miércoles, 24 de julio de 2013

Tres tiendas y una bicicleta (solidaria)

Fotografía de la exposición "El ocaso del imperio"
Sí, ya sé que la ley de los grandes números no se ocupa de cantidades tan pequeñas como el dos y el tres, pero el impulso que guía mis pedaladas en el final de esta tarde no tiene mucho que ver con la teoría de la probabilidad, sino con el convencimiento primario de que "a la tercera va la vencida" y con el mero afán de probarme a mí misma que el destino no tiene ningún contubernio contra mi felicidad -qué trágica y solemne me estoy poniendo-, ni siquiera contra mi empe(¿cinamiento?)ño en procurarme un pequeño disfrute después de una tarde intensa de trabajo y antes de retirarme al descanso uniforme del sueño en esta vida de vacas estabuladas en que a veces se convierte la rutina.

Así que después de sendos fracasos al intentar visitar los "Pinares castellanos" de Marcos Isamat en la Fundación Segundo y Santiago Montes (así me entero de que esta sala solo abre los fines de semana) y al llegar a la biblioteca de Filosofía y Letras un minuto después de que hayan cerrado –curiosamente empezaba hoy su nuevo horario de verano-, apuro  la marcha de la bici cambiando a un piñón más pequeño y me llego hasta la sala de exposiciones del Teatro Calderón; el desafío es grande, porque ya son las nueve y cinco de la noche, pero allí está el guiño de la buena suerte esperándome nada más tomar la curva de la calle Angustias a Leopoldo Cano: la puerta está abierta de par en par, y la luz, que seguirá encendida hasta las nueve y media, ilumina para mí –soy la espectadora solitaria de última hora- esos rostros y paisajes en los que Kapuscinski buscaba aprehender la realidad del imperio ruso desmoronándose y perseguir a una historia que él percibía como furtiva, escapándosele de las manos.

Ryszard Kapuscinski (fotografía tomada
del dossier de la exposición)

Un olivo y un pañuelo de seda al viento

Con la distancia se gana perspectiva: lo del otro día, más que empeño o empecinamiento, era un intento de paliar la frustración por no haberme construido a tiempo las tres bíblicas tiendas para quedarme a vivir, por ejemplo, en la placita junto al puente de la tía Juliana, rincón bucólico de Valladolid que he conocido gracias a la celebración del centenario del nuevo trazado de la Esgueva -allí disfruté una mañana de domingo con la narración de José Manuel de la Huerga, que, a modo de juglar, nos adelantó las primicias de su próxima novela, y, dos domingos después, de la poesía de Olvido García Valdés-; o para instalarme una temporadita entre las esculturas de Venancio Blanco -a la sombra del hormigón (blanco) de las Cortes-, en una de las exposiciones más bonitas  y amables que recuerdo, en la que los textos impresos en los paneles y un audiovisual breve y magnífico ayudan a comprender y disfrutar la transfiguración que en el acero corten, en el bronce o en la madera han operado la mirada y las manos de este artista excepcional, grande.

José Manuel de la Huerga en la plaza
junto al puente de la tía Juliana

Exposición "El espíritu de Castilla y León en la obra
de Venancio Blanco"



Pero el caso es que una tarde tuve que ir a comprar la cinta con la que luego arreglé la persiana del cuarto de estar; otra tarde la destiné a la peluquería para evitar la crueldad mañanera del espejo con mis canas; otra, a comprarme unas sandalias y un par de blusas; una más, a llevar los edredones a la tintorería; y así hasta ciento, perdiendo la oportunidad de dedicarme a esa vida contemplativa de la belleza a la que me sentí llamada bajo el olivo del puente de la tía Juliana, mientras una brisa leve rizaba el pañuelo de seda que vestía la mesa sobre la que la voz de Olvido acariciaba las palabras mágicas de su libro y las hacía volar hasta tomar posesión de nuestros corazones embriagándolos con una mezcla de dulzura y tristeza. Por tanto, he tenido que quedarme a vivir a la intemperie de política y de incertidumbre que nos asalta cada mañana desde las páginas de los periódicos, intentando convencerme de que quizás lo mío no sea la mística sino la ascética.

Olvido García Valdés



La soledad de Metales Extruidos y la ascética del periodismo comprometido

Así me lo confirma el canto estridente de las chicharras, único sonido que acompaña mi pedaleo por la calle Kilimanjaro, de Pinar de Jalón, a las tres y media de esta tarde de calor inmisericorde en la que he decidido averiguar dónde se encuentra Metales Extruidos ante la ubicación incorrecta de los mapas de Google al respecto –extraña excepción en esta utilísima aplicación de información geográfica-.


Después de atravesar bajo la VA-30 por un camino de barro, me encuentro en el ilocalizable polígono industrial de Jalón, solo poblado por farolas comunicadas entre sí por calles dedicadas a los parques naturales (Monfragüe, Oyambre, la Laguna Negra, los Montes Obarenes o Somiedo), en las que alguna banda de cacos chatarreros ha arrancado las tapas de todas las alcantarillas y bocas de instalaciones, dejando unos cráteres que los vecinos paseantes del Canal del Duero han señalizado con un bosque de ramas secas que acentúa la sensación de abandono. Al fondo de una de estas calles, y apoyando su soledad contra la espalda de la factoría de Fasa, se encuentra la rutilante nueva fábrica de Metales Extruidos, estrenada hace poco menos de cuatro años con el objetivo de aumentar su competitividad, pero que no ha podido con la crisis y que ahora se enfrenta al cierre definitivo al no haber aparecido ningún extrusionador de metales que la devuelva a la vida.

Metales Extruidos, esperando un comprador
que evite el cierre definitivo

Bocas de conducciones sin tapas en el
polígono industrial de Jalón

Ya de regreso en casa, mientras escribo rápidamente a Google Maps y les comunico el error de localización de la fábrica -no vaya a ser que haya alguien interesado en la compra y no sepa dónde encontrarla-, el magín se me va a los 300 trabajadores que pueden unirse a la población creciente de parados; y a los 561 del Grupo Lince que han accedido a ver disminuido su sueldo para no ser despedidos. Y vuelve el pensamiento a Kapuscinski, porque en este momento, en el que el cansancio de la crisis agudiza la náusea ante la panda de listillos glamurosos que se han estado llevando a espuertas el pan de los hijos de mucha gente, cobra especial importancia el papel que este amigo de Heródoto concebía para el periodismo –contar la realidad para ayudar a cambiarla- y que le llevó a recorrer, en el viaje que nos ha narrado la exposición de estos días, más de 60.000 kilómetros para conocer y contar el ocaso de ese imperio llamado Unión Soviética.

Ismael Alonso (foto de Dos Santos para La Razón,
tomada de la web "Pedaladas contra el cáncer")
¡Aúpa, Ismael!

Y también en este momento emociona aún más la hazaña que Ismael Alonso, periodista y ciclista deValladolid, ha comenzado a las cinco de esta madrugada: recorrer de una tacada, sobre los pedales de una bici, los 800 kilómetros del Camino de Santiago para rendir homenaje a su amigo y compañero de rutas ciclistas José Ramón Botellas, que murió de cáncer en 2011; de momento, con los entrenamientos para esta machada ya ha recorrido otros 1.300 kilómetros, con los que ha recaudado 9.000 euros para la Asociación Española Contra el Cáncer. Y nos ha devuelto un poco de esperanza: en el periodismo, en el ciclismo y en la lucha contra tanto cáncer.

domingo, 26 de mayo de 2013

El peluco de la niña triste

Seto de durillo (Viburnum tinus)
Lo tenían todo preparado, así que aprovecharon para su actuación los pocos días sin lluvia de finales de abril y primeros de mayo. Comenzaron los viburnos o durillos -anodina colección de hojas verdes durante el invierno-, levantando por todos los rincones de la ciudad sus ramas cuajadas de pompones blancos como animadoras que cantan las letras de su equipo. Cuando ya habían logrado la atención de toda la gente y comenzaban a marchitarse, tomaron el relevo las fotinias*, en cuyos brotes oscuros casi nadie había reparado, pero que ahora hicieron estallar esos mismos setos en incendios de hojas rojas, entonando el aria despampanante de la llegada de la primavera (este año, almendros y cerezos habían tenido que conformarse con un protagonismo anémico y sospechoso de mentira, incapaz de requerir nuestra mirada bajo la orla de los paraguas).

Por último, irrumpieron en la parte superior del escenario los árboles del amor* –o de Judea, o de Judas, que también así los llaman-, que inundaron de flores rosas y violetas los márgenes de avenidas y paseos, dando paso a la apoteosis final del divo en pleno semáforo junto al Museo de la Ciencia. Y, una vez que estábamos todos admirándolos con la boca abierta y friéndolos a fotos con nuestras cámaras, móviles y tablets, desaparecieron sin más explicaciones, como ocurre en cualquier flashmob que se precie.

Fotinia con brotes jóvenes

Árbol del amor (Cercis siliquastrum) junto al Museo de la Ciencia

La Florida que nunca existió y la Uralita de nuestros amiantos

Para colmo, volvieron las lluvias y los fríos, y la crónica de nuestras vidas regresó con redoblada melancolía hacia los anillos periféricos de la ciudad, donde los sueños no cumplidos de expansiones urbanísticas y los despojos contaminantes de industrias abandonadas ofrecían el perfecto muro para las lamentaciones de esta crisis que nos consume. Y allí la siguió mi bici aprovechando las escampadas entre nube y nube de la mañana del sábado.


Paraba cada poco trecho de la alambrada de Uralita, viendo cómo han dejado las instalaciones los buscadores de chatarra, pero también preguntándome qué tiene la unión de escombros y naturaleza enferma, que subyuga a la imaginación y le cuenta a nuestras cámaras historias llenas de misterio y de nostalgia como la que puede encontrarse en esta foto de Agustín Hernández en Flickr. Pero, sobre todo, viendo la torre con el logotipo de la empresa en lo alto, me preguntaba qué será del nonato Plan Parcial de la Florida, que iba a ser el vecino más próximo a la Uralita, pero que nunca llegó a ver la luz como esa cuña de la ciudad que se abría paso entre los polígonos de Argales (ya engullido completamente por el casco urbano) y de San Cristóbal.

No es que me alegre de que Diursa no haya podido hacer realidad aquel proyecto de Alberto López Merino y Gerardo Méndez que se presentaba como el plan parcial con mayor porcentaje de vivienda protegida; pero sí estoy segura de que será mejor que se lleve a cabo cuando la empresa responsable haya limpiado de residuos peligrosos todo el solar de la fábrica y los futuros habitantes no se expongan a respirar fibras de asbesto que lleven la ruina a sus pulmones.



Con estos pensamientos, emprendí el camino hacia el paseo de Juan Carlos I por el arcén de la carretera de Madrid, y descubrí, justo al pasar por encima de la vía de Fasa, la mejor vista de conjunto de la desolación de la Uralita. Sólo una esfera de dimensiones considerables en el ángulo inferior izquierdo del visor de la cámara era extraña al conjunto. Con un estremecimiento simultáneo en la espina dorsal y en la boca del estómago, descubrí que la esfera tenía unos dientes enormes capaces de triturar la cadena que malataba ese morlaco –perro no se le podía llamar- al poste contiguo a una de las tres chabolas del poblado del Tuerto, a cuyas puertas ahora habían salido cuatro mozalbetes robustos a mirarme amenazantes pensando que fotografiaba sus hogares en lugar de la antigua fábrica.

Carlos Sánchez Magro y Vivian Maier

Santos Pilarica
Santos Pilarica desde el parque de
la calle del Cometa
Puse pedales en polvorosa aprovechando el desnivel entre la carretera y las chabolas, y, recordando los reportajes sin cuento en los que Jorge Sanz ha ido narrando año tras año en El Norte de Castilla la evolución en estos parajes de los últimos poblados de chabolas y la reproducción continua de vertederos ilegales tras las respectivas limpiezas municipales, me dirigí hacia otra orilla de la ciudad en la que los vecinos del barrio más joven de Pucela (Santos Pilarica) han denunciado también la proliferación de vertederos ilegales.

Sin embargo, en este caso me pareció que se trataba más bien de las denuncias preventivas de unos vecinos bien organizados que están consiguiendo que su barrio –nacido y crecido en plena crisis- salga hacia adelante, que lleguen los autobuses y que, si otra cosa no se tuerce, cuente dentro de poco con un centro deportivo que estuvo a punto de malograrse por los desacuerdos entre empresa concesionaria y constructora. Un barrio que el Ayuntamiento dedicó -entre calles y parques con nombres como universo, planeta, satélite, nebulosa o cometa- a Carlos Sánchez Magro, astrofísico vallisoletano que nació en 1944 y murió en Tenerife cuando apenas tenía 41 años, pero ya había aportado a la astrofísica española y universal importantes descubrimientos por los que dieron también su nombre al asteroide 202819 y a un telescopio del Observatorio del Teide.

Calle del Astrofísico Carlos Sánchez Magro

Centro Deportivo en construcción en Santos Pilarica
(foto tomada de la web de Go Fit)


El peluco de la niña triste

Esta mañana es de un sábado distinto, ya soleado y luminoso, así que me olvido de miserias y fracasos y encamino mis dos ruedas hacia la exposición de San Benito, sobre la que ya había leído la muy interesante historia de la fotógrafa Vivian Maier, niñera norteamericana que dedicó todo su tiempo libre, su dinero y su pasión a la fotografía, sin que nadie supiera, mientras ella vivió (la descubrió John Maloof, dos días después de que muriera), la impresionante obra que había llevado a cabo.

Sin fecha. Vivian Maier. John Maloof Collection.
Tomada de la web de Vivian Maier
Allí me encuentro imágenes de una belleza que emociona, con todo un retrato detallado de la sociedad de Nueva York y Chicago, de sus personas, costumbres, paisajes, estados de ánimo, clases sociales... y, sobre todo, me encuentro con ella: esa niña, que no tendrá más de ocho o nueve años, pero que encierra en su actitud toda la historia y sabiduría del mundo; pienso que en ella estamos todos, con las heridas y la suciedad de los tumbos de la vida, pero con ese reloj despampanante en la muñeca derecha, que es nuestra conquista (nuestros logros, o los hijos por los que sentimos orgullo, o la dignidad, o la libertad, como la de Moustaki que nos acaba de dejar, por la que hemos perdido incluso el país o los amigos) y con el brillo en los ojos de quien todo eso olvidará si encuentra un poquito de amor.

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* Gracias a José Cerro, jefe de Jardinería de la Universidad de Valladolid, por atender mis consultas sobre plantas, acerca de las que desconozco casi todo.

jueves, 18 de abril de 2013

Aguas turbulentas, Luis Laforga y creatividad

Sopla el viento cuando salgo del hospital, y arranca las primeras gotas de lluvia de estas nubes locas que han convertido marzo –y lo que va de abril- en una sucesión de chaparrones con intervalos de oscuridad a secas. Pero pienso que lo de ahora será pasajero, así que desengancho mi bici de la pata de una de las sillas de Mariscal y comienzo, contenta, el camino de vuelta a casa por el carril-bici-peatonal-canino de la calle Arribes del Duero.

Para cuando cruzo la carretera de Segovia y bordeo el Pinar de Jalón, la lluvia es ya considerable, pero no me desanimo ni busco refugio en la marquesina de la gasolinera junto al Lidl, porque me dura el ánimo positivo de las minivacaciones de Semana Santa y porque a estas alturas me he dado cuenta de que la visera de mi casco tiene una especie de canalón que bifurca el agua hacia dos cuernecillos laterales por los que desembocan sendos regueros, dejando libre, justo frente a mis gafas, el espacio de una pantalla nítida en la que contemplar la vida a lo largo de los 8,2 kilómetros de mi camino –debería decir las 4,43 millas de mi navegación-.

Llego a casa calada hasta los huesos, y, mientras regalo mi cuerpo con ropa seca, mi pelo con la caricia del aire caliente, y meto en la lavadora todas mis pertenencias, me siento eufórica, con solo la sombra de un remordimiento: el de haber afirmado en otro artículo –infame calumnia que hoy desmiento- que mi bici no sabía nadar. Es mi biciclo puritito donaire vadeando charcos como lagunas.

Medardo Fraile y el Pisuerga turbulento

También hoy desafío a las nubes en un breve trayecto hasta la plaza de San Nicolás, porque termina el plazo para devolver a la biblioteca los libros de Medardo Fraile que saqué el mismo día que me enteré de su muerte –y de su vida y obra, que hasta ahí llegaba mi ignorancia- y que han sumado estos días la bella tristeza de sus cuentos a la belleza triste de las tardes lluviosas junto al mar. Voy pensando, mientras bordeo el Pisuerga turbulento, en cierto parecido entre el fatalismo de algunos relatos de Fraile y el desamparo que sentía hace treinta años con El Jarama de Sánchez Ferlosio, cuando la chica se ahogaba en el río mientras la vida seguía completamente al margen, ignorante de su tragedia.

Me saca de mis cavilaciones el ruido de un helicóptero que sobrevuela el río por encima del puente de Isabel la Católica ("deben de estar controlando el caudal, ojalá este año no llegue a desbordarse", me digo), y, cuando llego a la intersección del paseo con San Quirce, me sorprende la muchedumbre de curiosos en la Playa de las Moreras, donde un compañero periodista me informa de que el helicóptero, las lanchas y el gentío no son por la crecida, sino porque buscan el cuerpo de un chaval que ayer se perdió braceando en la corriente.

Iglesia de La Antigua. Fotografía de Luis Laforga tomada de su web
Valladolid no será la misma sin su mirada

Después de ese día he seguido, como siempre, bordeando el río –hacia el este, aguas arriba, por la mañana, y a favor de la corriente, en contra del viento, por la tarde-, todavía turbulento, todavía con las Zodiacs buscando sin éxito; y yo, temiendo abrir el periódico o escuchar la radio al llegar a casa, porque la desembocadura de cada atardecer ha estado desde entonces acompañada por el tañer del toque de difuntos: un toque quedo por la muerte absurda de Lee Halpin, joven periodista de New Castle, que quería demostrar su valentía viviendo las historias que contaba; solemnes toques de nostalgia, hagiografía y vituperios por las muertes simultáneas de Sara Montiel, José Luis Sampedro y Margaret Thatcher; y el toque tremendo de clamor que el miércoles paralizó mis dedos en el teclado al leer que ya no volveremos a encontrarnos por las calles de Pucela la figura inconfundible de Luis Laforga con su bolsa al hombro y la cámara en su mano maestra.

Me asomé a la noche, buscando instintivamente  la compañía de la luna, pero se había vestido de riguroso luto de luna nueva y me negaba el consuelo de esa luz que derramaba sobre los contrapicados granangulares de los edificios de Laforga mucho antes de que existiera "Ríos de luz". Me dio por pensar que nos va faltando demasiada gente de la que ha marcado el carácter de la ciudad. Que Valladolid ya no será la misma sin el secreto de su mirada, igual que no lo es sin Miguel Delibes, Fernando Urdiales, Francisco Pino, o sin Miguel Escalona sentado junto a la puerta del Desierto Rojo.

Rosa Chacel y la creatividad artística en Valladolid

Así se lo contaba esta tarde a Rosa Chacel, junto a la que me senté un momento en su banco de Poniente. Pero ella, siempre tan tranquila, con una rosa que no se marchita en su regazo, parecía contestarme que esos pensamientos son propios de quien que se empeña en bracear inútilmente contra la corriente del tiempo, en lugar de sentarse pacíficamente, como ella, a contemplar lo mejor del Valladolid de cada momento.

Y es verdad. Mientras me despedía de ella y guardaba la cazadora en la mochila –me ha pillado el calor sin cambiar de atuendo, y me achicharro pedaleando con tantas albardas-, me he dado cuenta de que hace menos de un mes, antes de que me acometiera la tristeza de las aguas, andaba yo de zarandillo, trotando entre exposiciones, conciertos y presentaciones de libros, asombrada de que Pucela tuviera tanto que celebrar en el día de la creatividad artística. Y ahora me recreo en todo ello: Félix Cuadrado Lomas cuenta cómo cedió y accedió a ser nombrado académico honorífico de la de Bellas Artes, de la que también ha entrado a formar parte María Ángeles Porres, recibida por Diego Fernández Magdaleno; mientras tanto, Belén González, que andaba exponiendo fotocopiadoras feas en "Creadores transfronterizos" como una reflexión sobre lo efímero de la experiencia artística, fijaba en bronce un árbol de fuertes raíces, homenaje a Delibes, en la puerta de la casa donde nació el escritor; y Alejandro Cuevas aprovechaba para ganar el Premio Internacional de Cuentos Lena.

Escultura de Belén González en la casa
donde nació Miguel Delibes
 Eso, sin contar a los chavales que empiezan con paso firme y trabajo serio. Entre ellos, la violinista Clara Alonso Tofé, que ofreció un magnífico concierto en el Ateneo de Valladolid junto al pianista Francisco Fierro; y el grupo Octubre Polar, que ha conseguido situarse en el primer puesto del concurso de bandas del Arenal Sound, en el que, si les ayudamos desde Pucela con unos cuantos votos, compartirán escenario central con los grandes.

lunes, 4 de marzo de 2013

Con el hatillo al hombro


Lloviznaba, y yo apresuraba mi pedaleo para llegar a la plaza que forman las calles Layante, Clavel y Gramoso, mirando si en los alrededores había alguna marquesina o alero con un canalón cercano en el que pudiera enganchar la bici cerca de la Casa de Cultura de La Flecha, adonde iba a sacar un par de libros y echar la mañana leyendo.

Casa de Cultura de Arroyo de la Encomienda
(foto tomada de la web del Ayuntamiento)

Pero me olvidé del sirimiri, de las marquesinas y los canalones porque atrajo mi atención la alegría de un señor mayor que a esas horas tempranas (no pasarían de las 9:30) silbaba de vuelta a casa, llevando ya la compra en unas bolsas del supermercado colgadas del bastón que se había echado al hombro a modo de hatillo.

El hatillo de la alegría...

Mientras estiraba y conectaba con el mayor silencio y la menor nostalgia posibles los cables del portátil en el único sitio libre de la sala de estudio –por culpa de la crisis y los recortes ya no tendré nunca más estos restos de vacaciones que año tras año he apurado junto a los universitarios que preparan sus exámenes de enero-, se me venía a la memoria la imagen del hatillo lleno de alegría, tan contraria a la connotación que siempre ese paño anudado había tenido de fracaso, emigración, despedida, soledad y acaso expulsión del hogar o de la propia tierra.

              Casa de bombeo al ferrocarril                          
Y no solo ese día. A lo largo de este par de meses que lleva recorridos el año, frecuentemente he visto repetida su imagen en mucha gente de Valladolid, que parece como si, nada más pasar el día de Reyes, se hubieran puesto, llenos de ánimo, a cumplir los propósitos de año nuevo. Así he visto a los esforzados de la Asociación de Amigos del Pisuerga, limpiando la casa de bombeo del ferrocarril y reclamando a sus dueños (Adif) una solución para rescatar del abandono esta pieza histórica; a los emprendedores que han abierto nuevos negocios en el polígono de Argales después de un año sin que nadie se atreviera a tanto; a los directores de orquesta españoles que en Valladolid se reunieron a finales de enero discurriendo cómo contagiar sus sueños musicales y encontrar nuevas formas para financiarlos; a la planta de INDAL, dispuesta a iluminar los campos de fútbol de toda Europa; incluso a las tan decaídas empresas de automoción, como Renault, que se lanza a producir el Captur, e Iveco, que anuncia nuevas inversiones y un nuevo furgón para la planta de Valladolid si se llega a un acuerdo en el nuevo convenio; a los socios de la Colección de Arte Contemporáneo, que celebran sus 25 años con la exposición "Experiencias de la modernidad", que pronto podremos ver en el Museo Patio Herreriano; y, sobre todo, a los nuevos escritores vallisoletanos que se han lanzado a constituir la asociación "Los perros del coloquio" para realizar proyectos en común y tener más presencia en la vida cultural de la ciudad.

... y el hombre del saco

Sin embargo, junto a esta imagen alegre y esforzada del hatillo al hombro, han ido apareciendo todos los días en periódicos, radios y televisiones los "hombres del saco" con los que nos amenazaban nuestras madres de pequeños cuando nos portábamos mal. Peligrosos porque se llevaban a los niños en su temido saco, pero  más peligrosos porque, al hacernos mayores, nos convencimos de que esos personajes no existían, y así, protegidos en su invisibilidad, se han ido haciendo un hueco cada vez mayor en nuestras calles, barrios y ciudades (sin contar el más dañino de sus escondrijos, nuestra propia opinión y conciencia), hasta que, cuando nos hemos dado cuenta, era demasiado tarde: se habían llevado nuestro dinero y parte de nuestra dignidad y nuestra esperanza.

Porque, aun suponiendo que pudiéramos tirar la primera piedra, ¿tendremos fuerzas para llevar a cabo con sensatez tanto remiendo –fiscal, financiero, laboral, electoral y sobre todo cultural- como necesita nuestro sistema económico y político?, me pregunto todos los días mientras pedaleo bajo las heladas de este mes de febrero que ha resultado paradójicamente tan largo –si lo medimos en densidad de escándalos y de escepticismo- y que se despide con los cielos cargados de una nieve que no acaba de caer al suelo para limpiar el ambiente y fecundar la tierra. Y miro con un poco de miedo -¿resistirán al hielo?- las flores que acaban de salir en los almendros y en mi desconocido árbol amigo del Puente Colgante.

Árbol junto al Puente Colgante, uno de los primeros
en florecer todos los años

Clara Montes en mi coche, y mi bici vieja en Google Maps

Esa pregunta sobre la resistencia a la crisis se ha enquistado en algún sitio profundo de mi consciencia y me ataca cuando menos lo espero. Recuerdo el trayecto en coche desde un pueblo cercano donde, con la excusa de un cumpleaños, nos habíamos reunido un grupo grande de amigos a cenar y a declamar trozos de romances repartidos por sorteo. Uno de ellos, al despedirnos, me prestó el disco de Clara Montes "Canta a Antonio Gala", que ya casi ni recordaba. Y, de repente, la increíble calidez de su voz en la madrugada y la tristeza de los sonetos de amor de Antonio Gala amenazaron con desatar el saco de lágrimas que se nos va formando junto al corazón con el dolor de las incertidumbres y los imposibles –sobre todo, los ajenos- y que mantenemos atado a base de gestionarlos cada día como hormigas eficientes, con una mezcla de resignación atragantada y solidaridad insuficiente.

Desapareció este febrero larguísimo tras el telón de una noche mágica que barrió nubes, nieves y vientos para dejar paso a un sol de primavera adelantada en la que todo parece posible. Así que vuelvo a hacer el hatillo con mi pluma, papeles y portátil, y regreso a la escritura, a la que había abandonado refugiándome en una sobredosis de ensayos musicales para participar en el experimento que dirigió Jordi Casas en el Auditorio Miguel Delibes.

Mi bici vieja en Google Maps

Al retomar la historia de mis últimas vacaciones en la biblioteca de La Flecha, busco en Google Maps el nombre exacto de las calles que la rodean, y, mientras las recorro con el cursor como si esperara encontrar al señor del hatillo en las fotos del Street View, me doy de bruces con mi propia bici vieja, reinando solitaria en el aparcamiento junto a la parada del autobús. Incrédula, me fijo en la fecha de la foto de Google (enero de 2010) y, efectivamente, es mi bici vieja, inconfundible, con sus guardabarros y con sus cuernos en el manillar, esperando mi salida de la biblioteca, en la que disfrutaba de esos restos de vacaciones que nunca volveré a tener.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Equilibrios, identidades y cremalleras


Feliz Año 2013
Sin aviso previo, en la oscuridad de la mañana teñida de niebla, en la primera curva de mi trayecto, la bici se deslizó graciosamente -con toda la inercia del pedaleo rápido en el plato grande y el piñón pequeño- y volcó hacia la derecha mientras mi cuerpo, enganchado en su inconsciente trayectoria hacia la izquierda, se desplomaba en escorzo y se arrastraba un pequeño trecho; y mi cerebro, que inútilmente recopilaba datos y se afanaba por llegar a una explicación en tiempo real de lo que estaba ocurriendo, reservaba una esquinita de su procesador para hacer recuento de los detalles del trompazo: "Golpe en la cadera -bah, no ha sido gran cosa-; ¡jobar, la cabeza! -creo que el golpe se ha quedado en el casco-; bueno, ya se ha parado todo y parece que estoy bien".

Me puse de pie y comencé a flexionar una rodilla, la otra, los dos brazos, giré suavemente el cuello, y todo respondía sin estridencias. "¿Se ha hecho daño?" -un empleado municipal con chaleco reflectante se acercó solícito-. "Esta mañana está habiendo muchas caídas por la niebla helada en el suelo. Precisamente vengo de echar sal por toda esa zona de ahí atrás". Y yo golpeé un poco el suelo, con curiosidad -la vista no distinguía ni trazas de brillo sospechoso en el pavimento del carril bici ni en la acera- y comprobé que, efectivamente, las suelas de mis zapatones de colegial resbalaban como patines recién engrasados a pesar de tener más dibujo que los neumáticos de un camión de gran tonelaje.

Historia en equilibrio de alambre

Transcurridos cinco días desde la trapajada, de la hazaña solo me ha quedado un moratón con forma de cráter lunar junto a la cadera derecha, un tironcillo muscular en el cuello que ya casi ni se hace sentir, y la manía menguante de alargar de vez en cuando un pie hasta el suelo para comprobar el agarre del pavimento. ¡Ah!, y una reflexión empecinada sobre la necesidad del equilibrio en la vida, que se me coloca como filtro de la cámara del pensamiento en toda ocasión y sin ella.




Por ejemplo, me acerco hasta la exposición que ha ocupado toda esta temporada el vestíbulo de las Cortes –la historia de Castilla y León en veinte escenas de plastilina-, y, mientras contemplo a Santa Teresa en éxtasis, al burgalés Martín Antolínez entregando el cofre de arena al judío Raquel, a los albañiles medievales construyendo el monasterio de Moreruela o a Miguel de Unamuno departiendo con sus colegas universitarios en un café de la plaza mayor de Salamanca, me encuentro pensando que quizás la plastilina sea uno de los mejores materiales para reflejar la historia; siempre –claro está- que se sujeten las piernillas de los personajes con un armazón de alambre. Así se logra un equilibrio entre la flexibilidad necesaria para saber que nunca llegamos a conocer la verdad completa -por muchas horas que los historiadores honrados inviertan en los archivos dejándose los ojos en los legajos- y el rigor imprescindible para impedir que los hechos se deformen sin límite a la medida de los prejuicios y sectarismos de moda en cada momento y lugar.

Viento, identidad y equilibrio inestable

Cuando, a la salida del trabajo, pedaleo hacia el Campo Grande para ver la nueva pajarera de paredes de cristal, todavía llevo en la memoria el muñeco de Julián Sánchez "El Charro" apresando al general gabacho Reynaud en Ciudad Rodrigo. Pero enseguida, mientras me abro paso entre las numerosas familias numerosas de pavos reales que pueblan el parque, otro pensamiento toma el relevo, y me doy cuenta de que casi todas las noticias que me han llamado la atención en estas semanas, como esta misma de la pajarera, tienen que ver con la identidad de Valladolid: los premios por "Ríos de Luz"; la policía montada de Pucelandia a punto de estrenarse en Pingüinos; la posibilidad de que el "leyenda del Pisuerga" vuelva a navegar de manos de un empresario francés; el rescate y transformación de las viviendas de realojo de San Pedro en chalets adosados de protección oficial; la pastorada por pleno paseo Zorrilla marcando la olvidada senda de la Cañada Real; el éxito del leñador en el belén que la familia Trebolle instala cada año en San Lorenzo; Javier Angulo, que renueva dos años  más como director de la Seminci; o Amancio Prada que viene a cantar su relación con Valladolid.


Pero en realidad no he cambiado de monotema, ya que tras el tema de la identidad sigo teniendo de obsesiva música de fondo la cuestión del equilibrio. Y así, a la vez que peleo contra el viento que esta tarde zarandea la bici sin piedad y me hace subirme a la acera por miedo a acabar bajo las ruedas de algún coche, pienso que la identidad es como este viento, uno de los retos más grandes para conservar un equilibrio inestable: entre un paralizante apego al pasado y la insensatez del cambio por el cambio; entre la afirmación de lo propio y la solidaridad con todos los demás, al fin y al cabo, seres humanos tan idénticos a nosotros y tan variados como los de nuestro pueblo.

Cremalleras y fariseos

Victoriosa contra el viento llego a la paz del hogar -uno de cuyos placeres es abrir el correo y recibir cartas como las antiguas-, solo turbada por el correo no deseado, que antes nos ofrecía agrandar el tamaño de nuestro pene y que ahora pide nuestro apoyo para múltiples iniciativas de lapidar a los corruptos, vagos, avariciosos e insolidarios políticos. Y de repente lo veo todo claro: cuando no sabemos guardar el equilibrio de la identidad, recurrimos al espejo invertido: nosotros –todos, cada uno- somos los buenos porque tenemos a alguien a quien señalar con el dedo como los malos de la historia: los otros.

Y así, mientras rasgamos nuestras vestiduras con gesto airado –por cierto, tengo para mí que la cremallera no la inventó Elias Howe, ni Whitcomb L. Judson, ni Gideon Sundback, sino los fariseos, que no daban abasto para comprarse túnicas nuevas después de rasgarlas-, entonamos aquella conocida tonadilla: "gracias te doy, Señor, porque no soy como los demás: injustos, adúlteros, etc. Yo pago los diezmos de la menta, del comino y del eneldo".

Hablando de eneldo, ¿para qué salsa me dijeron anteayer que era bueno? Tengo que preguntárselo a mi amiga Marifé, que cocina de vicio, pienso mientras escucho en youtube a Mercedes Sosa cantando La maza, que certifica mi fijación con el equilibrio, al descubrir en esta canción de lucha apasionada un par de versos en los que nunca antes había reparado: " Si no creyera en la balanza, / en la razón del equilibrio, / si no creyera en el delirio, / si no creyera en la esperanza..."

miércoles, 21 de noviembre de 2012

... entre pena y pena sonriendo (y II)

Esta tarde, al volver del trabajo pedaleando sin esfuerzo gracias al viento nordeste que me empujaba derechita a casa, dos personas ocupaban mi pensamiento.

En el tramo de la avenida de Salamanca que bordea Arturo Eyríes, pensaba en Agustín García Simón, en cuánto me gustaría tener su conocimiento de las plantas y la maestría con que describe la naturaleza en varios relatos de Cuando leas esta carta, yo habré muerto. Así hubiera sabido qué arbusto, matorral o hierba exhalaba el perfume que durante un rato ha impregnado el aire de alegría, haciéndome olvidar el humo de los tubos de escape que me atacaban por el flanco izquierdo.

También habría conocido los nombres de los árboles cuyas hojas alfombraban esta mañana el paso de mis ruedas: unas de color amarillo pálido, recién perdido el verdor de su apogeo; otras doradas; las más, en distintos tonos del cálido naranja virando hacia el marrón; y algunas, apenas empezando a caerse, rojas de vino, sangre o carmín. La mezcla de sus colores revivía en mi cabeza el sonido de los chelos que anoche me perdí escuchando -al buscar en internet las piezas con las que Georgina Sánchez y Francisco José Gil han ganado el Concurso Internacional Saverio Mercadante- y que hoy han llenado de color y de emoción mi pedaleo hacia la oficina del prosaico lunes.

Libros, náufragos y pequeñas islas de salvación

Pero no es el caso, así que, una vez más, mientras arranca mi ordenador y me dispongo a empezar una semana idéntica a las cuarenta y tantas anteriores, me hago el propósito -que llevo formulando cuarenta y tantas veces- de buscar las imágenes de esas plantas en Google y comparar sus nombres con el recuerdo y las fotos de las que me acompañan en los caminos de los veranos y en las escapadas fugaces de los otoños. Como la que hago en el rato del almuerzo, alargándome hasta las bibliotecas de la plaza de San Nicolás y la de Filosofía y Letras para devolver sendos libros y para seguir disfrutando del viento en la cara. 




Exposición "Naufragios" en el vestíbulo de Filosofía y Letras
En Filosofía y Letras me reciben mis ya casi amigos, los náufragos de Eduardo Cuadrado, que siguen paseando su soledad y abandono, ajenos al brillo del mármol donde ahora se asientan y ajenos al interés de un grupo de estudiantes que escuchan las explicaciones de la profesora de Historia del Arte sobre el simbolismo de sus cabezas sin rostro; pero consiguiendo con su sola presencia el objetivo del autor: provocar esa comunicación que pueda servir como pequeña isla de salvación para el naufragio de una sociedad que va a la deriva.

Vuelvo deprisa hacia el trabajo –ahora con el viento a favor-, pero, al pasar por la plaza de Poniente, paro un instante a contemplar la caseta de la librería Relieve y a guardar su imagen en mi memoria y en un par de fotografías, ya que pronto será otro recuerdo del pasado, cuando la piqueta eche abajo sus cuatro ladrillos, embellecidos hace apenas un año por el mural de Miguel Segura, para hacer sitio a la carpa que acogerá los puestos del mercado del Val. Y todos nos volvemos hacia Pepe Relieve, admirados de la constancia de su amor por los libros, otra de las tablas de salvación para el naufragio.

Librería Relieve en la Plaza de Poniente

El realismo de perseguir lo imposible

Sí, quizás sea este viento ligero y la luz del sol después de los días de lluvia. El caso es que en los cinco minutos de trayecto de vuelta hasta el duro banco de mi galera turquesa, flanqueado por otros tantos árboles y plantas de la Rosaleda y las Moreras cuyos nombres quizás nunca llegue a conocer –salvo los que ya el cartel de los paseos me regala-, las noticias de estas últimas semanas se me reinterpretan.

Malala Yusufzai.
Foto: Mainuddinhaque (Wikipedia)
Recuerdo una entrevista de la televisión francesa con Nabil Ayouch (Espiga de Oro en esta última Seminci por su película Los caballos de Dios), en la que manifiesta su sueño de contribuir a la reconciliación entre judíos y musulmanes. Y se me juntan en la memoria con las primeras declaraciones de Lorenzo Silva nada más recibir el premio Planeta, en las que expresa su deseo de que entre Madrid y Barcelona no haya más líneas de separación que la imaginaria del meridiano. O con las imágenes de Malala Yusufzai en el hospital de Birmingham rodeada de sus padres y hermanos y pidiendo los libros para preparar sus próximos exámenes en Swat. Y lo que en aquellos momentos me parecieron, respectivamente, buenas intenciones sin pies en la tierra, buenismo empresarial orquestado y enésimo episodio de una guerra ¿perdida?, hoy lo veo como la mejor mezcla de realismo y optimismo, la única capaz de dar pasos adelante apoyándose en la complejidad y riqueza del ser humano por encima de los estereotipos maniqueístas y simplones.

Incluso en la vecindad pucelana encuentra la memoria muestras recientes de este realismo tan raro que se escribe con el signo positivo. Como la reciente feria de emprendedores, con su respectivo concurso de proyectos a poner en marcha en la vida real. O el esfuerzo de sindicatos y empresa de Renault por llegar a un acuerdo para el que hoy mismo se conocía el merecido final feliz.

Sencillo placer

Esta tarde, al volver del trabajo pedaleando sin esfuerzo gracias al viento nordeste que me empujaba derechita a casa, dos personas ocupaban mi pensamiento.

Y la segunda era el encargado de la tienda donde compré y mantengo mi bici, que a menudo lleva una camiseta con la inscripción "Nada es comparable al sencillo placer de montar en bicicleta". Esta frase, que Google me localiza al momento como cita de John F. Kennedy, refleja perfectamente la expectativa de las pequeñas satisfacciones sin cuento que nos hace, cada mañana de invierno, embutirnos en cuantas prendas el frío haga menester, desde la punta del pie hasta el reborde superior de la oreja, y cargar con una mochila de ropa limpia y aperos variados, sabiendo que, al emprenderla sobre dos ruedas, cada jornada se tiñe un poco de juego y de aventura. De la sonrisa necesaria para circular entre la pena y pena de no tener seguro absoluto en nadie -empezando por el que nos mira desde el espejo-. Pero sí el suficiente.


lunes, 29 de octubre de 2012

Eludiendo por eso el mal presagio... (I)


Somos seis ciclistas haciendo fila en el carril bici ante el semáforo del puente Juan de Austria. Lo insólito de esta muchedumbre sobre dos ruedas me confirma que después de las vacaciones –ya perdidas en el olvido y en la dulzura de cualquier tiempo pasado- ha comenzado en Valladolid un año diferente.

"Un año gris y triste", me grita desde la orilla del río la tirolina desguazada del parque de aventuras Juan de Austria, mientras me araña el rabillo del ojo con trazos de carboncillo de infancia perdida, como las ilustraciones de aquella edición de 1964 de los cuentos de Andersen que sueño con encontrar en cada feria de libros usados para recuperar una parte de mi historia. Pero no le hago caso y sigo pedaleando donosa. "Hay gente a la que no le apabullan tus malos augurios", le contesto. Y, si no te lo crees, fíjate en esos chicos que son capaces de hacer vino con zanahorias. O en Susana Quirós, la ingeniera técnica de minas que trabajaba en la construcción y, al quedarse en paro por la crisis, ha tenido redaños para reciclarse en exitosa profesora de cocina.

"Un año gris y triste", insisten las estrechas aceras de la calle Paulina Harriet , acentuando la melancolía ínsita de la tarde de domingo –para más, lluviosa-, mientras pedaleo por su calzada también angosta y se me clavan en el ánimo restante los pasos exhaustos de dos viejos  que caminan de la mano hacia su portal en sombra. Pero yo desoigo cualquier palabra funesta, resuelvo mis asuntos y vuelvo por la calle Recoletas, ignorando la oscuridad de sus bajos sin comercios y la fealdad de sus garajes, y pensando que por allí tienen la sede los del Teatro Corsario, que están triunfando en su trigésimo aniversario con "El médico de su honra". Además, cuando ya en casa buceo en la web de Corsario para ver su calendario de actuaciones, el hilo de un ovillo cibernético inesperado me lleva al videoclip de "Intemporal", el último disco de los pucelanos Señorita Nocte, en el que la voz de Rak Martínez Manjarrés (¿dónde está, ahora que Ana Expósito ha pasado a ser la vocalista del grupo?) acaricia las imágenes de varios rincones de Valladolid proporcionándoles una poesía insospechada.

Julián Jiménez. Escultura de Ignacio Gallo. Imagen tomada
de la web de la Real Academia de la Purísima Concepción

El paránguari que no sabía quién era

Cuando ya me creo a salvo de las voces agoreras, una decepción traicionera arrasa los palos de mi sombrajo y me quedo a la intemperie, vagando de ida y vuelta cada mañana con su tarde, y cada noche urdiendo en duermevela inviable venganza. Y me vienen a la memoria, como siempre en las ocasiones tristes, los versos de Miguel Hernández en "Tengo estos huesos hechos a las penas": "Eludiendo por eso el mal presagio / de que ni en ti siquiera habré seguro, / voy entre pena y pena sonriendo".

Ellos me parecen la expresión exacta de lo que está pensando el violinista vallisoletano Julián Jiménez en la escultura realizada por su amigo Ignacio Gallo, que recibe a los visitantes de la exposición "A los progresos de las artes" en la Sala de Las Francesas. Y también se me antojan el resumen certero de la vida del poeta leonés Agustín Delgado -mi profesor de literatura en aquel COU del curso 1972-73 en el Instituto Cardenal Mendoza de Burgos-, que con su muerte ha adelantado el comienzo del otoño. Guiada por el recuerdo de una clase en la que nos leyó algunos de sus poemas, me pongo a buscarlos entre números sueltos de la revista Claraboya  y los libros Espíritu áspero y Discanto, y me quedo fija en la sexta de sus nueve "Rayas de tiza": "Porque hemos llegado / A un tiempo en que es mejor / Leer historias tristes / Que decir una sola palabra verdadera".


Junto a los libros de Agustín Delgado encuentro en mi estantería El paranguaricutirimicuaro que no sabía quién era, un Espasa juvenil dedicado por su autor, mi vecino de infancia y de pupitre en la carrera, José María Plaza, magnífico escritor burgalés al que le valió el Premio White Raven de la Biblioteca Internacional de Munich. Cuenta la historia de un animal muy raro (al ratón le parecía muy grande y al oso excesivamente pequeño; tenía las patas muy gordas para ser cigüeña y muy flacas para ser elefante; cuello demasiado corto en opinión de la jirafa, y ojos esmirriados si le preguntabas al sapo) que no sabía quién era. Y así me sentía yo esos días –quizás así nos sentimos todos cuando se nos descoloca demasiado el reflejo que recibimos en una opinión ajena que respetábamos-, sin ánimo para mirarme al espejo y despejar la duda.

Maquetas de la exposición Plays en el Museo Patio Herreriano

Aligerando el sillín de la bici

 Sin embargo, esta incertidumbre se me despejó de un plumazo una tarde que me acerqué al Patio Herreriano con intención de contemplar los artilugios arquitectónicos de Juan Carlos Arnuncio reunidos en la muestra "Plays", y me encontré, en otra sala del museo, la exposición "Los sueños de Helena", con ilustraciones de Isidro Ferrer. Y, de repente, allí estaba yo, en uno de esos cuadros, con mi bici y con todos los conocimientos de mi vida perfectamente clasificados y cargados sobre el sillín, robándome el sitio de mi descanso y pesando, pesando muchísimo.


Cuando salía del museo, riéndome un poco de la solemnidad con que me había tomado mis infortunios, vi que en el patio de los reyes estaban haciendo una entrevista a Javier Angulo. Y pensé que ese hombre parece también estar siempre eludiendo el mal presagio de no hallar seguro en los dineros con los que cuenta cada año para hacer el juego de malabares de sacar adelante la Seminci. Pero ahí le tienes, entre pena y pena sonriendo, y logrando una vez más el milagro.