domingo, 13 de mayo de 2012

Esperando a que escampe


Son las cuatro de la tarde del viernes y todavía no he comido. Llevo tres cuartos de hora paseando por los soportales del edificio donde trabajo y leyendo la novela que estos días llevaba en la mochila (Absolute friends, de John Le Carré), mientras espero que escampe para poder volver a casa sin calarme hasta los huesos. Pero he llegado al límite de la espera –esto no tiene pinta de aclarar, ni de amainar siquiera-, así que me merco otra forma de transporte, cuelgo el casco en el manillar de la bici y la dejo aparcada a buen recaudo, no sé si hasta mañana –que me toca trabajar- o hasta el lunes; todo depende de esta lluvia tan necesaria pero que tan triste me pone.

Así comienza un largo fin de semana de mirar por la ventana de vez en cuando para ver si dejan de rebotar las gotas de agua en los charcos o si adelgaza la capa de nubes negras que nos oculta la luz. Pero no: el agua sigue llorando por los cristales y el ambiente gris oscuro me deja sin ánimo para coger un impermeable y un autobús, así que leo el libro y zurzo unos calcetines a la luz de la lámpara, mientras me pierdo la pelea de sumo y la competición de velocistas de los robots que han construido los chavales de Robolid –algo parecido a aquellos chalados con sus locos cacharros, pero en miniatura- que se celebraba en la Escuela de Ingenieros Industriales y en la que han arrasado los de Campodrón (Girona).

Prueba de rastreadores en Robolid 2012. Foto: Carlos Barrena, UVa.

Isabel Coixet y Giambattista Piranesi

Abducida por esa lejanía ensimismada de los días de lluvia -¿o será por el final devastador que Le Carré depara a sus protagonistas?-, absorbo la realidad que nos cuentan los periódicos con un filtro especializado en noticias sombrías o melancólicas. Y así me quedo enganchada de la exposición de Giambattista Piranesi que se ha inaugurado estos días en Madrid y que se exhibirá en Caixa Forum hasta primeros de septiembre: columnas inmensas que se alargan hasta robar a nuestra vista el cielo, si lo hubiere, y escaleras que nos conducen hacia un techo sin salida ni esperanza posible.

Huyo, pues, del periódico hacia la pantalla, pero también allí me espera la melancolía, agazapada en una de las películas más bonitas de los últimos años, "La vida secreta de las palabras", de Isabel Coixet, con el agua jarreando desconsoladamente sobre la plataforma petrolífera en la que un puñado de personajes conjugan sus soledades.

La mano de la justicia, la Fundación Delibes y las flores del desierto

Comienza por fin la semana en que llegó mayo, y vuelvo con la bici a la calle. Entre chuzos, soles y aguarradillas, me escapo hasta el centro cívico José Luis Mosquera para pasar un buen rato en la exposición de proyectos sobre el Campus de la Justicia -me encanta leer los palabros poéticos con los que los arquitectos reflejan sus sueños de cambiar el mundo mediante la ordenación de los espacios-, paseando entre la mano tendida de la justicia del proyecto ganador, los pilares de la justicia, un juego de mallas y esquinas para articular la ciudad con el parque de las Contiendas o las doce tablas de la ley.




Como la exposición dura hasta mañana, los que no hayan visto el proyecto ganador deberán darse prisa porque eso es todo lo que van a ver del Campus –el proyecto- hasta dentro de mucho tiempo, salvo que Ruiz Medrano haga milagros intercediendo ante un Gobierno que –no sé si será también por algún filtro en la mirada de los medios de comunicación- parece estar más amuermado que yo la semana pasada, zurciendo los rotos del déficit mientras espera a que escampe la crisis, pero sin atreverse a emprender ningún proyecto dinamizador por miedo a que le pille algún chaparrón en descampado.

Y es que las personas capaces de llevar adelante iniciativas sólidas en tiempos complicados se parecen, también por su escasez, a las plantas del desierto que se podían ver hasta hoy mismo en la muestra Bosques del Mundo en la plaza del Milenio, que saben sobrevivir y florecer con una tenacidad impresionante.

Casa Revilla, sede de la
Fundación Miguel Delibes
Entre ellas, ocupa el primer puesto en mi cabeza la Fundación Miguel Delibes, que en momentos difícil para muchas otras fundaciones (en estos dos últimos años han sido noticia frecuente la desaparición de algunas emblemáticas como la de Alberti, el cierre del museo Chillida-Leku, los conflictos en las de Oteiza o de Ángel González) han tenido el ánimo no solo de ponerse en marcha, sino también de emprender un vuelo amplio de la mano del Instituto Cervantes de Nueva York, donde han sido bien recibidas sus propuestas. Tres hurras por los hijos de Delibes.

Y, por favor, que el Presidente de la Junta (a quien se lo han pedido), o quien sea, consiga los 2.200 euros que pide La Quimera de Plástico para poder asistir al Festival del Monólogo Latinoamericano de Cienfuegos (Cuba) para el que han sido seleccionados como único representante español. Sería la gota de agua que necesita esta otra planta del desierto vallisoletano.

Las encajeras de bolillos y el misterio de los bancos

Pero claro, para atender a cualquiera de los proyectos de los individuos, familias o empresas que llenan nuestra ciudad –y país y mundo- sería necesario que los bancos destinasen algo –un poco, hombre, que ya está bien- de los miles de millones que se están empleando en cubrir sus inmensísimos agujeros negros en conceder créditos. Sensatos, medidos, controlados, pero créditos, ¡por sus huesos!

Porque de verdad debe de ser muy difícil para cualquier gobierno poner orden en la casa bancaria, en la que se alojan los verdaderos detentadores (nadie les ha elegido ni les controla) del poder. Nadie ha dicho que gobernar con justicia sea fácil, y menos en democracia, pero el resultado de un trabajo difícil siempre es algo grande y satisfactorio. Como un encaje de bolillos. Como los que podrán verse en Simancas el próximo 16 de junio.

sábado, 21 de abril de 2012

Entre lo grande y lo pequeño


Se despierta desconcertado en mitad de la noche, pero enseguida sitúa el ruido de la calle Teresa Gil y las voces de un grupo de chavales que están haciendo botellón bajo su ventana. "Estoy en Valladolid y es noche de sábado", piensa, mientras intenta conciliar de nuevo el sueño. A pesar de este ruido, que los primeros años le hacía preguntarse cuándo dormían los españoles, le gusta la zona por la que transcurre su vida las tres semanas en las que, un par de veces al año, trabaja en Valladolid desde 1981: calle Regalado y Cascajares, plaza de la Universidad -donde instintivamente mira el cartel colgado de la fachada de la Catedral, por ver si el próximo concierto de Pilar Cabrera al órgano allen coincide con una de sus estancias en Pucela-; arzobispo Gandásegui, la Antigua, Paraíso –quizás esta misma tarde vuelva a ver a Pepe, el camarero del Hidalgo que corre maratones y que le habla de cuando estuvo en Baviera- y Sanz y Forés, para llegar a la Facultad de Ciencias.

Gunnar Borstel y Carlos Balbás
Fotos: Carlos Barrena, Universidad de Valladolid
Mientras ato la bici al aparcamiento del callejón de la Facultad de Derecho, pienso que en todos estos años quizás me lo habré cruzado bastantes veces por la calle, pero nunca hubiera imaginado que este señor alto y de ojos azules, con pinta de alemán, era Gunnar Borstel, un prestigioso científico –efectivamente, alemán- de la Universidad de Osnabrück, que ha realizado importantes aportaciones a la Física mundial en el campo de las perovskitas, óxidos metálicos y otros materiales vitales para la superconductividad a alta temperatura, y que ahora mismo va a ser investido doctor honoris causa por la de Valladolid, apadrinado por el catedrático Carlos Balbás.

De Münster a Valladolid pasando por Filadelfia

Cuenta Gunnar Borstel en el paraninfo de la Universidad algo de su vida y de cómo ve el futuro, problemas y posibilidades de la Física. Nos sitúa en la comunidad científica de la Física europea de los años sesenta, en la que "se pensaba que solo dos temas de estudio merecían una investigación básica a fondo: la física de objetos pequeños –partículas elementales, núcleos, átomos y moléculas- y la física del objeto más grande: el universo. El mundo entre esos dos extremos –el mundo que nos rodea: gases, líquidos, macromoléculas y agregados de átomos, materiales condensados y sólidos- se daba por explicado con la teoría clásica".

Sin embargo, Borstel, en 1970 –era entonces estudiante en la Universidad de Münster y debía elegir el tema de su tesina-, tomó una decisión de la que nunca se ha arrepentido: inclinarse por ese mundo intermedio entre lo grande y lo pequeño, y dedicarse a la Física Teórica de la Materia Condensada. Así que tuvo que completar su formación en Estados Unidos, que era donde más se había desarrollado la Física del Estado Sólido. Allí, en agosto de 1980, con motivo de unas conferencias en la Universidad de Pensilvania, conoció al vallisoletano Julio Alfonso Alonso –que pronto volvería a España y, para nuestra fortuna como ciudad, también a Pucela-. "Para mí –afirma Gunnar Borstel- aquel encuentro en Filadelfia fue el comienzo de más de treinta años de cooperación en Física Teórica con mis distinguidos colegas de Valladolid, particularmente con Julio Alfonso Alonso, Luis Carlos Balbás y Andrés Vega".


No hay falta de energía en el mundo, el reto es abaratar su producción y almacenamiento

Este señor alto de ojos azules, con pinta de científico alemán, al que escucho en el Paraninfo, además de enseñar e investigar en la Universidad de Osnabrück, publicar en las mejores revistas internacionales de Física, dirigir más de cincuenta proyectos científicos, colaborar con la Universidad de Valladolid o recibir la Medalla de Oro de la Universidad de Silesia (Katowice, Polonia) por su contribución al desarrollo instrumental y científico de Polonia durante su transición política de los años noventa, también ha tenido tiempo e inquietud para integrarse en la vida social y cultural de Valladolid -asiste con frecuencia a los conciertos del Auditorio Miguel Delibes y se conoce la provincia por los cuatro costados- o viajar por Palencia, Segovia, Salamanca, Burgos o León, para ver castillos y catedrales; o de alquilar un coche junto con su mujer –que le ha acompañado en alguna de sus estancias en Valladolid cuando su propio trabajo se lo permitía- y acercarse hasta Extremadura, Andalucía, Cataluña o Galicia. "Hay algunos sitios de España que no conozco, pero no son muchos", resume sonriendo.


El acto de investidura está a punto de terminar, y ahora Borstel habla de los problemas urgentes que la Física no ha conseguido solucionar de forma satisfactoria en los últimos cuarenta años. "El más importante es la necesidad de procurar energía suficiente para una población mundial que crece continuamente, que en octubre de 2011 sobrepasó los 7.000 millones de personas". Y no es la falta de energía lo que le preocupa –piensa que hay fuentes de energía suficientes para centenares de años-, sino la necesidad de centrarse en los cinco tipos de energías renovables (solar, eólica, hidroeléctrica, biomasa –estas cuatro con una fuente común última, que es la luz solar- y geotérmica) y ser capaces de abaratar su producción y almacenamiento; pero es optimista respecto a ambos desafíos. No lo es tanto, sin embargo, en cuanto a nuestra capacidad o voluntad para disminuir y gestionar los gases como el dióxido de carbono que producimos con el consumo irresponsable del carbón, petróleo o gas natural.

Un poco de luz en las últimas filas de butacas del Paraninfo


Concierto de Laura Vital y Eduardo
Rebollar en el Paraninfo

Han pasado tres días y diez trayectos largos en bici desde la investidura de Gunnar Borstel, y todo mi pedaleo se me ha pasado devanándome los sesos con un interrogante: ¿por qué, en los últimos diez años el Paraninfo de la UVa no consigue llenarse de gente cuando inviste honoris causa a algún científico? (y eso que este miércoles había una densidad importante de científicos premiados entre los asistentes). Y se me juntan en la cabeza varias imágenes y palabras de estos días: el alegato final de Borstel, pidiendo libertad y condiciones favorables para el trabajo creativo de los científicos, sin las presiones de la burocracia interior o de las compañías con intereses comerciales, que alejan a las mentes creativas y van dejando un rastro de gente quemada en departamentos y laboratorios; la actuación de Laura Vital en el paraninfo de la Universidad –allí estaban Gunnar Borstel y su esposa, amantes del buen flamenco-, y su entrevista posterior, en la que habla del duende de la inspiración, que es caprichoso y llega cuando quiere. Y la última investidura multitudinaria que recuerdo, que fue la de Vargas Llosa (1995, paciencia con la carga del vídeo, que merece la pena), quien también estos días es noticia por su valiente ensayo La civilización del espectáculo, en el que pronostica la desaparición de la cultura, y denuncia que "los chefs y los modistos tienen ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos".

Pero, aunque quizás ahora a algunos científicos les falte la libertad y la alegría para pillar la luz y el duende de la creatividad –otros están muy ocupados gestionando su éxito en la feria de las vanidades y las subvenciones, y no quieren prestar "su" prestigio a la universidad de la que forman parte-, había un dato en las tres filas de atrás del Paraninfo que me devolvía el optimismo: treinta chavales, seguramente estudiantes de la licenciatura o del máster de Física, siguieron atentamente la investidura de Borstel, y quizás entre ellos se encuentren futuros científicos dispuestos a luchar en esta civilización en la que, como también dice Vargas Llosa, "el intelectual solo interesa si sigue el juego de la moda y se convierte en un bufón". A lo mejor, cuando lleguen ellos, ya se nos ha pasado esta fiebre de tontería.

sábado, 14 de abril de 2012

Palabras que empiezan por G

Imagen tomada del blog
"Creaciones Claudia"
Acababan de sacar brillo al cielo de la noche, y era como palio de fiesta para mi pedaleo de vuelta a casa. Se me escapaba del cuerpo, para patinar por el firmamento, la alegría pueril de haber burlado a los usureros del hipermercado -que hoy no me hacía muy feliz- llegando por pelos a otro súper menos carero, aunque también menos trasnochador, en el que las alubias verdes (igual de frescas y lozanas) me habían costado justamente la mitad.

Con el ritmo monótono y silencioso de los pedales, el pensamiento volvió a engancharse en la búsqueda de dos palabras que se me habían resistido mientras veía Pasapalabra, y que debían empezar por la letra G. "Tierra, especialmente la cultivada"; y yo buscaba sin éxito en el diccionario de mi memoria: granda, no; gándara, tampoco; grava, menos. "Dar gritos algunas aves, especialmente el grajo, cuervo, etc." Y aunque lo tenía en la punta de la lengua, no acababa de encontrarlo.

Galardones

Me resisto a echar mano del diccionario para buscar esas palabras, aunque eso –ya lo sé de otras ocasiones- me lleva a una especie de fijación obsesiva compulsiva en la que la letra culpable se me aparece en todo lo que leo. Así, veo estos días llenos de Galardones: por una parte, el poeta palentino José María Fernández Nieto ha encabezado el rosario de laureles (que en este año de crisis y poca gracia van con honor pero sin dinero)  que los jurados de los premios Castilla y León irán desgranando de aquí al 20 de abril, y del que ya forman parte también Domingo Emilio Rodríguez Almeida, la Asociación Española contra el Cáncer, el equipo de baloncesto Perfumerías Avenida, Alberto Bañuelos, Constancio González y José Abel Flores. Asimismo, Carlos Pinedo y Anahi Van der Blick se han hecho con el reconocimiento de la Unión de Actores de Castilla y León. Y Fernando Tejerina, junto con Javier Solana, ha recibido la medalla de honor de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas.

Imagen tomada del blog "Odisea 2008"
Gobernanza y Galimatías

Un premio mucho más grande que todos los anteriores (con dotación de pastizal bien empleado) propondría yo para José Antonio de Santiago-Juárez, si logra culminar con éxito y sensatez el proyecto de Ley de Gobernanza que ha prometido presentar a las Cortes regionales a finales de este año. Porque estoy convencida de que nuestro país se juega mucho –muchísimo- en lograr el equilibrio entre un falso autonomismo insensato (que duplica entidades, competencias, y, sobre todo, duplica las ya abundantes administraciones de funcionarios con otras administraciones paralelas de asesores eventuales, institutos y fundaciones sin cuento) y un tirar al monte, estilo Esperanza Aguirre, pidiendo la vuelta al centralismo de llave y candado. Sin embargo, no sé si debo ser muy optimista al respecto, porque en la noticia de esta reunión de De Santiago con alcaldes para pactar el nuevo modelo, nada se aclara de cómo conciliar diputaciones con ayuntamientos y delegaciones de la Junta, y, sin embargo, sí se empieza a nombrar un nuevo ente (los distritos), que, si viene a sumarse a todos los ya existentes,  convertiría la presunta Gobernanza en un auténtico Galimatías.

Galo, Gabacho y Guenó

Y es que ya lo dice Joseph Pérez, el historiador de los comuneros recientemente homenajeado en Villalar: no basta con declararse seguidor de una causa para hacerla realidad. Y mientras leo las informaciones sobre el simposio celebrado en su honor, me doy cuenta de que siempre que se habla de Pérez en España se le llama hispanista Galo, que es el adjetivo que usamos para los franceses que nos caen bien -como Asterix y Obelix-, en contraposición al de Gabacho, que lo reservamos para cuando intuimos prepotencia o desprecio –o actitud lesiva hacia nuestros intereses- en algún vecino del norte de los Pirineos.

En este sentido lo tuvo que sufrir alguna vez el anterior presidente de Renault España, Jean Pierre Laurent, cuando al principio de la crisis empezó a hablar del peligro de las factorías de Valladolid y Palencia. Por eso, cuando lo sustituyó en el cargo un chaval criado en Pucela (con el Twizy y el X87 ya adjudicados a Valladolid), muchos sintieron un alivio que, a juzgar por las entrevistas que José Vicente de los Mozos ha concedido a diversos medios durante el Salón del Automóvil de Ginebra, no era demasiado fundado. Tras entonar las desgracias del escaso mercado en España, de la excesiva exportación y de los costes del transporte en el estrecho de Gibraltar, llega al verdadero meollo de la cuestión: no es suficiente con ser muy competitivo (reconoce que Palencia y Valladolid ya lo son), sino que, como los centros de decisión no están en España, tenemos que ser más atractivos –nada de convenios colectivos, camiones más altos aunque esté comprobado que tienen más posibilidades de volcar incluso cumpliendo los límites de velocidad, trabajar seis días a la semana- que los alemanes, indios y tangerinos, si no queremos ver peligrar el Megane IV en Palencia.

Imagen de la web Educima
Graznar y Gleba
Y yo, que no creo en las revoluciones y tampoco mucho en las huelgas generales lanzadas contra un gobierno que tiene que reducir un déficit imposible, no puedo evitar sentir un poco de repugnancia ante esa exhibición de avaricia monda y lironda vestida de realismo empresarial y adobada con lágrimas de cocodrilo.
¡Eh!, ahora que me doy cuenta, acabo de acordarme de las dos palabras que buscaba: Graznar es el grito de las aves de mal agüero, como el grajo y el cuervo. Y Gleba es la tierra, especialmente la de cultivo, a la que estaban sujetos los siervos antes de que se inventara todo eso de los derechos humanos y los estatutos de los trabajadores.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuatro gotas (lluvia, gasolina, alegría y libertad)

Iba yo toda chulita, pedaleando sin manos en el frescor de la mañana, dispuesta a empezar un día de trabajo en el que el aire, por fin, olía a la lluvia anunciada en las previsiones meteorológicas. Entré en la rotonda de la avenida de Salamanca y, nada más incorporarme al carril bici, a punto estuve de perder el equilibrio sobre el sillín, del susto que me llevé al ver el tótem de la estación de servicio marcando 1,47 euros el precio de la gasolina de 95 octanos (pocos días después lo vería a 1,49).


Otto, Fritz y telarañas en los guardabarros

Hasta ese día, el tótem de los precios me recordaba cada mañana uno de los chistes que contaba mi padre siendo yo muy pequeña. "Otto, hoy he ido al trabajo corriendo detrás del autobús y me he ahorrado dos pesetas". "Eso no es nada, Fritz, yo he corrido detrás de un taxi y me he ahorrado treinta y cuatro". Y sonreía pensando que todas las semanas era casi un céntimo más rica por cada litro de gasofa no consumida. Pero el viernes pasado, cuando empezaba a aplicarse el céntimo sanitario, la subida repentina de ¡cinco! céntimos el litro no me trajo a la memoria ninguna gracia tipo Lepe, sino la imagen clara de una familia en paro del barrio de la Victoria, donde me hospedaba en mi primer año de vida en Valladolid, que solo cogía el coche en las fiestas de guardar para acercarse al pueblo a ver a los abuelos. Pensé que ahora serían muchas las familias que tendrán telarañas entre las ruedas y los guardabarros del coche.

Subir hasta las nubes para empujar las gotas una a una

Y así comenzó una semana de sabor un poco triste, en la que todo lo que me rodeaba parecía formar parte de una cadena de trabajo con mucho esfuerzo y poco fruto a la hora de sacudirse esta crisis que acogota el ánimo además de la economía. Esa misma noche, con la tormenta ya en todo su esplendor, un grupo de amigos de una asociación cultural intentábamos combatir con un impulso del ánimo la murria que nos producía la ausencia de más compañeros que de costumbre en esa cena anual, en la que la conversación de las distintas mesas rondaba sin remedio el tema de la crisis, aunque los más optimistas la desviaban hacia la aparición de la lluvia que tanta falta hacía para campos, salud y limpieza del ambiente.


Pero hasta la lluvia (que desapareció esa misma madrugada igual de rápido que había llegado, sin dejar más rastro que una docena de charcos) parece negarnos su favor, o repartirlo con una escasez morosa y reticente. Es como si hasta el agua que necesita la planta de nuestra economía nos la tendremos que ganar subiendo con una escalera hasta las nubes para empujar las gotas una a una. Así veo el empeño de los chavales que en estos momentos se atreven a lanzar sus iniciativas en forma de empresas (Isabel Villanueva, con una empresa de apoyo a la mujer en el posparto y el puerperio; Laura Valles y Patricia Rodríguez, con un centro de manicura y pedicura; Pablo Francisco y José Manuel Alonso, forrando de publicidad los coches; o Roberto Abón e Iván Fernández, con un servicio de teleasistencia para personas mayores o víctimas de violencia sexista) y a los que El Norte de Castilla prestará su voz en una nueva sección.

Así veo también la valentía de los comerciantes del Mercado del Val, que han decidido escotar a razón de 60.000 euros por barba para integrarse en el consorcio (cuya constitución se aprobó en el Pleno del Ayuntamiento el día 6 de marzo) de una reforma que convertirá este mercado centenario en un centro de comercio y gastronomía en el centro de la ciudad, dando nuevo lustre a este edificio decimonónico de arquitectura de hierro construido a inspiración de Les Halles de París.

¿De dónde lloverá la libertad?

Guardando el jueves la bici en el garaje, las farolas de mi calle, que empezaban a arrojar una luz tenue antes de que abandonaran el horizonte las últimas ráfagas violetas del atardecer, me parecieron el reflejo exacto de esa tristeza que había acompañado la semana. Sin embargo, a la mañana siguiente, dos almendros apostados entre la maleza que baja de la avenida de Salamanca al meandro del Pisuerga en Arturo Eyríes me enseñaron las flores que este año pensé que nunca iban a llegar (al mediodía parecían haberse multiplicado por diez y esta mañana era ya un escándalo de belleza) y cambió mi percepción de la realidad. Me pareció más posible que este túnel tuviese un final, y sentí una admiración sincera hacia toda esta gente que es capaz de persistir con sus iniciativas en momentos duros, porque creo que son ellos los que, a base de acarrear las gotas de agua desde las nubes, logran empapar la tierra y romper el círculo vicioso de la sequía de ideas y de ánimo. Aunque a veces se encuentren tan solos como los colectivos que expusieron sus trabajos en las Cortes de Castilla y León en la muestra de la Red Europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social.

Solo me pregunto ahora a qué nube podría haber ido Kofi Annan a buscar las gotas de libertad para haber tenido más éxito en el difícil intento de reblandecer los pedruscos de un régimen en el que pueda darse una aberración como las torturas a heridos civiles que denuncia un médico sirio del hospital militar de Homs.

viernes, 24 de febrero de 2012

Ruedas, engaños y cacharros inteligentes

Gurruñito de papel en el sensor del piloto

Qué fácil me ha resultado engañar al sensor "inteligente" del piloto trasero de mi bici, pero cuánto tiempo me ha costado descubrir la manera de hacerlo. Me tenía amargada el que me hubieran vendido ese modelo "smart", porque sólo se encendía cuando su majestad consideraba que había oscuridad, concepto en el que, al parecer, no se incluía el de la niebla, así que bastantes días de este invierno me he visto circulando con dieciocho ojos –quince de ellos en la nuca-, más vendida que los amigos de Judas Iscariote y acordándome malamente del tipo "inteligente" que había parido el cacharro este a su imagen y semejanza. Hasta que una tarde se me apareció MacGyver en la siesta y dejé de ahogarme en un vaso de agua; doblé un trocito de papel, lo pillé en el soporte del piloto a la tija de forma que tapase el sensor, y problema resuelto: desde entonces, pulso el interruptor cuando necesito luz, y me obedece como un corderito.

El triunfador impaciente

Durante estos días he recordado muchas veces ese apaño, porque me ha tocado vivir un episodio de engaños y de sensores "inteligentes" que no sé si tendrá tan fácil solución. Todo empezó con un concierto de cinco corales con la Josva estas navidades en el Auditorio Miguel Delibes, que resultó requetebién. Tanto, que su promotor, Ernesto Monsalve, Director de la Josva y de la Asociación Antonio Salieri, vio en esta colaboración la oportunidad de impulsar un orfeón para Valladolid, y así se lo planteó a las corales implicadas, con un enfoque light: las corales no perderían su identidad, sino que se agruparían, junto con la Josva y la Asociación Cultural Salieri, para tres o cuatro conciertos al año, actuando entonces como Orfeón de Valladolid, agrupación ocasional que no tendría personalidad jurídica -y así se plasmó en sus estatutos o carta fundacional-, siendo el promotor de cada concierto el que asumiera su riesgo y ventura económica.

Con estos antecedentes, cuál no sería el asombro de esos 238 coralistas pucelanos al ver anteayer en los medios de comunicación las declaraciones de Ernesto Monsalve afirmando que había planteado a La Enseñanza, Fuente Berrocal, Santa Cecilia, Támbara, Vallisoletana y Valparaíso dejar de ser corales para convertirse en orfeón; dando un paso más, y hablando, ya sin ambages, de las "antiguas" corales que ahora se integran en el orfeón –de un solo adjetivo se liquidaba verbalmente  a las seis corales, que no tienen ninguna intención de disolverse ni desaparecer-; y, por último, descolgándose con el tiento de que "el orfeón se integrará en la Asociación Antonio Salieri", cuando la Salieri no es más que uno de los ocho o nueve grupos que unirán sus esfuerzos en la nueva formación.

Sí, es claro que un gurruñito de papel no podría bloquear un sensor de oportunidades políticas tan agudizado que no localiza como peligro de naufragio el jugar con las voluntades de tantas personas que dedican a la música su tiempo, empeño y parte de su dinero, ni el despreciar la profesionalidad de los directores de las seis corales, a los que por el arte de birlibirloque se califica de "ayudantes a su cargo".

Fotografía tomada de la web del Twizy
Gracias a las ruedas que me han dado tanto

Dándole vueltas a este asunto, arranqué con la bici a la salida del trabajo en dirección contraria a la de mi casa, con intención de contemplar la caravana de los Twizy, que se tienen que estar gastando una pasta en recargas y en neumáticos para recorrerlos 625.000 kilómetros que tienen proyectados por las calles de Valladolid. No lo conseguí, a pesar de dar unas cuantas vueltas por el paseo de Zorrilla, García Morato, Filipinos e Isabel la Católica (debían de estar entonces en plena siesta de recarga), pero no me importó, porque disfruté de la vista del Campo Grande, la plaza de Zorrilla y la de Poniente a la luz de este día límpido como pocos, en el que el aire parecía licuarse de pura transparencia.

Con la tibieza de este sol de febrero en mi espalda, se me venía a la memoria la canción de Violeta Parra "Gracias a la vida", que yo ya tengo versionada para mis adentros como "Gracias a las ruedas" –y a los pedales- , y pensé que, al finalizar su hazaña, los Twizy podrían donar sus neumáticos gastados a Alicia Vacas, la misionera vallisoletana que colabora con la Escuela de las tres mil ruedas, para seguir construyendo escuelas para los beduinos de la comunidad jahalin de Cisjordania, para los que ojalá se puedan parar las órdenes de deportación y de demolición de la escuela, y logren un entorno estable de desarrollo personal y comunitario.

domingo, 29 de enero de 2012

Baden-Powell, Jerry Berndt y las penas del infierno...

No me gustó nada la insistencia con que aquella pareja miraba mi bici, así que me acerqué, con el casco en la mano, para dejar claro que era la dueña y que ojito con las malas intenciones; pero resultó que lo único malo eran mis recelos –estaban fijándose en la pata de cabra para comprarse otra igual-, por lo que cambié de actitud, les di las señas de la tienda y seguí con lo mío: contemplando a la marabunta de chavales que poblaban la recién inaugurada plaza de Baden-Powell en Parque Alameda.


Calculo que habría unos cuatrocientos, de entre siete y quince años, escuchando los discursos de inauguración del alcalde de Valladolid y de un representante del movimiento scout que hablaba de los cien años que llevan en España, de su vocación de servicio a la sociedad y de su amor por el medio ambiente. También se encontraban en la plaza gentes de mayor edad con su pañoleta de rayas al cuello: los consabidos monitores –todavía quedan los de pelo recogido en larga coleta y mirada de gente buena-, algunos padres y unos pocos nostálgicos de sus tiempos de boy scouts. Entre estos últimos, reconocí a un par de amigos periodistas –aparte de los que estaban ejerciendo-, un profesor de universidad, un párroco de Parquesol, un informático y una exclaustral de no recuerdo qué facultad.


Mientras tomaba un par de fotos a la piedra conmemorativa ("Scouts de España construyendo un mundo mejor"), dos interrogantes se me colaron en la orillita misma de la frontera entre el corazón y el cerebro, y allí se quedaron el resto de la semana buscando una improbable respuesta: "dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va?". Huy, perdón, que este era de Becquer; quería decir: ¿en qué ángulo oscuro del salón del alma –de su dueño tal vez olvidadas- se instalan las buenas intenciones y la fe en el ser humano al convertirnos en personas maduras? ¿Por qué bastantes de los adultos que se ven relacionados con los scouts tienen a veces un cierto aire de Peter Pan y de haberse quedado a vivir en la adolescencia?

Jerry Berndt y las penas del infierno

Con esos interrogantes zumbándome en el recuerdo, empecé la semana visitando la exposición de Jerry Berndt ("America the beautiful") en San Benito. Las miradas tristes de los personajes de sus bares de mala muerte –más adivinadas que explícitas tras el grano de sus impresionantes fotografías- parecieron ganarme para el pesimismo de las reflexiones propias y ajenas con las que Berndt acompaña sus retratos de soledad y desesperación. Sí, en su nebulosa de grises magistrales parecía cierto que la vida en las ciudades no es más que un espacio dual -superficie glamurosa y submundo en callejón sin salida-, consecuencia de la "batalla campal de codicia" contra la que clama Ian Frazier en uno de los textos que pueblan las paredes de la muestra.

Este contraste tan próximo en el tiempo entre el buenismo naturalista de los exploradores y la negritud del asfalto maldito de borrachos y prostitutas presas de un destino evitable en su origen pero irremisible por el pecado original del capitalismo, me recordó, sin poderlo remediar, otro contraste de hace –cágüenla- cuarenta años, en los ejercicios espirituales del colegio de monjas: por la mañana, en el aula lleno del sol de primavera comiéndose las ventanas, lecturas de vidas heroicas y ejemplares, que podríamos ser nosotras mismas arreglando el mundo; y por la tarde, en la capilla sombría de un anochecer que ya no era de primavera, sino de cuaresma, lecturas truculentas de muertes repentinas que podían sorprendernos –ya adultas mediocres- sin el arrepentimiento necesario en medio de una vida de pecado y condenarnos para siempre a las penas del infierno.

... pero me quedo con la flor de Cardesse de Ramón Gaya

Cansada de teclear erráticamente sin éxito ni mucha esperanza, salí ayer de la biblioteca buscando aire y luz para respirar, especialmente necesarios en unos días en los que un episodio de manipulación y mal comunicar -uno más de los mil que suceden a diario en cada código postal de la ciudad-  me tenía el ánimo encogido, el horizonte estrechándose y las confianzas resquebrajadas.

Y los encontré –aire a raudales, luz mediterránea y un cierto aroma a flor de azahar- en todos y cada uno de los cuadros de Ramón Gaya que se exponen en el Museo de la Pasión hasta el próximo 18 de marzo: en la silla que transfiguró en óleo cuando tenía solo trece años; en la flor de Cardesse junto al espejo que pintó en 1939; en el "Retrato de Isabel" (1990, tenía el pintor ochenta años), o en el autorretrato de cuando tenía noventa. Y también en sus poemas y cartas, y en los escritos –que forman asimismo parte de la exposición- de sus amigos escritores y pintores (Cristóbal Hall, Luis Cernuda, Jorge Guillén, María Zambrano, Rosa Chacel o Tomás Segovia), que admiraban su inteligencia y madurez y la independencia con la que siguió lo que él consideraba una vocación irremediable –la pintura-, personal, por encima de las corrientes artísticas y de sus consignas.


"Pintura –afirmaba Gaya- no es hacer: es sacrificio, es quitar, es desnudar, y trazo a trazo, el alma irá acudiendo sin trabajo". Y yo levanto los tres dedos centrales de mi mano y me dispongo a evitar las penas del infierno amenazadas por Jerry Berndt, buscando el trocito de arte que tengo en cada día y en cada amigo, que será como la lámpara a la que Gaya le escribe un soneto que acaba así:

"aquí sobre mi frente silenciosa,
aquí como una vaga compañía
llegando con tu luz hasta mi angustia".

viernes, 13 de enero de 2012

Hoteles, Pingüinos y hermanos fruteros

Antes de avanzar doscientos metros ya estaba arrepentida de no haber sacado la foto –¿por qué  precisamente ayer olvidé meter la cámara desenfundada en el bolsillo de la cazadora?-, pero ahora era incapaz de retroceder ese espacio, bajarme de la bici, quitarme los guantes, descolgarme la mochila, rebuscar hasta encontrar la cámara o el móvil y ponerme a retratarlo todo: los bancos de la acera, las hojas del seto, los árboles sin hojas, las verjas de la fábrica abandonada, el pasamontañas del transeúnte madrugador y los ojos del niño que su madre llevaba a la guardería y que reflejaban el asombro y la emoción de todos los que ayer por la mañana nos encontramos a Valladolid transfigurada por la cencellada. Así que seguí mi camino y me conformé con disfrutar de esa especie de lluvia flotante y diminuta que iba bordeando mis pestañas con puntitos blancos y convirtiendo la ruta matutina en un cuento de navidad. Además, al volver a casa por la noche y encender el ordenador, vi que Henar Sastre sí había tenido la cámara a mano y que supo elegir los motivos, el ángulo y la luz para preservar su recuerdo.

Los hermanos Santaolaya y los hermanos Santaolalla

Sin embargo, no he tenido la misma suerte a la hora de buscar otro recuerdo de la ciudad -el de la frutería de los Hermanos Santaolaya- cuyo cartel reza triunfante sobre el tiempo en una pared de ladrillo, en la calle Cardenal Cos, que pronto será un patio del hotel mejor situado de la ciudad. Esperaba encontrarlo en la Enciclopedia del Comercio y de la Industria de Valladolid que acaban de editar Joaquín Díaz y José Delfín Val, porque ese cartel me trajo inmediatamente a la memoria la imagen de otros hermanos Santaolalla –aquellos en la calle Almirante Bonifaz de Burgos-, con una tienda de ultramarinos inmensa, que ya evolucionaba hacia el modelo supermercado, pero en el que todavía atendían con lapicero en oreja, cuenta hecha a mano a velocidades de vértigo y recitando al final de cada compra una retahíla personalizada de ofertas –"bacalao, lentejas, Cola Cao, sardinas en aceite, jabón Lagarto, asperón, betún Uncle Sam"-para refrescar la memoria del cliente con productos que pudiera haber olvidado.




Es lo que tiene el buscar algo difícil, que al final se termina encontrando muchísimas cosas similares que se constituyen, en nuestra imaginación saturada, como teoría explicativa de los problemas de la humanidad entera. Y así me doy cuenta de la cantidad de hermanos que se encuentran detrás de negocios prósperos y atareados -desde el mercado de Artutro Eyríes, también fruteros, hasta la calle Águila de Pajarillos, con tienda de alimentación, pasando por las hijas de Manuel Vidal en Arroyo de la Encomienda o las hijas de Begoña, la emprendedora de Dueñas que logró salir adelante cocinando y vendiendo morcillas originales cuando la crisis le hundió su negocio de materiales para la construcción-, y se me antoja que el impulso de un par de hermanos bien avenidos es el mejor motor para salir de la crisis. A veces, pagando el precio de perder la vida personal por la demasiada absorción en el trabajo, como les ocurría a otros tres hermanos fruteros -de un mercado que emerge de la memoria de mi adolescencia mezclado con los guateques con discos de los Beatles-, a los que se veía en un cafetín los fines de semana, buscando ligar sin mucha esperanza porque habían dejado escapar las oportunidades ocupados en descargar cajas de manzanas, elegir fresas, montar los cucuruchos de papel estraza para los tomates y pesar las patatas en la báscula de plato grande.

Con un par: de zapatillas, de huevos, de macetas... o de ruedas de moto

Enfrascada en esos recuerdos, llegué al centro cívico del Parque Alameda para sacar un libro de la biblioteca, y me encontré en su vestíbulo con la exposición "Con un par", del colectivo Eclipse, que se puede ver allí hasta el día 16 de enero. Y pensé que si el impulso de la familia y sus economías de escala constituyen un buen arma en tiempos de dificultad, más fuerza se encuentra en una pasión compartida –en este caso la pintura- para echarle a la vida un par: de torres, de zapatillas, de cuernos, de huevos, de calcetines, de macetas... de emociones y de sueños –aseguran- para seguir con su trabajo.


Aunque, en este Valladolid de cencellada, nieblas y frío de enero, hay que reconocer que los que de verdad le ponen un par (de neumáticos) son los moteros de Pingüinos, que, una vez preparado su hábitat natural de termómetros congelados, se disponen a llenar –no tanto los hoteles, de cuya bajada de ocupación se lamentan los del ramo- la Acera de Recoletos y el aparcamiento de Vallsur  con el ruido de sus motores y el olor a caucho quemado de sus piruetas, abanderados por el recuerdo y la imagen de Marco Simoncelli, al que rendirán un homenaje en el desfile de antorchas. Bienvenidos.