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martes, 21 de febrero de 2023

Cuando escriba este artículo... (II): Canciones, lluvias y un nuevo mundo

Ya me voy haciendo a la jubilación. No sabía cómo sería mi vida allende el trabajo, ya que no me veía yo visitando esa orgía de obras que día tras día nos propone, en un periódico de Pucela, un redactor especializado en primicias de proyectos arquitectónicos y urbanísticos, en primeras piedras y en visitas del alcalde a obras casi terminadas.

Al final, la adaptación ha sido de lo más fácil: desaparecido el destino cotidiano de mi pedaleo mañanero (el trabajo), todo ha consistido en buscar objetivos alternativos hacia donde dirigir la bici todos los días, a ser posible siendo útil. Y la verdad es que, a nada que se busque, existe un sinfín de actividades en las que echar una mano, y para las que, además, hay que prepararse y actualizarse. Así se cumple otro objetivo: se ahorra una matricularse en cursos de prevención del alzhéimer, porque heme aquí, de nuevo, en un frenesí de estudio de Lengua (deixis anafórica y catafórica, elipsis, campos semánticos, isotopía y demás mecanismos de cohesión textual) y de Inglés, como si mi vida hubiera vuelto a ser las siempre vísperas de los exámenes finales de la Facultad, de la Escuela Oficial de Idiomas y de las variadas oposiciones a las que he concurrido en mi periplo profesional.

También debo decir que en esa labor de sustitución de objetivos me ayudó enormemente el banco que gestiona mis pagos y cobros, ya que la meta de los primeros días de mi jubilación fue el aparcamiento de bicis anejo a la única sucursal que ese banco ha dejado abierta en toda la ciudad. Se encuentra a 7 km de mi casa y a ella tuve que acudir con frecuencia dado el nivel de fallos y lagunas de su banca en internet.

Carmen Martín Gaite y el cancionero de Vázquez Montalbán

Más agradable es la meta de la mañana de bastantes jueves (como hoy, 3 de marzo de 2022), que se encuentra en el café Fantoche, donde me reúno con mi amiga Natalia y comentamos la semana a pinceladas. Hoy, no sé cómo, hemos aterrizado en un tema que nos ha dado mucho juego: las letras de canciones; y es que ni ella ni yo soportamos las estrofas tergiversadas o amputadas, que convierten historias apasionantes -a veces trágicas, otras veces llenas de esperanza- en sartas de palabras sin sentido, cercanas al juego de los disparates. Y ahí se sacó mi amiga de la manga -de la nube, a través del móvil- un tesoro que yo desconocía: el artículo Cuarto a espadas sobre las coplas de postguerra, de Carmen Martín Gaite, publicado en el número 529 de la revista Triunfo (18 de noviembre de 1972).


Se refería este artículo al primer volumen del Cancionero general 1939-71, que acababa de publicar entonces Manuel Vázquez Montalbán (Editorial Lumen. Barcelona, 1972). Y se lamentaba la Martín Gaite de los múltiples errores que había observado en las letras recopiladas, que privaban de sentido a tantas canciones importantes en su vida y en la de toda su generación; especialmente, cómo se habían mutilado dos coplas de la Piquer: el Romance de la Otra, eliminando la última parte, precisamente la más desgarrada y dramática, en la que se explica la injusticia que determinó el triste destino de esa mujer; y cómo se había tergiversado una de las últimas estrofas de Ojos verdes, convirtiendo en una retahíla de palabras sin conexión lo que en la letra de verdad era el preludio angustioso de la oscuridad en la que quedaría inmersa la vida de la mujer al marchar de su lado el hombre de ojos verdes, llenos de luz, al que tan breve pero intensamente había amado.

La lluvia y las canciones

El camino de vuelta en la bici está siendo una gozada: llueve a placer después de tantas semanas de sequía (mañana me enteraré de que habrán caído en este día 14,6 l/m2 en Valladolid), y eso me produce una alegría inesperada, como si el agua no solo limpiase el ambiente, sino que también barriese de mi cabeza por un momento la tristeza infinita que siento -sentimos todos- desde que Putin invadió Ucrania. Y me vienen a la cabeza, al hilo de la conversación del café, dos canciones que encontré hace poco, de chiripa (una en YouTube, la otra llegada por Whatsapp), y que me hacen mucha gracia: Amarraditos, cantada por la coral indonesia Infinito Singers; y La cucaracha, interpretada por un coro de jóvenes rusos. Cada vez que los escucho, me asombro de lo bien que pronuncian unas palabras que -se deduce por la expresión de sus ojos y por su ademán- seguramente no entienden en absoluto. Y pienso que ahí está la razón de todos los disparates que en la humanidad repetimos generación tras generación: en que pronunciamos las grandes palabras (paz, justicia, igualdad, tolerancia, amor, respeto, libertad) con una corrección gramatical y una entonación perfecta, como si las entendiéramos, mientras hacemos casi exactamente lo contrario de lo que significan.

Pero dejo de pensar y sigo evadiéndome con la lluvia, que ahora me trae a la memoria la película In the mood for love, llena de lluvia y de canciones; sobre todo, una: Quizás, quizás, quizás. Porque quizás todavía este año, e incluso algunos más, vuelva el agua a pesar del cambio climático, y vuelvan a llenarse esos embalses agrietados en los que ahora asoman los fantasmas de antiguos pueblos sepultados.

Quizás, quizás, quizás

Quizás el próximo 30 de agosto, cuando salga con la bici por los pueblos próximos al mío, me persiga una manta de nubes negras y yo me pregunte si me alcanzará antes de poder guarecerme; aunque no me importará, casi me apetecerá que me pille el agua que se prometerá A cántaros. Además, me iré fijando en la imagen del día: los coches aparcados a la puerta de las casas, que se irán llenando de enseres, y luego de personas, y después se marcharán a sus ciudades -como días más tarde también nosotros nos iremos- dejando todos esos pueblos llenos de soledad bajo la lluvia y el granizo que, sí, ese día caerá con furia justo un poco antes de que yo llegue al cruce de las dos carreteras, y después al Barrio de Abajo y por fin a casa, aspirando el penetrante olor de la tierra mojada.

Quizás el día 19 de octubre tenga cita en la peluquería y me acerque pedaleando en manga corta porque ese día hará un calor enfermizo. Pero a la salida me caerá todo el diluvio encima y llegaré a casa calada hasta los huesos y tiritando de frío porque el viento habrá transformado de repente el verano retardado en otoño de los de antes. Y no me importará, porque eso querrá decir que a lo mejor vuelven a existir otoños e inviernos como los de antes. Y porque una bolsa de supermercado apañada como sombrero habrá salvado mi inversión en la peluquería.


Quizás el 27 de octubre, al pasar por delante de la estación de autobuses, en un atardecer de lluvia que estará remitiendo, nos encontremos, bajo el Arco de Ladrillo, una concentración menguante a favor del soterramiento (¿o más bien se titulará elegía a la muerte del soterramiento?), la única obra de la que no se habla en las gloriosas crónicas del redactor de obras públicas. Quizás porque solo sería una. Que transformaría la ciudad, es cierto, pero solo una que vender y encima no se acabaría para inaugurarla a tiempo de las elecciones. Figúrate, sin terminar y con la polémica que siempre originan las obras que se prolongan en el tiempo.

Quizás el 31 de octubre, cuando visitemos el cementerio de Burgos, rebosante de flores bajo una luz gris de tormenta, las nubes amenazantes nos den una tregua para que el violín de Clara pueda rendir homenaje a nuestros padres y a Laura, pero luego se tomarán la revancha reventando en una lluvia salvaje que apenas nos dejará ver la carretera en el viaje de vuelta. Aunque no nos impedirá ver en nuestro interior las caras de todos los que se nos han ido. Entre todos ellos, veré la tuya, José Manuel, y recordaré, como recuerdo ahora, la última discusión que tuvimos en la cafetería del trabajo, acerca de las palabras, de los programas de reconocimiento de voz y del riesgo de deformar los mensajes escuchados con las interpretaciones de los propios prejuicios. Quién volviera a tenerla...


Un nuevo mundo

Y quizás algún día -por ejemplo, en Carnaval de 2023, mientras fuera desfilen pequeños y mayores entregados a la fantasía de ser otros-, cuando vuelva a sentarme un rato y a escribir sobre estas lluvias y canciones, me preguntaré sobre el título de la última película que he visto: Un autre monde, de Stéphane Brizé. ¿Será de verdad necesario bajarse del carro del sistema para poder vivir con un poco de decencia y de humanidad -como hace el protagonista- o se puede sobrevivir dentro de este tinglado de mentiras -peor, de palabras desconfiguradas y prostituidas para significar en la práctica lo contrario de lo que dicen- y contribuir desde dentro a sanar las letras de nuestra canción y a crear Un nuevo mundo un poco mejor?

viernes, 1 de abril de 2016

Sonido y significado, percusión y armonía

Como una pesadilla. El claxon de un camión sonando ininterrumpidamente durante dos larguísimos minutos (hubiera jurado que se trataba de un accidente grave y no de la descarga de mercancías en un hipermercado) y el estruendo ensordecedor de los sopladores de hojas de los jardineros municipales toman posesión de mi cabeza, atrapada en el casco, y vuelvo a sentirme presa de la agitación que anoche me impedía conciliar el sueño después de ver La gran apuesta. Pasar dos horas y tres minutos sumergida en una batahola de sonidos a volumen desmesurado y de rápidos movimientos de cámara en planos trepidantes, como una orgía de estrés de la que no se puede escapar, hace vivir en primera persona la tensión y la euforia -culpable, recuerda Brad Pitt, pero qué importa- de unos cuantos inversores que se hicieron ricos con la crisis económica mundial de 2008 por haberla visto venir. Justo el antónimo del descanso bucólico que inconscientemente busco en la pantalla.

Pero pronto el susurro manso de la lluvia y otra euforia más pacífica -la de mi propio esfuerzo al pedalear- me devuelven la calma y continúo mi ruta diaria contra la corriente del Pisuerga y a favor del viento suroeste: esquivando los perros de Arturo Eyríes que tanto aman al carril bici; cubriendo mi turno para paliar la soledad del Beatus Ille (es el nombre que le he puesto al paseo que bordea los campos de fútbol y los chalets del Palero desde la avenida de Medina del Campo hasta el Museo de la Ciencia, no solo por ser escondida senda que acaba en las estatuas de Einstein y Pío del Río Hortega, sino porque a su lado serpentea la calle del doctor Sánchez Villares, que también pertenecía a la tribu de los pocos sabios que en el mundo han sido); y así, embarcada en esa nube de hipnosis acuática entre la lluvia y el río (que mezcla en mi cabeza las imágenes reales del parque Juan de Austria con la isla de enfrente recreada por Rubén Abella en Baruc en el río; la de su mendigo imaginario con el recuerdo de una chabola real junto al puente de Adolfo Suárez; y que pone como banda sonora de mis recuerdos los tambores y trompetas de las cofradías cuando paso por la Rosaleda y por el parque Ribera de Castilla, ahora que ya están encerradas en un polígono industrial), llego hasta la paz confortable de la biblioteca de la Rondilla.

Parque de Aventuras Juan de Austria
Einstein junto al Museo de la Ciencia
Allí, mientras arranca mi portátil, contemplo con envidia a un técnico de antenas subido en un tejado altísimo: seguro que allá arriba el viento en la cara, la sensación de libertad y la distancia me harían más llevadera esta cuaresma de diálogo de sordos en que nos ha metido el resultado de las elecciones del 2o de diciembre.

Atemperar los metales para que se oigan las voces armonizadas

Al bajar la mirada, encuentro en la pantalla la explicación a todas las cavilaciones que me han ocupado y desconcertado en los dos últimos meses. Lo dice Jordi Casas explicando el último experimento de los coros de Castilla y León con la Oscyl: "Se trata de una versión especial de La Creación de Haydn, en la que el director, Leopold Hager, utiliza sacabuches y trompas naturales para atemperar el sonido de los metales, y modera el volumen de la orquesta para que se oigan las voces, no tanto la pronunciación como la aliteración".

Voces y metales en un concierto reciente
Así que me pregunto si no podrían los líderes de los partidos moderar un poco el ruido de los metales para escuchar lo parecido que pueden pronunciarse los distintos conceptos de democracia que tiene cada uno, y así conjugar el acento de unos en la libertad, de otros en la igualdad y de algún tercero -tímido- en la fraternidad, como ya se hizo hace treinta y ocho años, para organizar un país decente. Pero no, siguen los instrumentos más ruidosos -en nuestro caso es más bien la percusión- pronunciando con furia visigótica su colección de oclusivas sordas (corrupto, populista, hipócrita), que cualquier día nos revientan la glotis al salir y los tímpanos al entrar. Porque lo importante parece ser demostrar a cuál de las dos españas, resucitadas como momias malolientes, pertenece cada uno; como si en la pertenencia al grupo de "los buenos", o peor, en el odio hacia "los malos", estuviera la solución a problemas tan complejos como el paro, la desigualdad creciente, una educación bastante desvencijada, una sanidad en equilibrio inestable entre el recorte y la falta de sostenibilidad, o la tragedia de cientos de miles de refugiados con los que no sabemos qué hacer.

Antes de emprender el camino de vuelta, paso un buen rato contemplando las series "Presencias" y "El caballero de la mano en el pecho", de Sofía Gandarias (la pintora vasca que fue Caballero de las Artes y las Letras de Francia), asombrándome de lo parecidas que son las manos y las miradas de las personas, a pesar de tan distintas; y de encontrar en otro artículo el eco de mis pensamientos, mejor expresados por Antonio Muñoz Molina, clamando por que los defectos de nuestra democracia no nos lleven a deslegitimarla ni a olvidar la diferencia -radical, no hace falta que nadie se lo explique a quien conoció el franquismo- que hay entre la libertad y la dictadura. Todo me parecen aliteraciones borrosas, como la llovizna, que no dejan brillar la nitidez de las grandes ideas redentoras, pero que nos hermanan en sus perfiles desdibujados, sin aristas.

Salmodias, letanías y tablas de multiplicar: se van los "nobis"

Otros dos meses han pasado desde aquellas mañanas de lluvia refugiada en los suaves colores de la biblioteca -madera clara de las mesas y gris de los anaqueles-, fundidos con el gris de las nubes a través de los ventanales. Y ha seguido lloviendo, pero mi fe en el valor conciliatorio de las aliteraciones armónicas se ha ido debilitando a medida que las repeticiones de sonido se han convertido en salmodias o mantras, como las tablas de multiplicar, de las que nada importa el significado. Mejor dicho, no han servido para relativizar las aristas en pro de acuerdos y cercanías descubriendo lo común, sino todo lo contrario, para fijar obsesivamente en las cabezas, vaciándolas de sentido crítico, las cuatro ideas simples que hay que tener listas para el enfrentamiento: para no olvidar que lo importante son los bandos y saber claramente cuál es el nuestro.

Durante este tiempo, Chris Tuan ingeniero de la Universidad de Nebraska, ha estado poniendo a punto un asfalto que derretirá el hielo impidiendo que los aviones se retrasen en los despegues o que los coches resbalen en invierno (¿qué invierno?, me pregunto este año que no ha habido);  y más cerquita, en Valladolid, el IOBA ha probado con éxito un implante que puede solucionar muchos problemas a personas sin globo ocular; Lactalis anunció que desmantela Lauki y Mondelez que cerrará Dulciora en 2017; y Renault negocia con sus trabajadores para ver si la factoría de Valladolid es digna (es decir, barata) de acoger una planta de fundición de aluminio inyectado. Pero nosotros seguimos solo pendientes de la evolución sintáctica, subordinada condicional, de los pactos perifrásticos (que habrán de ser o no).

Jour de pluie à Paris. Gustave Caillebotte.
Foto tomada de Wikimedia
Esperando el dos de mayo, sigo pedaleando cada día bajo una lluvia que nunca llega a ser como la de Pablo Guerrero (sería estupendo conocer la medida exacta de los cántaros necesarios para limpiar el aire sin provocar los destrozos y el lodo de las inundaciones), y viene a mi memoria la pregunta que se hacía mi amiga leonesa Inma cuando era pequeñita y escuchaba rezar el rosario en la radio de su casa. Decían las letanías "ora pro nobis", pero ella entendía "se van los nobis". Y cuenta que nunca se preguntó quiénes eran los nobis, sino dónde se iban, ya que tanto insistían en ello todas las noches. Quizás eso es lo que nos ocurre, que no nos preguntamos quiénes somos, pero oteamos el horizonte para ver si alguien nos lleva a alcanzar alguna ignota meta de bienestar.

Mientras, la llovizna suave, biselada por el viento, bisbisea sibilante: "se van los nobis, se van los nobis..."