viernes, 15 de julio de 2016

Renacimiento, agua y árboles sin raíces

Las mujeres renacentistas fijo que no hubieran podido andar en bici. No había más que mirar el volumen de los vestidos, las enaguas fruncidas y los tocados para el pelo que acababan de quitarse en una sala del palacio de Pimentel todas las mujeres que habían participado en la comitiva del bautizo de Felipe II dentro de los actos del Festival Renacentista "El esplendor de la Corte en Valladolid".



Aunque también es cierto que cualquiera de esas mujeres renacentistas hubiera pasado esa noche mucho menos frío que la maruja ciclista que, una vez regresada a su siglo XXI, con las exiguas ropas propias del verano que se había presentado en Pucela a primeros de junio, montó rauda en su Orbea para llegar a tiempo al concierto In Fémina: Amor y música en la época de Cervantes. Con tanto coser disfraz y tanto ensayo, no había tenido tiempo de consultar el parte meteorológico, así que se sentó, con su camisita y su canesú, en una de las sillas dispuestas en el Patio de los Reyes del Museo de Arte Contemporáneo.

https://www.youtube.com/watch?v=bJNVa7CiW-4

Allí, mientras el viento gélido del norte iba tomando posesión de la juntura de sus huesos, de la juntura de sus pensamientos se adueñaba el hechizo de la música antigua. Brotaba, mágica, de unas pocas gargantas (creía haber contado apenas doce o trece), tomaba impulso en los tambores de Yonder Rodríguez para elevarse por los pilares y muros del claustro, y se expandía por el aire como llovizna de melancolía en unos momentos, de burla en otros, de alegría de vivir y beber a ratos; de emoción todo el tiempo.

Agua y fuego por las esquinas de la ciudad

Unas gotas de esa lluvia de música se quedaron pegadas en los pedales, en el sillín, en la barra y hasta en los radios de su bici (esa debe de ser la razón por la que no la limpia, ja!). Eran las correspondientes a un dueto de impresionante belleza de las sopranos Verónica Rioja y Saray Prados. Sentadas en el escenario, cantaban sobre el amor mientras sus manos jugaban con el agua en un recipiente antiguo de zinc: "Ojos negros que os miráis / en el cristal de Jarama (...)  apartad de su corriente / ese fuego que me abrasa, / y donde agora se mira / haced que se mire el alma".

Y el alma se fue mirando: en el agua limpia que se había escapado de alguna conducción y que la esperaba aquella mañana en el carril bici al salir del trabajo. Parece -se dijo- como si el agua que tan abundante corre por Valladolid -por el medio, por debajo y a los lados; de ríos y manantiales- no se resignase a ser encauzada ni encerrada por arcas, canales, ni por anillos, y estuviera siempre pugnando por salir a ser libre. Ahora entendía las mil y una roturas de tuberías que cada mes acudían con puntualidad a las páginas de los periódicos a pesar de las millonarias intervenciones en el Anillo 1000.

Rubén Ojeda, Wikimedia Commons
Licencia CC-BY-SA 4.0

Y se miraba el alma: en los incendios que tontamente se producían en la ciudad, ya fuera por las pelusas de los chopos americanos -que se están sustituyendo, así que cuando ella ya estuviese muerta sus nietos podrían andar en bici sin atragantarse en primavera- o por la basura en Villa Julia, ese bonito edificio de la calle Zúñiga que alguien pensó en rescatar como centro comercial cuando ya a la ciudad le salían los centros comerciales por las orejas de unos ciudadanos que no llegaban a fin de mes. Y cruzó los dedos por que en agosto no llegasen a bosques y pueblos los fuegos de verdad.

Árboles y raíces

Y el alma torció un poco el cuello para poder mirarse en el cedro de la plaza de San Andrés, frondoso como su tocayo del Líbano pero escorado como el borracho que se apoya en la farola (justo el pie de una farola parece el rodrigón metálico que le han puesto para que no se caiga contra la torre de la iglesia). Según dicen los expertos, la culpa la tiene ese agua, tan abundante y tan a mano, que hace que muchos árboles urbanos no ahonden sus raíces, sino que se les vaya la fuerza por la copa, lujosa y fantasmona, pero vulnerable al primer viento.

Cedro de la plaza de San Andrés

Grupo Bioforge de la Universidad de Valladolid
(foto tomada de su web)
Asombrada por esa semejanza de los árboles con los humanos, se dijo que el Grupo Bioforge de José Carlos Rodríguez Cabello no tenía ese problema; al contrario, era como la encina, dura y leñosa, con raíces profundas y fruto cada vez más potente. En esta ocasión, se encuentran en el tramo final del proyecto AngiomatTrain (2013-2017), diseñando nuevos materiales capaces de inducir la generación de nuevos vasos sanguíneos que puedan devolver el suministro sanguíneo, y por tanto su función, a los tejidos dañados por la isquemia -por ejemplo, por un infarto de miocardio, un accidente cerebrovascular o una colitis isquémica-.

Escuela Internacional de Cocina
Universidad europea Miguel de Cervantes. Foto: Vallafotos, Wikipedia

Sin embargo, esta misma similitud la llevaba a interrogarse por la naturaleza de otros dos árboles educativos de Valladolid: la Escuela Internacional de Cocina, que en estos últimos días respira aliviada por el acuerdo de la Cámara de Comercio con la Consejería de Economía para refinanciar el pago de la deuda de su construcción -que había llegado a poner en peligro su supervivencia- y que desde el primer momento de su creación exhibió el follaje de sus cursos cortos y jornadas con estrellas internacionales, pero de la que nunca se supo hasta dónde llegaban las raíces de una formación estable sólida -en el replanteamiento de su actividad que este acuerdo significa tiene una nueva oportunidad-. Y la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que el sábado 4 de junio celebraba la graduación de unos 250 alumnos (261 según el titular de la nota de prensa de la propia UEMC; 245 si se sumaba el desglose por titulaciones; 263 sumando a los 18 de la universidad de la experiencia de las dos Medinas), que, ataviados con las becas de los colores de sus titulaciones, sí parecían frondosas ramas y flores, algo más exiguas que en años anteriores, lo que hacía preguntarse si en este tiempo de crisis y escaseces estarán sabiendo encontrar el camino de las raíces hacia algún filón de agua profunda.

El agua en el que el alma no quería mirarse -tenía miedo de encontrarse con el viejo monstruo de la avaricia- era el que reflejaba los árboles de Lauki y de Dulciora, que estaban siendo talados delante de nuestras narices... y de nuestra impotencia.


martes, 31 de mayo de 2016

Subirse a la nube...

Salto y poblado de Saucelle
Prefirió no pensar que quizás se encontraba absolutamente sola en todo el poblado en medio de la noche. A lo mejor quedaba alguien en la casita de recepción, se dijo, a pesar de haber oído marcharse al único coche que se veía en el aparcamiento. "Todo bien. El viaje corto y el paisaje una maravilla", escribió por whatsapp a su marido antes de abrir el libro donde lo había dejado la noche anterior y seguir leyendo la roja cosecha de sangre y fatalismo de Dashiell Hammett mientras las estrellas y la luna iluminaban este puñado de casas en el que antaño vivieron los obreros de la presa de Saucelle y, un kilómetro aguas abajo, la bucólica posada rural en la que ahora dormían sus amigos. Hubiera hecho falta una habitación más, así que ella, como organizadora de la excursión, se había prestado a desplazarse al poblado  fingiendo una despreocupación y una soltura que estaba muy lejos de sentir.
Casa rural junto a la desembocadura
del río Huebra en el Duero

Caseta de cabrero en una majada de Aldeadávila
de la Ribera

Pozo de los Humos en Masueco.
Foto: Mercedes Arranz

Barca en el Duero, en Freixo de Espada à Cinta

Así comenzó un viaje de tres días al paraíso de Las (Los) Arribes del Duero en el que sus pulmones se llenaron de aire limpio, sus ojos de cascadas, presas, montañas, nubes, águilas, buitres y cigüeñas negras, y su cabeza de historias sobre la construcción de los saltos del Duero, sobre las personas que vivieron y murieron en ese empeño, sobre los cabreros que habitaban en los riscos y de noche pasaban cargamentos de contrabando con Portugal para ganarse la vida; y, entre grandiosidad de miradores y paz silenciosa de paseos en barca, todavía quedó tiempo para acercarse a la Feria del Queso de Hinojosa y encontrarse allí, en un stand como una isla extraña entre puestos de queso y miel y templetes para bailes regionales, cuatro ejemplares clonados de su mismísima bici: era un mudo reproche de la gemela que esperaba abandonada en el garaje de su casa mientras ella andaba de pingo por cumbres y collados.

A la vuelta de ese puente del uno de mayo, Valladolid fue tomada por las nubes, que decidieron quedarse a vivir todo el mes en este valle, celebrando cada mañana una manifestación y cada tarde una fiesta. Hoy mismo, a ella y a su bici les acompañaba una pandilla variada y jaleosa; la jefa del clan, una nube gorda y morena, se tiró un pedo sonoro, y las de alrededor se meaban de la risa (ya ves, no eran los ángeles los que se hacían pis cuando llovía) en una lluvia juguetona que paró enseguida para dejar paso al cambio de viento y a las formas locas del resto de las nubes, que se pusieron a jugar al escondite, al "tú la llevas", y que se despelujaron imitando a cantantes de rock con tupés desmesurados. Ella se dejó llevar por ese aire de fiesta irreal, del que eran cómplices hasta los documentales de TVE2, que la recibieron, ya duchada y almorzada, con unas justas guerreras entre dragones de Komodo cubiertos por su cota de malla.


Pero no era solo ella, sino toda la ciudad, la que festejaba las aguas de mayo como presagio de una buena cosecha: se lanzaron los pucelanos a caminar bajo los nubarrones recaudando fondos para Asprona, a correr en la media maratón universitaria o a empaparse en la Carrera de la Ciencia; y no pudo faltar la formulación económica e informática del protagonismo núbeo, a cargo de José María Zamora, director de Microsoft Ibérica, quien aseguró a los estudiantes de Económicas que las pymes debían subirse a la nube si querían crecer.

Y era cierto, se dijo. Pensándolo bien, en la nube encontró ella la posada rural, el poblado de Saucelle, los land rover que les llevaron por los innumerables miradores y observatorios de aves, los pasajes para el crucero fluvial y hasta los restaurantes en los que comieron, distinguiéndolos de otros mil parecidos por las opiniones de viajeros anteriores también colgadas en la nube. Mira por donde, a pesar de los innumerables reproches de Sor Raquel hace cuarenta y tantos años, resulta que no era tan malo estar en las nubes, siempre que no fuera en una llamada Inopia.

... escapar a la luna...


Uno de los pocos días en que las nubes dieron tregua -y el pronóstico meteorológico prometía otros dos o tres días de secano- hizo de tripas corazón, se colocó la mascarilla que tanto la agobiaba al respirar, y ayudó a su pareja a fumigar el manzano, el peral, el ciruelo y el cerezo. Nunca se había sentido agricultora ni hortelana  -no se encontraba cómoda manipulando a la naturaleza para que le diera de comer-, sino más bien paseante pijo-romántica, de las que imaginaban que dejando los árboles a su libre albedrío se formarían jardines salvajes y misteriosos. El trajinar para la supervivencia era cosa de parias hiperactivos o de explotadores egoístas; lo suyo -y lo de todo idealista que se preciara- era la contemplación filosófica y la crítica de la razón pura, con permiso de Immanuel Kant.

En cierta forma, se encontró retratada pocos días después en el proyecto que unos estudiantes y su profesora habían diseñado para participar en el concurso Odysseus con un asentamiento lunar, a modo de comuna utópica, en el que no faltaba detalle para una convivencia teóricamente más humana. Y se acordó de una canción que también les enseñaba Sor Raquel -¿o sería Sor Anunciación?- en parvulitos y en primaria, en la que se glosaba la aventura de los niños del colegio de Santa Juana, que se proponían construir un barquito de vela "para vivir en el centro del mar, porque ya no se puede vivir en la tierra" -decían, angelitos, sin saber que esa pretendida canción protesta de los niños cristianos frente a un mundo errático en realidad era una versión de La bella Lola cantada por la marina mexicana en momentos de farra-.

... o producir un poco de luz


Se cumplió el pronóstico meteorológico para los días siguientes. El jueves 19 de mayo, pedaleando hacia casa a la hora de comer, se dio cuenta de que habían desaparecido casi todas las nubes. Quedaban unas poquitas, dispersas por el cielo como los turistas misántropos se dispersan por la playa en temporada baja, o como las marujas de horario descolocado -como ella misma- deambulan por pasillos desiertos de supermercado a las tres y media de la tarde. Inspiró hasta el fondo el aire sosegado, metió las compras en la mochila, y, mientras colocaba en la bici el faro delantero y el piloto trasero que había quitado al aparcarla, se dio cuenta de que quizás sí había estado sola en el poblado de Saucelle aquella primera noche de Las Arribes; eso -las luces- fue lo que hubo de distinto en las dos noches siguientes, los faroles de las otras casas señalando el hálito de la compañía cercana.

Quizás esa fuera la alternativa a las distintas formas de escapismo: empeñarse en producir un poco de luz. Ya fuera poco a poco, como ella con los pedales transmitiendo la energía a la dinamo de los faros -como Jiménez Lozano, que todos los años se reúne con los alumnos del instituto que lleva su nombre para abrirles horizontes a la sabiduría; como los chicos de Asalvo, recaudando fondos mediante conciertos para dar de cenar cada semana a los que se acercan al arco de ladrillo al calor de su compañía; o como el IOBA, poniendo la luz de su investigación certera donde la irresponsabilidad de un medicamento mal realizado ha ido produciendo ceguera-; o a lo bestia, como esas obras faraónicas de las presas y los saltos de las Arribes, a los que parece que quieren emular quienes proponen cambiar las estructuras de toda la sociedad para que la riqueza se reparta mejor -aunque, por lo visto y oído, no sé si tienen tan claro el proyecto y los planos de todo el tinglado como las obras de ingeniería de las centrales hidroeléctricas-. 

Órgano barroco. Iglesia de Fermoselle

Cristo yacente. Iglesia de Fermoselle
 
No se sabe si por esos pensamientos lumínicos en los que se debatía su pedaleo o por el sol de las primeras horas de la tarde, pero el caso es que se puso apocalíptica -literalmente- y le vinieron a la memoria las palabras que llamaron su atención el primer día de mayo, mientras contemplaba el órgano barroco y otras obras de arte de la iglesia de Fermoselle, y el cura leía con voz potente un pasaje del Apocalipsis en el que se decía que la ciudad brillaba cual piedra preciosa y jaspe traslúcido -como esas fotografías de la NASA en las que se ve el país entero con sus ciudades iluminadas-, pero que no necesitaba lámparas que la alumbrasen porque su luz era la justicia; o el amor; o Dios. O algo así.

Fotografía: NASA's Earth Observatory

viernes, 1 de abril de 2016

Sonido y significado, percusión y armonía

Como una pesadilla. El claxon de un camión sonando ininterrumpidamente durante dos larguísimos minutos (hubiera jurado que se trataba de un accidente grave y no de la descarga de mercancías en un hipermercado) y el estruendo ensordecedor de los sopladores de hojas de los jardineros municipales toman posesión de mi cabeza, atrapada en el casco, y vuelvo a sentirme presa de la agitación que anoche me impedía conciliar el sueño después de ver La gran apuesta. Pasar dos horas y tres minutos sumergida en una batahola de sonidos a volumen desmesurado y de rápidos movimientos de cámara en planos trepidantes, como una orgía de estrés de la que no se puede escapar, hace vivir en primera persona la tensión y la euforia -culpable, recuerda Brad Pitt, pero qué importa- de unos cuantos inversores que se hicieron ricos con la crisis económica mundial de 2008 por haberla visto venir. Justo el antónimo del descanso bucólico que inconscientemente busco en la pantalla.

Pero pronto el susurro manso de la lluvia y otra euforia más pacífica -la de mi propio esfuerzo al pedalear- me devuelven la calma y continúo mi ruta diaria contra la corriente del Pisuerga y a favor del viento suroeste: esquivando los perros de Arturo Eyríes que tanto aman al carril bici; cubriendo mi turno para paliar la soledad del Beatus Ille (es el nombre que le he puesto al paseo que bordea los campos de fútbol y los chalets del Palero desde la avenida de Medina del Campo hasta el Museo de la Ciencia, no solo por ser escondida senda que acaba en las estatuas de Einstein y Pío del Río Hortega, sino porque a su lado serpentea la calle del doctor Sánchez Villares, que también pertenecía a la tribu de los pocos sabios que en el mundo han sido); y así, embarcada en esa nube de hipnosis acuática entre la lluvia y el río (que mezcla en mi cabeza las imágenes reales del parque Juan de Austria con la isla de enfrente recreada por Rubén Abella en Baruc en el río; la de su mendigo imaginario con el recuerdo de una chabola real junto al puente de Adolfo Suárez; y que pone como banda sonora de mis recuerdos los tambores y trompetas de las cofradías cuando paso por la Rosaleda y por el parque Ribera de Castilla, ahora que ya están encerradas en un polígono industrial), llego hasta la paz confortable de la biblioteca de la Rondilla.

Parque de Aventuras Juan de Austria
Einstein junto al Museo de la Ciencia
Allí, mientras arranca mi portátil, contemplo con envidia a un técnico de antenas subido en un tejado altísimo: seguro que allá arriba el viento en la cara, la sensación de libertad y la distancia me harían más llevadera esta cuaresma de diálogo de sordos en que nos ha metido el resultado de las elecciones del 2o de diciembre.

Atemperar los metales para que se oigan las voces armonizadas

Al bajar la mirada, encuentro en la pantalla la explicación a todas las cavilaciones que me han ocupado y desconcertado en los dos últimos meses. Lo dice Jordi Casas explicando el último experimento de los coros de Castilla y León con la Oscyl: "Se trata de una versión especial de La Creación de Haydn, en la que el director, Leopold Hager, utiliza sacabuches y trompas naturales para atemperar el sonido de los metales, y modera el volumen de la orquesta para que se oigan las voces, no tanto la pronunciación como la aliteración".

Voces y metales en un concierto reciente
Así que me pregunto si no podrían los líderes de los partidos moderar un poco el ruido de los metales para escuchar lo parecido que pueden pronunciarse los distintos conceptos de democracia que tiene cada uno, y así conjugar el acento de unos en la libertad, de otros en la igualdad y de algún tercero -tímido- en la fraternidad, como ya se hizo hace treinta y ocho años, para organizar un país decente. Pero no, siguen los instrumentos más ruidosos -en nuestro caso es más bien la percusión- pronunciando con furia visigótica su colección de oclusivas sordas (corrupto, populista, hipócrita), que cualquier día nos revientan la glotis al salir y los tímpanos al entrar. Porque lo importante parece ser demostrar a cuál de las dos españas, resucitadas como momias malolientes, pertenece cada uno; como si en la pertenencia al grupo de "los buenos", o peor, en el odio hacia "los malos", estuviera la solución a problemas tan complejos como el paro, la desigualdad creciente, una educación bastante desvencijada, una sanidad en equilibrio inestable entre el recorte y la falta de sostenibilidad, o la tragedia de cientos de miles de refugiados con los que no sabemos qué hacer.

Antes de emprender el camino de vuelta, paso un buen rato contemplando las series "Presencias" y "El caballero de la mano en el pecho", de Sofía Gandarias (la pintora vasca que fue Caballero de las Artes y las Letras de Francia), asombrándome de lo parecidas que son las manos y las miradas de las personas, a pesar de tan distintas; y de encontrar en otro artículo el eco de mis pensamientos, mejor expresados por Antonio Muñoz Molina, clamando por que los defectos de nuestra democracia no nos lleven a deslegitimarla ni a olvidar la diferencia -radical, no hace falta que nadie se lo explique a quien conoció el franquismo- que hay entre la libertad y la dictadura. Todo me parecen aliteraciones borrosas, como la llovizna, que no dejan brillar la nitidez de las grandes ideas redentoras, pero que nos hermanan en sus perfiles desdibujados, sin aristas.

Salmodias, letanías y tablas de multiplicar: se van los "nobis"

Otros dos meses han pasado desde aquellas mañanas de lluvia refugiada en los suaves colores de la biblioteca -madera clara de las mesas y gris de los anaqueles-, fundidos con el gris de las nubes a través de los ventanales. Y ha seguido lloviendo, pero mi fe en el valor conciliatorio de las aliteraciones armónicas se ha ido debilitando a medida que las repeticiones de sonido se han convertido en salmodias o mantras, como las tablas de multiplicar, de las que nada importa el significado. Mejor dicho, no han servido para relativizar las aristas en pro de acuerdos y cercanías descubriendo lo común, sino todo lo contrario, para fijar obsesivamente en las cabezas, vaciándolas de sentido crítico, las cuatro ideas simples que hay que tener listas para el enfrentamiento: para no olvidar que lo importante son los bandos y saber claramente cuál es el nuestro.

Durante este tiempo, Chris Tuan ingeniero de la Universidad de Nebraska, ha estado poniendo a punto un asfalto que derretirá el hielo impidiendo que los aviones se retrasen en los despegues o que los coches resbalen en invierno (¿qué invierno?, me pregunto este año que no ha habido);  y más cerquita, en Valladolid, el IOBA ha probado con éxito un implante que puede solucionar muchos problemas a personas sin globo ocular; Lactalis anunció que desmantela Lauki y Mondelez que cerrará Dulciora en 2017; y Renault negocia con sus trabajadores para ver si la factoría de Valladolid es digna (es decir, barata) de acoger una planta de fundición de aluminio inyectado. Pero nosotros seguimos solo pendientes de la evolución sintáctica, subordinada condicional, de los pactos perifrásticos (que habrán de ser o no).

Jour de pluie à Paris. Gustave Caillebotte.
Foto tomada de Wikimedia
Esperando el dos de mayo, sigo pedaleando cada día bajo una lluvia que nunca llega a ser como la de Pablo Guerrero (sería estupendo conocer la medida exacta de los cántaros necesarios para limpiar el aire sin provocar los destrozos y el lodo de las inundaciones), y viene a mi memoria la pregunta que se hacía mi amiga leonesa Inma cuando era pequeñita y escuchaba rezar el rosario en la radio de su casa. Decían las letanías "ora pro nobis", pero ella entendía "se van los nobis". Y cuenta que nunca se preguntó quiénes eran los nobis, sino dónde se iban, ya que tanto insistían en ello todas las noches. Quizás eso es lo que nos ocurre, que no nos preguntamos quiénes somos, pero oteamos el horizonte para ver si alguien nos lleva a alcanzar alguna ignota meta de bienestar.

Mientras, la llovizna suave, biselada por el viento, bisbisea sibilante: "se van los nobis, se van los nobis..."

sábado, 1 de agosto de 2015

Arpas y trompas, nidos y soledades

Resultaba gracioso sorprenderlos así al entrar en la cocina: dos hombres barbados con cara de niños en pleno asombro, grotescamente inmóviles, congelado su movimiento en mitad de un paso, y con la mirada absorta en un punto al otro lado de la ventana. Ni mi hija ni yo andábamos muy despejadas al empezar esa mañana de domingo, pero la actitud de ellos era un claro mandato para situarnos alerta y en silencio, moviéndonos despacísimo hasta llegar a descubrir  el objetivo, que no era otro que un gorrión con una ramita en el pico –más grande que su cuerpo entero- haciendo viajes al interior del durillo de nuestro jardín; de allí salía al cabo de un momento con el pico vacío, y vuelta a empezar. Nos tuvo un buen rato hipnotizados a los cuatro, contemplando sus transportes y con pena de no poder ver el nido a través de las ramas frondosas del arbusto.

Tampoco los días siguientes me atreví a revolver entre las ramas -me daba miedo que la madre extrañase a las crías si notaba la intrusión-, pero desde esa mañana una parte de la vista y del pensamiento se me han independizado y, mientras yo pedaleo un día y otro la avenida de Salamanca, la orilla del río o la plaza del Milenio, ellos andan localizando nidos y tirándome de la manga: "Fíjate, uno gigante en un árbol diminuto"; "mira, un mirlo camuflado de perfil entre las ramas sin hojas de un plátano enfermo; ¿dónde tendrá el nido?" "¡Hala! -gritaron un viernes al llegar al pueblo-, este año hay mogollón de golondrinas volando y los aleros están llenos de nidos". Y yo me hago a esa música de curiosidad ornitológica que termina impregnándolo todo: me dan pena los eventuales que tras las elecciones municipales y autonómicas andan desalojando los nidos que habían elaborado durante años -algunos no me dan tiempo de sacar el pañuelo para las lágrimas y ya están situados en mejor destino-; observo con interés la prisa con que los nuevos ocupantes del nido consistorial (Saravia en cabeza, Puente al rebote) marcan sus diferencias con los anteriores, el cabreo de Trebolle, que ve otra vez alejarse en el horizonte la solución a su colección de nidos, y el órdago al punto de los ocho millones de euros por el Salvador con amenaza expropiatoria; me indigna que los bancos sean en Valladolid los principales morosos de los nidos que se han apropiado precisamente porque sus dueños eran morosos (¿no habría manera de desahuciar a los bancos por impago?); y me entristece la soledad y desamparo en que mueren por un desierto lejano bandadas de pájaros humanos que dejan sus países buscando un nido donde poder instalarse y sacar adelante a sus crías; son como esas aves migratorias que todos los años recordamos el segundo domingo de mayo, pero sin documentales que nos narren su frustrada hazaña en la hora de la siesta.


La parcela entre Villa del Prado y Girón y el proyecto ganador
del concurso del Campus de la Justicia

Calendario de soledades sonoras

Como todos los años, marqué algunas fechas en el calendario de mi móvil en cuanto tuve el programa de la feria del libro de Valladolid (el 27 de abril, encuentro literario con David Trueba, el 28 con Julio Llamazares y el 3 de mayo homenaje a Agustín García Simón), pero, también como casi todos los años, los planes se me torcieron y tuve que conformarme con escucharles a través de sus personajes y no en persona. Y así fui paseando las soledades perdedoras de Leandro, Aurora, Lorenzo, Sylvia y Ariel (personajes centrales de Saber perder) por el carril achicharrado entre Arturo Eyríes y Parquesol a las tres y media de cada tarde de este mayo incandescente. Allí me encontraba con otras soledades insignes -Zorrilla, el conde Ansúrez, Delibes o Cervantes- que iban tomando forma bajo el pincel o el rodillo de alguno de los ilustradores de Nos comen los nipones que se turnaban al mediodía para terminar de pintar el muro desde un andamio solitario a punto de derretirse. "Peor era esta mañana -me dice Jorge Consuegra mientras termina de pintar la cara de Delibes- cuando el sol me cegaba; ahora hay algunas nubes que traen incluso un poco de frescor".



Algo parecido al frescor -más intenso quizá- encontré pocos días después, el 22 de mayo, en un concierto de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. No en la viola, que es para la que Berlioz compuso Harold en Italia, sino en un diálogo solitario y enamorado entre el arpa y una de las trompas al final del segundo movimiento, que me hizo olvidarme de todo lo que me rodeaba y me recordó que así es como empieza todo lo importante en la vida: reconociendo en otra persona -a veces en una afición o en una profesión- esas notas que son como un eco del latido del propio corazón, que se acoplan a las vibraciones del alma y la impulsan a hacer algo único, a emprender una vida propia con ese tesoro secreto, compartido por unos pocos amigos, ignorando todas las corrientes que empujan hacia una existencia general estabulada.

Grupo de Música Antigua de la Universidad de Valladolid
en el concierto de fin de curso. Foto: Carlos Barrena
El arpa. Nunca le había prestado mucha atención a ese instrumento, pero de nuevo el 30 de mayo Xavier Maistre, en otro concierto de la Oscyl, volvió a lograr la magia: liberadas por sus manos -a veces sutiles, otras casi violentas- y sin caja de resonancia que las constriñera ni orientara, las notas volaban por todas las esquinas de la sala (unas a mi espalda, otras de frente o dando la vuelta y haciendo cabriolas a izquierda y derecha) llenando el espacio de color y de alegría. Y así es como contemplé la vida durante la primera quincena de junio, descubriendo gente que se dedica a hacer cosas geniales con su soledad sonora. Entre ellos, el Grupo de Música Antigua de la Universidad de Valladolid, que nos volvió a recordar, el 12 de junio, en un inolvidable concierto de fin de curso en el Palacio de Santa Cruz, el verdadero y sencillo significado de la palabra excelencia, tan sobada por la mediocridad reinante en muchos ámbitos -tanto que a punto estuvo de estropearme esa quincena un amago de vómito al contemplar una ortopédica soflama publicitaria elevada al rango de tesis doctoral-. También entre los geniales, Leonardo Padura, que el día 10 de junio conseguía el Premio Princesa de Asturias de las Letras, y que ha llenado mi mochila de emoción con sus cuentos de Aquello estaba deseando ocurrir, en el que su maestría de narrador se coloca en la voz y en la mirada de protagonistas muy diferentes, que unas veces triunfan y otras sucumben, pero que siempre viven su apuesta singular.

La paloma y la tormenta

Casi llegaba al final de ese libro el domingo 14 de junio, y las nubes negras de la tormenta inminente acompañaban las palabras tristes de la primera mujer del suicida Raimundo Manzanero ("Yo me imaginaba que un día iba a hacer esto. No se puede vivir pensando que uno podía ser distinto"), que yo rumiaba mientras pedaleaba, también a las tres de la tarde, por la calle Magallanes. En el semáforo del cruce con Puente Colgante acentuaba la sensación de tristeza tormentosa una paloma solitaria posada en el brazo del semáforo, recortada su figura contra la negrura amenazante de las nubes y sobre la luz roja que negaba el paso. A los dos días, esa tormenta negra de tristeza nos despertó a todos con la muerte de José Antonio Gil Verona, quien quizás llevaba tiempo viendo en rojo todos los semáforos de su vida y sintiendo que nadie le ofrecía el apoyo de una rama amable donde posar su vuelo fatigado.

Mientras regreso a casa esta tarde para comenzar las vacaciones, me persigue por el carril bici una lata vacía impulsada por el viento, como un remate de metales chirriantes para este mes de julio en el que el libro de Julio Llamazares Distintas formas de mirar el agua ha vuelto a colocar el foco sobre la soledad y la pérdida. Pero yo me resisto: aprovecho el mismo impulso que arrastra a mi perseguidor, doy esquinazo a la lata del mal fario y preparo la cena cantando con la ventana abierta para que me respondan el gorrión del viburno de nuestro jardín y otros pájaros cercanos que desconozco y a los que pongo los nombres que acabo de leer en un informe sobre mi antiguo barrio de Pajarillos (periquito, colibrí, marabú, papagayo, cóndor, zorzal, paloma, cuclillo, oropéndola, calandria), referido al polígono 29 de Octubre, en el que también están en juego 570 nidos del este de Valladolid. La mitad de ellos, nidos de calés, pero de eso hablaremos otro día.

viernes, 3 de abril de 2015

Sobrevivir al desencanto: bufandas, remakes y pinceladas anarcos de Pucela

Actores de Una familia de Tokio (imagen tomada del blog
La mirada de Ulises)
El frío de cuchillo de esta noche lo noto al pedalear como un dolorcillo en la frente, donde impacta el viento (el resto de la cara lo llevo protegido por un tapaboca al que nunca llamaré por su antiestético nombre), pero es algo estimulante, me ayuda a sentirme viva y me permite olvidar la pringosidad de sirope y merengue que rezuma por mis orejas por culpa del empalagosísimo doblaje de Una familia de Tokio, película genial que acabo de ver en sesión de cinefórum con unos amigos. No entiendo la afectación y antinaturalidad de los dobladores de todos los personajes (excepto del que pone voz a Shuji, el hijo pequeño), y me desconcierta especialmente la voz temblorosa de bisabuelita decrépita que le ponen a la protagonista -¡una mujer de 68 años!-, aunque luego me doy cuenta de que quizás sea ese anacronismo el único defecto que le encuentro al homenaje que Yoji Yamada hace a su maestro Yasujiro Ozu con este remake de Cuentos de Tokio (en 1953, cuando se estrena la película de Ozu, la esperanza de vida de los japoneses no llegaba a los 68 años, mientras que ahora viven más allá de los 83). Por encima de todo ello, se impone la inmensa capacidad de Yamada –como Ozu y todos los buenos directores japoneses- para llevar de la mano al espectador y colocarlo en una actitud contemplativa que le hace aprehender la realidad impregnada de las emociones que el director le inoculó.

Pero no solo la realidad de Tokio. Desde esa noche de pleno invierno –hace casi un mes, ahora ya florecieron los almendros-, las calles del Valladolid que recorro cada mañana y cada tarde, las personas que me encuentro y las noticias que escucho están bañadas en una especie de búsqueda dolorida para recuperar o redibujar, tras el desencanto de la crisis, la identidad de la ciudad, de la profesión de cada uno, de las relaciones familiares... justo como hacían Shukichi y Tomiko, los protagonistas, a la vuelta del hotel al que les despacharon sus hijos.

A la búsqueda de la identidad perdida

Así lo percibí pocos días después en Madrid, en el salón de actos de la Fundación Rafael del Pino, donde nos reunimos un nutrido grupo –tirando a multitud- de compañeros de esta profesión -chavalitos triunfantes en la primera fila, veteranos de las redacciones de siempre, freelancers, escépticos redactores de sucesos, directores de comunicación y jefes de prensa, estudiantes enardecidos tecleando en el portátil- para escuchar la historia de Jill Abramson, que también anda sobreviviendo al desencanto de su misterioso despido como directora del New York Times embarcándose en la creación de un nuevomedio digital especializado en grandes reportajes, que -¡oh prodigio de las finanzas bien organizadas!- se venderán baratos (la suscripción será de 2,80 euros al mes) y se pagarán muy caros (redactores liberados con un adelanto de 100.000 dólares para poder investigar donde la historia les lleve y escribir sin el apremio del recibo de la hipoteca).


Conferencia de Jill Abramson en la Fundación Rafael del Pino

Su conferencia fue una narración fluida de sus experiencias –historias con la etiqueta exclusiva del premio Pulitzer-, reivindicando con el ejemplo la importancia de la narrativa en el periodismo y alertando contra la vuelta de la censura, esa braga –ahora sí merece su nombre- que de nuevo se teje con la lana sofocante de las crecientes seguridades nacionales para tapar la boca de cualquier candidato a "garganta profunda".

El que no tiene ninguna duda respecto de su identidad (un poco sobreactuada tal vez) es el colega al que acabo de adelantar en el carril de la avenida Salamanca después de chupar un rato de su rueda solo por el gustazo de contemplar el impoluto brillo de las llantas de su bici de carreras, la magnificencia del tejido de sus culotes y maillot y la línea de perfecto aerodinamismo de su mochilita; vamos, que me he llegado a preguntar si no estaríamos compitiendo en un velódromo en lugar de volviendo a casa por este modesto carril bici.

No sé por qué, pero el contraste entre su egregia figura y la mía (de currante de entre semana) me ha resultado una imagen gráfica de la diferencia entre los antiguos debates urbanísticos y los actuales, que todo este mes de marzo han estado especialmente presentes en Valladolid con la aprobación inicial del PGOU. Así como antes parecían dilucidar sobre distintos modelos para una ciudad llamada a las altas esferas del glamour, ahora la discusión tiene ese otro tinte de supervivencia al desencanto, de vuelta a la modestia de los pequeños arreglos que puedan sanar heridas de la ciudad y de incertidumbre ante la viabilidad de muchos de los proyectos soñados; incertidumbre que, a pesar de los anuncios de última hora -¿nada electoralistas?- sobre el Campus de la Justicia, ya se había llevado por delante los ánimos de la concejala del ramo.

Visión del artista versus resignación

Tres voces he oído también estas semanas clamando en el desierto por la búsqueda de una identidad para Valladolid -Fernando Manero, Ángela de Miguel y Óscar Puente-, y, aunque sus ideas son claramente constructivas, no puedo evitar sentir que hablan de fabricarnos un retrato retocado y glorioso para enseñar a las visitas; de una imagen a la que todos debiéramos contribuir, siempre con la duda de si llegaremos a realizar una genialidad o nos quedaremos en el ridículo intento de un mal remake. Pero creo que la mejor respuesta a ese anhelo de identidad recobrada la daba otro vallisoletano de lujo, José Luis Alonso de Santos, en el I Congreso de la Academia de Artes Escénicas, que se celebró en Urueña, reivindicando la visión artística como el arma para incidir en la sociedad, buscar caminos para evitar la resignación y hacer que el mundo sea algo menos inmundo.

Su determinación de no resignarse se me viene a la cabeza esta tarde final de marzo, en una breve visita a Gijón, en la que, tras un paseo en bici por la playa de San Lorenzo y el Muro bajo una losa de nubes negras, llego hasta la estatua de La Lloca y encuentro en sus ojos y en su mano extendida hacia el mar el reflejo exacto del dolor y el desconcierto que sentimos cuando, después de una semana contemplando perplejos el daño que puede desencadenar la desesperanza desbocada –estos días llamada Andreas Lubitz-, leemos en la pantalla del móvil que la pregunta sobre el paradero de Lalo García se ha resuelto con la fría evidencia de un cadáver flotando en el Pisuerga.

   

Sigo un rato mirando hacia el mar -el viento empuja mi cabello en la misma dirección que el de la madre del emigrante de Ramón Muriedas, y en el reproductor de música suena Silence, de la sinfonía número 3 de James MacMillan-, pero enseguida me fuerzo a separarme de su hipnosis de congoja y empuño de nuevo el manillar de mi bici, acariciándolo con agradecimiento, porque, aunque su rodar a ras de tierra no me permita alcanzar la perspectiva aérea de una imagen redonda de mi ciudad, sí me acerca cada día, con la libertad un poco anarco del pedaleo, a una de las miles de pinceladas que conforman su realidad múltiple y contradictoria, como la visión del artista. Ella me llevó hasta ese rincón del barrio de la Victoria que todos los años resulta transfigurado por los dibujos y pinturas de un grupo importante de arquitectos que Darío Álvarez  reúne en la exposición Artaspace; o hasta la plaza de Lola Herrera, en Delicias -mezcla de caserío de pueblo y moderno urbanismo minimalista-, donde pude contemplar el poema acróstico, disfrazado de valla publicitaria, con el que un chaval le pedía matrimonio a su chica.




Pero, sobre todo, es la bici la que me sitúa –como las películas de Yasujiro Ozu, Yoji Yamada o cualquiera de los buenos directores japoneses- en esa actitud ante la vida y la ciudad que me hace pensar, al pasar por delante del Clínico, en Raquel Barbero y Hugo Pérez, que han diseñado una técnica pionera de radiación que mejorará bastante la vida de las personas con enfermedades de tiroides; que el letrero de Helios que me cruzo cada mañana venga en mi cabeza asociado a la investigación que están realizando con el Cartif para desarrollar alimentos de alta eficacia en la prevención de enfermedades como la obesidad, los trastornos del sistema cardiovascular y del sistema nervioso central o la artritis reumatoide; que, al leer los periódicos cada tarde (ya sé que no es un horario muy ortodoxo, pero es el mío), me fije en el exitazo de Dora García, única española de nuevo en la Bienal de Venecia; o que busque y coleccione en mi pincho de memoria las entrevistas que Victoria Martín Niño les hace a los instrumentistas de la Oscyl -la última de ellas, a la violista Virginia Domínguez-; y que a todos ellos, sin querer, los sienta como parte de una familia virtual y extraña llamada Pucela.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El retrovisor y los tentáculos del seto

¡Qué chisme tan aparatoso!, me dije para mis adentros -cuidando de bajar el volumen de los pensamientos, no fueran a transparentarse por encima de la sonrisa hipocritilla- mientras sujetaba al extremo izquierdo del manillar el retrovisor que acababan de regalarme mis hijos. Siempre me habían parecido un poco ridículos los ciclistas que abigarraban sus bicis con cestas, alforjas y todo tipo de adminículos -a mi modo de ver, inservibles-, y ahora yo iba a ser una de ellos. Chungo.

No imaginaba entonces lo equivocada que estaba y el gran aprecio –demasiado, pienso ahora- que iba a coger a "mi" retrovisor, que cualquier día me pego un piñazo por ir mirando hacia atrás en lugar de hacia delante.

Él me libra de los peligros en los cruces complejos, cuando obedezco la ley de mi semáforo en verde y me atacan por detrás de la oreja izquierda los velocípedos a los que acaban de abrir el suyo y que apenas se enteran del ámbar que me protege –poco- y de mi propia presencia pedaleante y espeluznada. Pero ahora mi espejito mágico me informa de todos los movimientos que se producen a la espalda de mi costado izquierdo y puedo actuar con pleno dominio de la situación.

Él me avisa de los coches que se aproximan a mi rueda trasera, y hasta puedo leer, en sus ojos viceversa, sus pensamientos (equivocados) de que en esta carretera tan estrechita cabemos dos coches y una bici, así que me pongo en el centro del carril hasta que nadie viene de frente, y entonces me orillo para que me adelanten cómodamente.

Y, lo que es más chulo, él me permite ver alejarse hacia el horizonte posterior a las personas, árboles y nubes con los que acabo de cruzarme en el camino. Pero esa ha sido mi perdición:  llevo dos meses largos con síndrome de retrovisor, contemplando cómo se aleja este verano prolongado en un otoño disfrazado de agosto, mientras intento ignorar el tedio del trabajo sin fruto aparente que acompaña a mi tiempo frío.

Los pantalones de campana de La Isla Mínima y L' Arlesienne de Bizet

Solo puedo decir en mi defensa que este escaqueo por el mundo de la nostalgia no ha partido solo de mí, sino que me ataca desde todas partes y se me pega a la ropa y a la respiración, como si en algún lugar de la ciudad o del país hubieran colocado un inmenso retrovisor. Allí está cuando acudo al concierto de apertura de curso de la Universidad de Valladolid y se abre con L' Arlésienne, de Bizet, en la que inmediatamente reconozco una canción de montaña de los campamentos de mi adolescencia en la sierra de la Demanda entre Burgos  y Soria. Intento confirmarlo en internet, y la búsqueda me lleva a la Marche pour le Régiment de Turenne, de Jean Baptiste Lully (1632-1687), y a su utilización por Georges Bizet, casi 200 años después (1872), como tema de la Marche des Rois y de L' Arlesienne; pero, sobre todo, esa búsqueda me recupera nombres y artículos de gente de Burgos de principios de los setenta, que en mi memoria permanecen con camisas de cuellos grandes y pantalones de campana, muy parecidos a los que me encuentro una semana más tarde –cuando ya casi me había despejado de esas remembranzas- en esa obra de arte que es La Isla Mínima.

Me espera en el periódico cuando leo una entrevista con Carlos Soto -que el sábado pasado presentaba en San Miguel del Arroyo el primer disco del coro Pinares de Castilla-, que me lleva a rebuscar, entre las viejas casettes de casa, las dos que grabó el grupo Almenara. En el centro de la carátula de ¡Vaya postín...! le reconozco con su flauta travesera y sus apenas dieciocho años bajo el sombrero, mientras escucho Castilla lo más granado y el romance de la loba parda.

Salgo a ver una exposición de arte contemporáneo –"Vallisoletanos irreemplazables. Homenaje a Jorge Vidal", en la galería La Maleta-, y también allí, mientras admiro las obras de Vidal, de José Noriega, Gonzalo Martín Calero, Lorenzo Colomo y tantos otros vallisoletanos verdaderamente irreemplazables (me llama la atención un dibujo precioso de Belén González, de la que solo conocía esculturas), no puedo evitar el efecto retrovisor, que hace resbalar mi memoria hacia un congreso de periodismo autonómico en Palencia, en 1985, donde conocí a Domingo Criado -uno de los integrantes del Grupo Simancas junto a Jorge Vidal-, del que no hay obras en esta muestra, pero cuya evocación basta para situar de nuevo la realidad en ese halo neblinoso de lo que se aleja hacia el horizonte que queda a nuestra espalda.




Y lo mismo me ocurre cuando leo sobre el homenaje de la Fundación Delibes a Julián Marías, que enfoca el espejo de mis recuerdos en uno de los momentos más tristes de mi trabajo en la Universidad de Valladolid: cuando este pensador excepcional rechazó, en 2002, el doctorado honoris causa que proponía la Facultad de Filosofía y Letras, porque llegaba demasiado tarde. Como llegarían –si es que llegan- tantos otros homenajes que deberían haber jalonado este año de su centenario por parte de instituciones vallisoletanas, autonómicas y nacionales. País ingrato somos.

Cortando el seto

La única nota discordante en este tibio territorio de nostalgias son los tentáculos crecientes y leñosos del seto que bordea el carril bici, que me obligan a adentrarme cada mañana y cada tarde un poco más en la acera para evitar tropiezos o rasguños, abandonando el carril como terreno conquistado por la maleza. Quizás esto sea, exactamente, lo que ha estado haciendo mi subconsciente: dar vueltas por los recuerdos para apartarme de los leños hirsutos de un presente en el que 43 estudiantes pueden ser asesinados por los garantes del orden y la ley, o en el que muchos miles de personas mueren no lejos de aquí (3.800 kilómetros a Monrovia, 3.600 a Freetown o 3.500 a Conakry), sin que hayamos movido un euro para investigar la enfermedad que los mata hasta que un caso se ha acercado a la vecindad de nuestra prima en Alcorcón... o en el que continúa el interminable desfile de las estrellas de la corrupción por "los cuatro puntos cardinales de mi España" (Manolo Escobar dixit).

Esta mañana –también ayer y el lunes- me he cruzado con una cuadrilla de jardineros municipales afanados en podar las ramas del seto; para esquivar sus carretillas, rastrillos, sacos de ramas y conos de señalización, además de las hojas y esquirlas de leña, he tenido que desentenderme un poco del retrovisor y estar más pendiente de lo que ocurre por delante, así que ha cambiado mi perspectiva, y ahora tiendo a fijarme en los currantes que se remangan para arreglar y mantener tanto seto y jardín desmadejado como nos rodea: los médicos y enfermeros que trabajan en África para combatir el ébola (especial mención para los cubanos, que viajan habiendo firmado su condena al exilio perpetuo si se contagian); los científicos que llevan más de diez años trabajando en la sonda Philae de la nave Rosetta y que ahora andarán interpretando los datos recibidos y volviendo a perfilar nuevas sondas que tengan arpones más precisos  y baterías que se recarguen sin luz solar; el cineasta mexicano Alfonso Cuarón, que presta la voz de su triunfo para clamar justicia por los 43 chavales que nunca debieron morir; o los jueces y fiscales españoles que continúan imputando a indeseables y tejiendo sumarios cuidadosos para que no se les escapen por los agujeros de sus fallos.

Trayectoria de Rosetta tras el 12 de noviembre. Fotografía: ESA.