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jueves, 30 de marzo de 2017

Los Reyes Magos, Cenicienta cutre y unas sandías realistas

Era víspera de Reyes, y todavía no tenía las partituras de guitarra de temas de los Beatles que pensaba regalar a nuestros hijos –para que las tocasen para nosotros, claro, que para eso invertimos altruistamente en el conservatorio-. Así que cogí la bici en el rato del desayuno y salí corriendo para la plaza Circular, sorteando como pude, en la Acera de Recoletos, a la cabalgata de los Reyes Magos de Asaja, que, como todos los años, quería entregar su carbón al personaje que más había fastidiado al sector del azúcar en 2016. En esta ocasión el dedo de la infamia señalaba al ministro Montoro.

Algo debería haber sospechado, no sólo en ese momento, al ver la escasez y desánimo de manifestantes y el casi tedio de los periodistas que la cubrían -un año más, los mismos temas, los mismos villanos, las mismas fotografías-, sino, sobre todo, en los días posteriores, al darme cuenta de que avanzaba el invierno sin que hubiera caído un solo copo de nieve: no tenía pinta de ser un año de bienes.

Pero me despistaban las señales contradictorias que me fueron soltando las lunas llenas, menguantes, nuevas y crecientes de enero y febrero, entre las que abundaban las buenas noticias: los autónomos veían una oportunidad de sobrevivir e incluso de no tener que despedir a más empleados; los bancos comenzaban a devolver la cláusula suelo; se alegraba la plaza de SanBenito con el éxito de los gastrobares del Mercado del Val; Michelin anunciaba que iba a reforzar su factoría de Valladolid con una inversión de 25 millones de euros; y -¡casi se me olvida!- hasta florecían algunos carteles en el margen derecho de mi vuelta a casa, anunciando la aventura de constructoras intrépidas que se atrevían a poner cimientos (bueno, de momento anuncios, no exageremos la euforia; los cimientos quizá lleguen en unos meses).


Sin embargo, todas ellas tenían su parte de sombra o subrayado grisáceo: esos mismos autónomos se quejaban del IVA gigante y de la morosidad de Administraciones y empresas -te compran, pero quizás te paguen cuando ya hayas quebrado-; los bancos, que con la mano derecha devuelven las cláusulas suelo, con la izquierda escondida tras el monitor te hacen una higa a la vez que teclean la subida de intereses de los préstamos (quien tuvo retuvo). Es como si los reyes magos de este año vinieran para niños desengañados, que ya saben que quienes hacen los regalos son unos padres con la ilusión más apolillada que su cuenta corriente.

Cenicienta ya no viaja en carroza principesca, sino en el Búho de la resaca

Área central del Plan Rogers (foto del dossier el Plan)
Y por si esa grisura no fuera suficiente, irrumpió en escena el verdadero protagonista de la cuesta de enero -y de febrero, desbancando a José Zorrilla del trono de su centenario-: el soterramiento que pudo haber sido y no fue (arrepentimiento que escribió la mexicana Consuelito Velázquez y lo han ido cantando desde hace ochenta años Antonio Machín, Chavela Vargas, Los Panchos, María Dolores Pradera, Diego El Cigala & Bebo Valdés y otros tantos). Mientras los vecinos de Pilarica reclamaban algún avance en el paso subterráneo de la plaza Rafael Cano -eso será lo único que se soterre en Pucela durante mucho tiempo-, Adif se apresuraba a dejar claro que renegaba de Rogers, llevando la contraria a aquellas previsiones que el ayuntamiento anunciaba el otoño anterior, de “trocear” en siete pedacitos el plan del soterramiento para ir llevándolo a cabo durante los próximos siete milenios.

Pocos días después, pleno municipal extraordinario sobre el tema, donde todos los grupos aprovecharon para rasgarse las vestiduras esparciendo culpas con un botafumeiro centrífugo -que nunca salpica el sobrepelliz del sacristán que lo bambolea-; y, a partir de ahí, lamentaciones de vecinos, arquitectos y empresarios de Valladolid, que después de haber seguido desde hace treinta años este cuento de la lechera de amigar al tren con la ciudad, ahora se tendrán que conformar con reunir en un envoltorio con lazo el libro de Basilio Calderón y José Luis Sainz Guerra sobre el soterramiento, el dossier del plan Rogers y los cientos de recortes que han ido ilustrando cada paso del proyecto; con ello podrán organizar una cumplida segunda edición de la exposición de proyectos frustrados que se celebró hace tres años en el Archivo municipal: “Valladolid Soñado. Imágenes de la ciudad que casi existió”.

 Era la vuelta a la realidad de túneles oscuros y pasarelas feas después de haber soñado con una ciudad glamurosa, sin barreras entre barrios ricos y pobres, para que entre ambos pudiera pasearse la carroza del príncipe y Cenicienta. Así me lo confirmó en la mañana fría de ayer, cuando pasaba con la bici hacia el curro, un zapato sucio que me llamó desde su abandono en la marquesina del autobús. Cenicienta sigue olvidándose un zapato, pero ni es de cristal ni lo pierde en la fiesta del príncipe, sino que es de polipiel cutre y se le salió al trastabillar bajando del búho después de una noche de copas. Quizás lo encuentre y la busque para devolvérselo el príncipe al uso, socio de una pequeña empresa de mensajería en algún polígono industrial, que coincidió con ella en la barra del bar de la cogorza, y que la va a llamar no para desposarla en su palacio y ser felices for ever, sino para hacerle un contrato de 800 euros al mes durante medio año con posibilidades de prórroga. Menos da una piedra.

Unas sandías realistas: la magia de la emoción

Desde que he cambiado de portátil (el anterior sobrevivió valientemente casi nueve años, e incluso ahora me sirve de android para la tele), Windows 10 me recibe cada día con un fondo de pantalla diferente de una colección bastante guapa. Hoy mismo, con un campo de lavanda y el texto que proclama: “400 gramos de estas aromáticas flores costaban el sueldo de un mes en la antigua Roma. El precio puede haber bajado, pero la fascinación permanece”. Y sonrío, porque justo fascinación es de lo que iba a escribir ahora que vengo de visitar la exposición de los realistas en el Museo Patio Herreriano.

Retrato de Anabela (de Isabel Quintanilla)
Ya daba pistas Isabel Quintanilla en una entrevista que leí para ponerme en contexto: “Tengo siempre lo mismo alrededor, pero un día subo por la escalera y veo que la luz entra de una manera y en ese momento me emociona y lo pinto”. Y es lo que ocurre en esta exposición: las estaciones de tren y puertas de tiendas antiguas de Amalia Avia; las esculturas de Julio López y de Antonio López; los jardines de María Moreno y de Isabel Quintanilla; las "Esperanzas" y los "Francescos" de Francisco López; y, sobre todo, la variedad inmensa de emociones de Cristóbal Toral, que lo mismo hace casi llorar con sus soledades de maletas pobres en calles oscuras que rompe los moldes de la alegría con bodegones de rábanos y sandías que echan a volar; todo en ellos ha vuelto a llenar de emoción las paredes del museo, que empezaban a mostrar algunos desconchones, como si a la falta de director se uniera la ausencia de norte y de empuje.

Bodegón con sandías (Cristóbal Toral)

Desnudo de mujer recostada en la cama (Cristóbal Toral)

Bodegón con periódico (Esperanza Parada)

Hospital (Francisco López)

Esperanza caminando (Julio López)
Estación de Atocha (Amalia Avia)

Busto de Mari (Antonio López)

Carmen (Francisco López)

Jardín de infancia (María Moreno)

Está claro: ni los Reyes Magos ni el príncipe de Cenicienta. Mañana, sin falta, empiezo a estar al loro para descubrir en cualquier esquina esa magia de la emoción -ahora mismo parece que asoma en esta versión que tanto me gusta de En donde estés, de Pereza- y me pongo a transformar el mundo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuatro gotas (lluvia, gasolina, alegría y libertad)

Iba yo toda chulita, pedaleando sin manos en el frescor de la mañana, dispuesta a empezar un día de trabajo en el que el aire, por fin, olía a la lluvia anunciada en las previsiones meteorológicas. Entré en la rotonda de la avenida de Salamanca y, nada más incorporarme al carril bici, a punto estuve de perder el equilibrio sobre el sillín, del susto que me llevé al ver el tótem de la estación de servicio marcando 1,47 euros el precio de la gasolina de 95 octanos (pocos días después lo vería a 1,49).


Otto, Fritz y telarañas en los guardabarros

Hasta ese día, el tótem de los precios me recordaba cada mañana uno de los chistes que contaba mi padre siendo yo muy pequeña. "Otto, hoy he ido al trabajo corriendo detrás del autobús y me he ahorrado dos pesetas". "Eso no es nada, Fritz, yo he corrido detrás de un taxi y me he ahorrado treinta y cuatro". Y sonreía pensando que todas las semanas era casi un céntimo más rica por cada litro de gasofa no consumida. Pero el viernes pasado, cuando empezaba a aplicarse el céntimo sanitario, la subida repentina de ¡cinco! céntimos el litro no me trajo a la memoria ninguna gracia tipo Lepe, sino la imagen clara de una familia en paro del barrio de la Victoria, donde me hospedaba en mi primer año de vida en Valladolid, que solo cogía el coche en las fiestas de guardar para acercarse al pueblo a ver a los abuelos. Pensé que ahora serían muchas las familias que tendrán telarañas entre las ruedas y los guardabarros del coche.

Subir hasta las nubes para empujar las gotas una a una

Y así comenzó una semana de sabor un poco triste, en la que todo lo que me rodeaba parecía formar parte de una cadena de trabajo con mucho esfuerzo y poco fruto a la hora de sacudirse esta crisis que acogota el ánimo además de la economía. Esa misma noche, con la tormenta ya en todo su esplendor, un grupo de amigos de una asociación cultural intentábamos combatir con un impulso del ánimo la murria que nos producía la ausencia de más compañeros que de costumbre en esa cena anual, en la que la conversación de las distintas mesas rondaba sin remedio el tema de la crisis, aunque los más optimistas la desviaban hacia la aparición de la lluvia que tanta falta hacía para campos, salud y limpieza del ambiente.


Pero hasta la lluvia (que desapareció esa misma madrugada igual de rápido que había llegado, sin dejar más rastro que una docena de charcos) parece negarnos su favor, o repartirlo con una escasez morosa y reticente. Es como si hasta el agua que necesita la planta de nuestra economía nos la tendremos que ganar subiendo con una escalera hasta las nubes para empujar las gotas una a una. Así veo el empeño de los chavales que en estos momentos se atreven a lanzar sus iniciativas en forma de empresas (Isabel Villanueva, con una empresa de apoyo a la mujer en el posparto y el puerperio; Laura Valles y Patricia Rodríguez, con un centro de manicura y pedicura; Pablo Francisco y José Manuel Alonso, forrando de publicidad los coches; o Roberto Abón e Iván Fernández, con un servicio de teleasistencia para personas mayores o víctimas de violencia sexista) y a los que El Norte de Castilla prestará su voz en una nueva sección.

Así veo también la valentía de los comerciantes del Mercado del Val, que han decidido escotar a razón de 60.000 euros por barba para integrarse en el consorcio (cuya constitución se aprobó en el Pleno del Ayuntamiento el día 6 de marzo) de una reforma que convertirá este mercado centenario en un centro de comercio y gastronomía en el centro de la ciudad, dando nuevo lustre a este edificio decimonónico de arquitectura de hierro construido a inspiración de Les Halles de París.

¿De dónde lloverá la libertad?

Guardando el jueves la bici en el garaje, las farolas de mi calle, que empezaban a arrojar una luz tenue antes de que abandonaran el horizonte las últimas ráfagas violetas del atardecer, me parecieron el reflejo exacto de esa tristeza que había acompañado la semana. Sin embargo, a la mañana siguiente, dos almendros apostados entre la maleza que baja de la avenida de Salamanca al meandro del Pisuerga en Arturo Eyríes me enseñaron las flores que este año pensé que nunca iban a llegar (al mediodía parecían haberse multiplicado por diez y esta mañana era ya un escándalo de belleza) y cambió mi percepción de la realidad. Me pareció más posible que este túnel tuviese un final, y sentí una admiración sincera hacia toda esta gente que es capaz de persistir con sus iniciativas en momentos duros, porque creo que son ellos los que, a base de acarrear las gotas de agua desde las nubes, logran empapar la tierra y romper el círculo vicioso de la sequía de ideas y de ánimo. Aunque a veces se encuentren tan solos como los colectivos que expusieron sus trabajos en las Cortes de Castilla y León en la muestra de la Red Europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social.

Solo me pregunto ahora a qué nube podría haber ido Kofi Annan a buscar las gotas de libertad para haber tenido más éxito en el difícil intento de reblandecer los pedruscos de un régimen en el que pueda darse una aberración como las torturas a heridos civiles que denuncia un médico sirio del hospital militar de Homs.