, desde la vuelta de vacaciones, el monumento de la bici en alto, ese que acaban de inaugurar hace tres domingos en el cruce de la avenida de Salamanca con la de Zamora o ronda interior sur. El primer día le hice unas fotos para acordarme de los compañeros atropellados a los que se les dedica: Jesús Negro (25 de febrero de 2016); María García (22 de septiembre de 2013); Sergio y Diego García (28 de julio de 2013); Miguel Ángel Fraile-"Minuto" (1 de septiembre de 2012) y José Luis Delgado (22 de abril de 2006). Pero no puedo remediar, al pasar a su lado cada día, pensar que ojalá no existiera, porque esos seis ciclistas deberían seguir chospando por las carreteras y los caminos en lugar de ser carne de monumento. Como Lauki y como Dulciora.

viernes, 15 de julio de 2016

Renacimiento, agua y árboles sin raíces

Las mujeres renacentistas fijo que no hubieran podido andar en bici. No había más que mirar el volumen de los vestidos, las enaguas fruncidas y los tocados para el pelo que acababan de quitarse en una sala del palacio de Pimentel todas las mujeres que habían participado en la comitiva del bautizo de Felipe II dentro de los actos del Festival Renacentista "El esplendor de la Corte en Valladolid".



Aunque también es cierto que cualquiera de esas mujeres renacentistas hubiera pasado esa noche mucho menos frío que la maruja ciclista que, una vez regresada a su siglo XXI, con las exiguas ropas propias del verano que se había presentado en Pucela a primeros de junio, montó rauda en su Orbea para llegar a tiempo al concierto In Fémina: Amor y música en la época de Cervantes. Con tanto coser disfraz y tanto ensayo, no había tenido tiempo de consultar el parte meteorológico, así que se sentó, con su camisita y su canesú, en una de las sillas dispuestas en el Patio de los Reyes del Museo de Arte Contemporáneo.

https://www.youtube.com/watch?v=bJNVa7CiW-4

Allí, mientras el viento gélido del norte iba tomando posesión de la juntura de sus huesos, de la juntura de sus pensamientos se adueñaba el hechizo de la música antigua. Brotaba, mágica, de unas pocas gargantas (creía haber contado apenas doce o trece), tomaba impulso en los tambores de Yonder Rodríguez para elevarse por los pilares y muros del claustro, y se expandía por el aire como llovizna de melancolía en unos momentos, de burla en otros, de alegría de vivir y beber a ratos; de emoción todo el tiempo.

Agua y fuego por las esquinas de la ciudad

Unas gotas de esa lluvia de música se quedaron pegadas en los pedales, en el sillín, en la barra y hasta en los radios de su bici (esa debe de ser la razón por la que no la limpia, ja!). Eran las correspondientes a un dueto de impresionante belleza de las sopranos Verónica Rioja y Saray Prados. Sentadas en el escenario, cantaban sobre el amor mientras sus manos jugaban con el agua en un recipiente antiguo de zinc: "Ojos negros que os miráis / en el cristal de Jarama (...)  apartad de su corriente / ese fuego que me abrasa, / y donde agora se mira / haced que se mire el alma".

Y el alma se fue mirando: en el agua limpia que se había escapado de alguna conducción y que la esperaba aquella mañana en el carril bici al salir del trabajo. Parece -se dijo- como si el agua que tan abundante corre por Valladolid -por el medio, por debajo y a los lados; de ríos y manantiales- no se resignase a ser encauzada ni encerrada por arcas, canales, ni por anillos, y estuviera siempre pugnando por salir a ser libre. Ahora entendía las mil y una roturas de tuberías que cada mes acudían con puntualidad a las páginas de los periódicos a pesar de las millonarias intervenciones en el Anillo 1000.

Rubén Ojeda, Wikimedia Commons
Licencia CC-BY-SA 4.0

Y se miraba el alma: en los incendios que tontamente se producían en la ciudad, ya fuera por las pelusas de los chopos americanos -que se están sustituyendo, así que cuando ella ya estuviese muerta sus nietos podrían andar en bici sin atragantarse en primavera- o por la basura en Villa Julia, ese bonito edificio de la calle Zúñiga que alguien pensó en rescatar como centro comercial cuando ya a la ciudad le salían los centros comerciales por las orejas de unos ciudadanos que no llegaban a fin de mes. Y cruzó los dedos por que en agosto no llegasen a bosques y pueblos los fuegos de verdad.

Árboles y raíces

Y el alma torció un poco el cuello para poder mirarse en el cedro de la plaza de San Andrés, frondoso como su tocayo del Líbano pero escorado como el borracho que se apoya en la farola (justo el pie de una farola parece el rodrigón metálico que le han puesto para que no se caiga contra la torre de la iglesia). Según dicen los expertos, la culpa la tiene ese agua, tan abundante y tan a mano, que hace que muchos árboles urbanos no ahonden sus raíces, sino que se les vaya la fuerza por la copa, lujosa y fantasmona, pero vulnerable al primer viento.

Cedro de la plaza de San Andrés

Grupo Bioforge de la Universidad de Valladolid
(foto tomada de su web)
Asombrada por esa semejanza de los árboles con los humanos, se dijo que el Grupo Bioforge de José Carlos Rodríguez Cabello no tenía ese problema; al contrario, era como la encina, dura y leñosa, con raíces profundas y fruto cada vez más potente. En esta ocasión, se encuentran en el tramo final del proyecto AngiomatTrain (2013-2017), diseñando nuevos materiales capaces de inducir la generación de nuevos vasos sanguíneos que puedan devolver el suministro sanguíneo, y por tanto su función, a los tejidos dañados por la isquemia -por ejemplo, por un infarto de miocardio, un accidente cerebrovascular o una colitis isquémica-.

Escuela Internacional de Cocina
Universidad europea Miguel de Cervantes. Foto: Vallafotos, Wikipedia

Sin embargo, esta misma similitud la llevaba a interrogarse por la naturaleza de otros dos árboles educativos de Valladolid: la Escuela Internacional de Cocina, que en estos últimos días respira aliviada por el acuerdo de la Cámara de Comercio con la Consejería de Economía para refinanciar el pago de la deuda de su construcción -que había llegado a poner en peligro su supervivencia- y que desde el primer momento de su creación exhibió el follaje de sus cursos cortos y jornadas con estrellas internacionales, pero de la que nunca se supo hasta dónde llegaban las raíces de una formación estable sólida -en el replanteamiento de su actividad que este acuerdo significa tiene una nueva oportunidad-. Y la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que el sábado 4 de junio celebraba la graduación de unos 250 alumnos (261 según el titular de la nota de prensa de la propia UEMC; 245 si se sumaba el desglose por titulaciones; 263 sumando a los 18 de la universidad de la experiencia de las dos Medinas), que, ataviados con las becas de los colores de sus titulaciones, sí parecían frondosas ramas y flores, algo más exiguas que en años anteriores, lo que hacía preguntarse si en este tiempo de crisis y escaseces estarán sabiendo encontrar el camino de las raíces hacia algún filón de agua profunda.

El agua en el que el alma no quería mirarse -tenía miedo de encontrarse con el viejo monstruo de la avaricia- era el que reflejaba los árboles de Lauki y de Dulciora, que estaban siendo talados delante de nuestras narices... y de nuestra impotencia.


martes, 31 de mayo de 2016

Subirse a la nube...

Salto y poblado de Saucelle
Prefirió no pensar que quizás se encontraba absolutamente sola en todo el poblado en medio de la noche. A lo mejor quedaba alguien en la casita de recepción, se dijo, a pesar de haber oído marcharse al único coche que se veía en el aparcamiento. "Todo bien. El viaje corto y el paisaje una maravilla", escribió por whatsapp a su marido antes de abrir el libro donde lo había dejado la noche anterior y seguir leyendo la roja cosecha de sangre y fatalismo de Dashiell Hammett mientras las estrellas y la luna iluminaban este puñado de casas en el que antaño vivieron los obreros de la presa de Saucelle y, un kilómetro aguas abajo, la bucólica posada rural en la que ahora dormían sus amigos. Hubiera hecho falta una habitación más, así que ella, como organizadora de la excursión, se había prestado a desplazarse al poblado  fingiendo una despreocupación y una soltura que estaba muy lejos de sentir.
Casa rural junto a la desembocadura
del río Huebra en el Duero

Caseta de cabrero en una majada de Aldeadávila
de la Ribera

Pozo de los Humos en Masueco.
Foto: Mercedes Arranz

Barca en el Duero, en Freixo de Espada à Cinta

Así comenzó un viaje de tres días al paraíso de Las (Los) Arribes del Duero en el que sus pulmones se llenaron de aire limpio, sus ojos de cascadas, presas, montañas, nubes, águilas, buitres y cigüeñas negras, y su cabeza de historias sobre la construcción de los saltos del Duero, sobre las personas que vivieron y murieron en ese empeño, sobre los cabreros que habitaban en los riscos y de noche pasaban cargamentos de contrabando con Portugal para ganarse la vida; y, entre grandiosidad de miradores y paz silenciosa de paseos en barca, todavía quedó tiempo para acercarse a la Feria del Queso de Hinojosa y encontrarse allí, en un stand como una isla extraña entre puestos de queso y miel y templetes para bailes regionales, cuatro ejemplares clonados de su mismísima bici: era un mudo reproche de la gemela que esperaba abandonada en el garaje de su casa mientras ella andaba de pingo por cumbres y collados.

A la vuelta de ese puente del uno de mayo, Valladolid fue tomada por las nubes, que decidieron quedarse a vivir todo el mes en este valle, celebrando cada mañana una manifestación y cada tarde una fiesta. Hoy mismo, a ella y a su bici les acompañaba una pandilla variada y jaleosa; la jefa del clan, una nube gorda y morena, se tiró un pedo sonoro, y las de alrededor se meaban de la risa (ya ves, no eran los ángeles los que se hacían pis cuando llovía) en una lluvia juguetona que paró enseguida para dejar paso al cambio de viento y a las formas locas del resto de las nubes, que se pusieron a jugar al escondite, al "tú la llevas", y que se despelujaron imitando a cantantes de rock con tupés desmesurados. Ella se dejó llevar por ese aire de fiesta irreal, del que eran cómplices hasta los documentales de TVE2, que la recibieron, ya duchada y almorzada, con unas justas guerreras entre dragones de Komodo cubiertos por su cota de malla.


Pero no era solo ella, sino toda la ciudad, la que festejaba las aguas de mayo como presagio de una buena cosecha: se lanzaron los pucelanos a caminar bajo los nubarrones recaudando fondos para Asprona, a correr en la media maratón universitaria o a empaparse en la Carrera de la Ciencia; y no pudo faltar la formulación económica e informática del protagonismo núbeo, a cargo de José María Zamora, director de Microsoft Ibérica, quien aseguró a los estudiantes de Económicas que las pymes debían subirse a la nube si querían crecer.

Y era cierto, se dijo. Pensándolo bien, en la nube encontró ella la posada rural, el poblado de Saucelle, los land rover que les llevaron por los innumerables miradores y observatorios de aves, los pasajes para el crucero fluvial y hasta los restaurantes en los que comieron, distinguiéndolos de otros mil parecidos por las opiniones de viajeros anteriores también colgadas en la nube. Mira por donde, a pesar de los innumerables reproches de Sor Raquel hace cuarenta y tantos años, resulta que no era tan malo estar en las nubes, siempre que no fuera en una llamada Inopia.

... escapar a la luna...


Uno de los pocos días en que las nubes dieron tregua -y el pronóstico meteorológico prometía otros dos o tres días de secano- hizo de tripas corazón, se colocó la mascarilla que tanto la agobiaba al respirar, y ayudó a su pareja a fumigar el manzano, el peral, el ciruelo y el cerezo. Nunca se había sentido agricultora ni hortelana  -no se encontraba cómoda manipulando a la naturaleza para que le diera de comer-, sino más bien paseante pijo-romántica, de las que imaginaban que dejando los árboles a su libre albedrío se formarían jardines salvajes y misteriosos. El trajinar para la supervivencia era cosa de parias hiperactivos o de explotadores egoístas; lo suyo -y lo de todo idealista que se preciara- era la contemplación filosófica y la crítica de la razón pura, con permiso de Immanuel Kant.

En cierta forma, se encontró retratada pocos días después en el proyecto que unos estudiantes y su profesora habían diseñado para participar en el concurso Odysseus con un asentamiento lunar, a modo de comuna utópica, en el que no faltaba detalle para una convivencia teóricamente más humana. Y se acordó de una canción que también les enseñaba Sor Raquel -¿o sería Sor Anunciación?- en parvulitos y en primaria, en la que se glosaba la aventura de los niños del colegio de Santa Juana, que se proponían construir un barquito de vela "para vivir en el centro del mar, porque ya no se puede vivir en la tierra" -decían, angelitos, sin saber que esa pretendida canción protesta de los niños cristianos frente a un mundo errático en realidad era una versión de La bella Lola cantada por la marina mexicana en momentos de farra-.

... o producir un poco de luz


Se cumplió el pronóstico meteorológico para los días siguientes. El jueves 19 de mayo, pedaleando hacia casa a la hora de comer, se dio cuenta de que habían desaparecido casi todas las nubes. Quedaban unas poquitas, dispersas por el cielo como los turistas misántropos se dispersan por la playa en temporada baja, o como las marujas de horario descolocado -como ella misma- deambulan por pasillos desiertos de supermercado a las tres y media de la tarde. Inspiró hasta el fondo el aire sosegado, metió las compras en la mochila, y, mientras colocaba en la bici el faro delantero y el piloto trasero que había quitado al aparcarla, se dio cuenta de que quizás sí había estado sola en el poblado de Saucelle aquella primera noche de Las Arribes; eso -las luces- fue lo que hubo de distinto en las dos noches siguientes, los faroles de las otras casas señalando el hálito de la compañía cercana.

Quizás esa fuera la alternativa a las distintas formas de escapismo: empeñarse en producir un poco de luz. Ya fuera poco a poco, como ella con los pedales transmitiendo la energía a la dinamo de los faros -como Jiménez Lozano, que todos los años se reúne con los alumnos del instituto que lleva su nombre para abrirles horizontes a la sabiduría; como los chicos de Asalvo, recaudando fondos mediante conciertos para dar de cenar cada semana a los que se acercan al arco de ladrillo al calor de su compañía; o como el IOBA, poniendo la luz de su investigación certera donde la irresponsabilidad de un medicamento mal realizado ha ido produciendo ceguera-; o a lo bestia, como esas obras faraónicas de las presas y los saltos de las Arribes, a los que parece que quieren emular quienes proponen cambiar las estructuras de toda la sociedad para que la riqueza se reparta mejor -aunque, por lo visto y oído, no sé si tienen tan claro el proyecto y los planos de todo el tinglado como las obras de ingeniería de las centrales hidroeléctricas-. 

Órgano barroco. Iglesia de Fermoselle

Cristo yacente. Iglesia de Fermoselle
 
No se sabe si por esos pensamientos lumínicos en los que se debatía su pedaleo o por el sol de las primeras horas de la tarde, pero el caso es que se puso apocalíptica -literalmente- y le vinieron a la memoria las palabras que llamaron su atención el primer día de mayo, mientras contemplaba el órgano barroco y otras obras de arte de la iglesia de Fermoselle, y el cura leía con voz potente un pasaje del Apocalipsis en el que se decía que la ciudad brillaba cual piedra preciosa y jaspe traslúcido -como esas fotografías de la NASA en las que se ve el país entero con sus ciudades iluminadas-, pero que no necesitaba lámparas que la alumbrasen porque su luz era la justicia; o el amor; o Dios. O algo así.

Fotografía: NASA's Earth Observatory

viernes, 1 de abril de 2016

Sonido y significado, percusión y armonía

Como una pesadilla. El claxon de un camión sonando ininterrumpidamente durante dos larguísimos minutos (hubiera jurado que se trataba de un accidente grave y no de la descarga de mercancías en un hipermercado) y el estruendo ensordecedor de los sopladores de hojas de los jardineros municipales toman posesión de mi cabeza, atrapada en el casco, y vuelvo a sentirme presa de la agitación que anoche me impedía conciliar el sueño después de ver La gran apuesta. Pasar dos horas y tres minutos sumergida en una batahola de sonidos a volumen desmesurado y de rápidos movimientos de cámara en planos trepidantes, como una orgía de estrés de la que no se puede escapar, hace vivir en primera persona la tensión y la euforia -culpable, recuerda Brad Pitt, pero qué importa- de unos cuantos inversores que se hicieron ricos con la crisis económica mundial de 2008 por haberla visto venir. Justo el antónimo del descanso bucólico que inconscientemente busco en la pantalla.

Pero pronto el susurro manso de la lluvia y otra euforia más pacífica -la de mi propio esfuerzo al pedalear- me devuelven la calma y continúo mi ruta diaria contra la corriente del Pisuerga y a favor del viento suroeste: esquivando los perros de Arturo Eyríes que tanto aman al carril bici; cubriendo mi turno para paliar la soledad del Beatus Ille (es el nombre que le he puesto al paseo que bordea los campos de fútbol y los chalets del Palero desde la avenida de Medina del Campo hasta el Museo de la Ciencia, no solo por ser escondida senda que acaba en las estatuas de Einstein y Pío del Río Hortega, sino porque a su lado serpentea la calle del doctor Sánchez Villares, que también pertenecía a la tribu de los pocos sabios que en el mundo han sido); y así, embarcada en esa nube de hipnosis acuática entre la lluvia y el río (que mezcla en mi cabeza las imágenes reales del parque Juan de Austria con la isla de enfrente recreada por Rubén Abella en Baruc en el río; la de su mendigo imaginario con el recuerdo de una chabola real junto al puente de Adolfo Suárez; y que pone como banda sonora de mis recuerdos los tambores y trompetas de las cofradías cuando paso por la Rosaleda y por el parque Ribera de Castilla, ahora que ya están encerradas en un polígono industrial), llego hasta la paz confortable de la biblioteca de la Rondilla.

Parque de Aventuras Juan de Austria
Einstein junto al Museo de la Ciencia
Allí, mientras arranca mi portátil, contemplo con envidia a un técnico de antenas subido en un tejado altísimo: seguro que allá arriba el viento en la cara, la sensación de libertad y la distancia me harían más llevadera esta cuaresma de diálogo de sordos en que nos ha metido el resultado de las elecciones del 2o de diciembre.

Atemperar los metales para que se oigan las voces armonizadas

Al bajar la mirada, encuentro en la pantalla la explicación a todas las cavilaciones que me han ocupado y desconcertado en los dos últimos meses. Lo dice Jordi Casas explicando el último experimento de los coros de Castilla y León con la Oscyl: "Se trata de una versión especial de La Creación de Haydn, en la que el director, Leopold Hager, utiliza sacabuches y trompas naturales para atemperar el sonido de los metales, y modera el volumen de la orquesta para que se oigan las voces, no tanto la pronunciación como la aliteración".

Voces y metales en un concierto reciente
Así que me pregunto si no podrían los líderes de los partidos moderar un poco el ruido de los metales para escuchar lo parecido que pueden pronunciarse los distintos conceptos de democracia que tiene cada uno, y así conjugar el acento de unos en la libertad, de otros en la igualdad y de algún tercero -tímido- en la fraternidad, como ya se hizo hace treinta y ocho años, para organizar un país decente. Pero no, siguen los instrumentos más ruidosos -en nuestro caso es más bien la percusión- pronunciando con furia visigótica su colección de oclusivas sordas (corrupto, populista, hipócrita), que cualquier día nos revientan la glotis al salir y los tímpanos al entrar. Porque lo importante parece ser demostrar a cuál de las dos españas, resucitadas como momias malolientes, pertenece cada uno; como si en la pertenencia al grupo de "los buenos", o peor, en el odio hacia "los malos", estuviera la solución a problemas tan complejos como el paro, la desigualdad creciente, una educación bastante desvencijada, una sanidad en equilibrio inestable entre el recorte y la falta de sostenibilidad, o la tragedia de cientos de miles de refugiados con los que no sabemos qué hacer.

Antes de emprender el camino de vuelta, paso un buen rato contemplando las series "Presencias" y "El caballero de la mano en el pecho", de Sofía Gandarias (la pintora vasca que fue Caballero de las Artes y las Letras de Francia), asombrándome de lo parecidas que son las manos y las miradas de las personas, a pesar de tan distintas; y de encontrar en otro artículo el eco de mis pensamientos, mejor expresados por Antonio Muñoz Molina, clamando por que los defectos de nuestra democracia no nos lleven a deslegitimarla ni a olvidar la diferencia -radical, no hace falta que nadie se lo explique a quien conoció el franquismo- que hay entre la libertad y la dictadura. Todo me parecen aliteraciones borrosas, como la llovizna, que no dejan brillar la nitidez de las grandes ideas redentoras, pero que nos hermanan en sus perfiles desdibujados, sin aristas.

Salmodias, letanías y tablas de multiplicar: se van los "nobis"

Otros dos meses han pasado desde aquellas mañanas de lluvia refugiada en los suaves colores de la biblioteca -madera clara de las mesas y gris de los anaqueles-, fundidos con el gris de las nubes a través de los ventanales. Y ha seguido lloviendo, pero mi fe en el valor conciliatorio de las aliteraciones armónicas se ha ido debilitando a medida que las repeticiones de sonido se han convertido en salmodias o mantras, como las tablas de multiplicar, de las que nada importa el significado. Mejor dicho, no han servido para relativizar las aristas en pro de acuerdos y cercanías descubriendo lo común, sino todo lo contrario, para fijar obsesivamente en las cabezas, vaciándolas de sentido crítico, las cuatro ideas simples que hay que tener listas para el enfrentamiento: para no olvidar que lo importante son los bandos y saber claramente cuál es el nuestro.

Durante este tiempo, Chris Tuan ingeniero de la Universidad de Nebraska, ha estado poniendo a punto un asfalto que derretirá el hielo impidiendo que los aviones se retrasen en los despegues o que los coches resbalen en invierno (¿qué invierno?, me pregunto este año que no ha habido);  y más cerquita, en Valladolid, el IOBA ha probado con éxito un implante que puede solucionar muchos problemas a personas sin globo ocular; Lactalis anunció que desmantela Lauki y Mondelez que cerrará Dulciora en 2017; y Renault negocia con sus trabajadores para ver si la factoría de Valladolid es digna (es decir, barata) de acoger una planta de fundición de aluminio inyectado. Pero nosotros seguimos solo pendientes de la evolución sintáctica, subordinada condicional, de los pactos perifrásticos (que habrán de ser o no).

Jour de pluie à Paris. Gustave Caillebotte.
Foto tomada de Wikimedia
Esperando el dos de mayo, sigo pedaleando cada día bajo una lluvia que nunca llega a ser como la de Pablo Guerrero (sería estupendo conocer la medida exacta de los cántaros necesarios para limpiar el aire sin provocar los destrozos y el lodo de las inundaciones), y viene a mi memoria la pregunta que se hacía mi amiga leonesa Inma cuando era pequeñita y escuchaba rezar el rosario en la radio de su casa. Decían las letanías "ora pro nobis", pero ella entendía "se van los nobis". Y cuenta que nunca se preguntó quiénes eran los nobis, sino dónde se iban, ya que tanto insistían en ello todas las noches. Quizás eso es lo que nos ocurre, que no nos preguntamos quiénes somos, pero oteamos el horizonte para ver si alguien nos lleva a alcanzar alguna ignota meta de bienestar.

Mientras, la llovizna suave, biselada por el viento, bisbisea sibilante: "se van los nobis, se van los nobis..."

sábado, 1 de agosto de 2015

Arpas y trompas, nidos y soledades

Resultaba gracioso sorprenderlos así al entrar en la cocina: dos hombres barbados con cara de niños en pleno asombro, grotescamente inmóviles, congelado su movimiento en mitad de un paso, y con la mirada absorta en un punto al otro lado de la ventana. Ni mi hija ni yo andábamos muy despejadas al empezar esa mañana de domingo, pero la actitud de ellos era un claro mandato para situarnos alerta y en silencio, moviéndonos despacísimo hasta llegar a descubrir  el objetivo, que no era otro que un gorrión con una ramita en el pico –más grande que su cuerpo entero- haciendo viajes al interior del durillo de nuestro jardín; de allí salía al cabo de un momento con el pico vacío, y vuelta a empezar. Nos tuvo un buen rato hipnotizados a los cuatro, contemplando sus transportes y con pena de no poder ver el nido a través de las ramas frondosas del arbusto.

Tampoco los días siguientes me atreví a revolver entre las ramas -me daba miedo que la madre extrañase a las crías si notaba la intrusión-, pero desde esa mañana una parte de la vista y del pensamiento se me han independizado y, mientras yo pedaleo un día y otro la avenida de Salamanca, la orilla del río o la plaza del Milenio, ellos andan localizando nidos y tirándome de la manga: "Fíjate, uno gigante en un árbol diminuto"; "mira, un mirlo camuflado de perfil entre las ramas sin hojas de un plátano enfermo; ¿dónde tendrá el nido?" "¡Hala! -gritaron un viernes al llegar al pueblo-, este año hay mogollón de golondrinas volando y los aleros están llenos de nidos". Y yo me hago a esa música de curiosidad ornitológica que termina impregnándolo todo: me dan pena los eventuales que tras las elecciones municipales y autonómicas andan desalojando los nidos que habían elaborado durante años -algunos no me dan tiempo de sacar el pañuelo para las lágrimas y ya están situados en mejor destino-; observo con interés la prisa con que los nuevos ocupantes del nido consistorial (Saravia en cabeza, Puente al rebote) marcan sus diferencias con los anteriores, el cabreo de Trebolle, que ve otra vez alejarse en el horizonte la solución a su colección de nidos, y el órdago al punto de los ocho millones de euros por el Salvador con amenaza expropiatoria; me indigna que los bancos sean en Valladolid los principales morosos de los nidos que se han apropiado precisamente porque sus dueños eran morosos (¿no habría manera de desahuciar a los bancos por impago?); y me entristece la soledad y desamparo en que mueren por un desierto lejano bandadas de pájaros humanos que dejan sus países buscando un nido donde poder instalarse y sacar adelante a sus crías; son como esas aves migratorias que todos los años recordamos el segundo domingo de mayo, pero sin documentales que nos narren su frustrada hazaña en la hora de la siesta.


La parcela entre Villa del Prado y Girón y el proyecto ganador
del concurso del Campus de la Justicia

Calendario de soledades sonoras

Como todos los años, marqué algunas fechas en el calendario de mi móvil en cuanto tuve el programa de la feria del libro de Valladolid (el 27 de abril, encuentro literario con David Trueba, el 28 con Julio Llamazares y el 3 de mayo homenaje a Agustín García Simón), pero, también como casi todos los años, los planes se me torcieron y tuve que conformarme con escucharles a través de sus personajes y no en persona. Y así fui paseando las soledades perdedoras de Leandro, Aurora, Lorenzo, Sylvia y Ariel (personajes centrales de Saber perder) por el carril achicharrado entre Arturo Eyríes y Parquesol a las tres y media de cada tarde de este mayo incandescente. Allí me encontraba con otras soledades insignes -Zorrilla, el conde Ansúrez, Delibes o Cervantes- que iban tomando forma bajo el pincel o el rodillo de alguno de los ilustradores de Nos comen los nipones que se turnaban al mediodía para terminar de pintar el muro desde un andamio solitario a punto de derretirse. "Peor era esta mañana -me dice Jorge Consuegra mientras termina de pintar la cara de Delibes- cuando el sol me cegaba; ahora hay algunas nubes que traen incluso un poco de frescor".



Algo parecido al frescor -más intenso quizá- encontré pocos días después, el 22 de mayo, en un concierto de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. No en la viola, que es para la que Berlioz compuso Harold en Italia, sino en un diálogo solitario y enamorado entre el arpa y una de las trompas al final del segundo movimiento, que me hizo olvidarme de todo lo que me rodeaba y me recordó que así es como empieza todo lo importante en la vida: reconociendo en otra persona -a veces en una afición o en una profesión- esas notas que son como un eco del latido del propio corazón, que se acoplan a las vibraciones del alma y la impulsan a hacer algo único, a emprender una vida propia con ese tesoro secreto, compartido por unos pocos amigos, ignorando todas las corrientes que empujan hacia una existencia general estabulada.

Grupo de Música Antigua de la Universidad de Valladolid
en el concierto de fin de curso. Foto: Carlos Barrena
El arpa. Nunca le había prestado mucha atención a ese instrumento, pero de nuevo el 30 de mayo Xavier Maistre, en otro concierto de la Oscyl, volvió a lograr la magia: liberadas por sus manos -a veces sutiles, otras casi violentas- y sin caja de resonancia que las constriñera ni orientara, las notas volaban por todas las esquinas de la sala (unas a mi espalda, otras de frente o dando la vuelta y haciendo cabriolas a izquierda y derecha) llenando el espacio de color y de alegría. Y así es como contemplé la vida durante la primera quincena de junio, descubriendo gente que se dedica a hacer cosas geniales con su soledad sonora. Entre ellos, el Grupo de Música Antigua de la Universidad de Valladolid, que nos volvió a recordar, el 12 de junio, en un inolvidable concierto de fin de curso en el Palacio de Santa Cruz, el verdadero y sencillo significado de la palabra excelencia, tan sobada por la mediocridad reinante en muchos ámbitos -tanto que a punto estuvo de estropearme esa quincena un amago de vómito al contemplar una ortopédica soflama publicitaria elevada al rango de tesis doctoral-. También entre los geniales, Leonardo Padura, que el día 10 de junio conseguía el Premio Princesa de Asturias de las Letras, y que ha llenado mi mochila de emoción con sus cuentos de Aquello estaba deseando ocurrir, en el que su maestría de narrador se coloca en la voz y en la mirada de protagonistas muy diferentes, que unas veces triunfan y otras sucumben, pero que siempre viven su apuesta singular.

La paloma y la tormenta

Casi llegaba al final de ese libro el domingo 14 de junio, y las nubes negras de la tormenta inminente acompañaban las palabras tristes de la primera mujer del suicida Raimundo Manzanero ("Yo me imaginaba que un día iba a hacer esto. No se puede vivir pensando que uno podía ser distinto"), que yo rumiaba mientras pedaleaba, también a las tres de la tarde, por la calle Magallanes. En el semáforo del cruce con Puente Colgante acentuaba la sensación de tristeza tormentosa una paloma solitaria posada en el brazo del semáforo, recortada su figura contra la negrura amenazante de las nubes y sobre la luz roja que negaba el paso. A los dos días, esa tormenta negra de tristeza nos despertó a todos con la muerte de José Antonio Gil Verona, quien quizás llevaba tiempo viendo en rojo todos los semáforos de su vida y sintiendo que nadie le ofrecía el apoyo de una rama amable donde posar su vuelo fatigado.

Mientras regreso a casa esta tarde para comenzar las vacaciones, me persigue por el carril bici una lata vacía impulsada por el viento, como un remate de metales chirriantes para este mes de julio en el que el libro de Julio Llamazares Distintas formas de mirar el agua ha vuelto a colocar el foco sobre la soledad y la pérdida. Pero yo me resisto: aprovecho el mismo impulso que arrastra a mi perseguidor, doy esquinazo a la lata del mal fario y preparo la cena cantando con la ventana abierta para que me respondan el gorrión del viburno de nuestro jardín y otros pájaros cercanos que desconozco y a los que pongo los nombres que acabo de leer en un informe sobre mi antiguo barrio de Pajarillos (periquito, colibrí, marabú, papagayo, cóndor, zorzal, paloma, cuclillo, oropéndola, calandria), referido al polígono 29 de Octubre, en el que también están en juego 570 nidos del este de Valladolid. La mitad de ellos, nidos de calés, pero de eso hablaremos otro día.